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Sábado, 10 Mayo 2014 11:35

Menos ferias, más libros

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Hace mucho tiempo que no voy a una Feria del Libro. No recuerdo ya cuándo fue la última vez. Cuando era más joven y más entusiasta, asistía sin falta a esa cita anual que se realiza acá en mi ciudad. Ir a una que otra conferencia, buscar autores, uno que otro autógrafo. No me parecía un plan tan malo. Además, en cada feria del libro hay demostraciones culturales y lúdicas, que varían con el país invitado de honor; sigue siendo una buena opción de ocio. Pero algo no estaba bien y por eso dejé de asistir a aquel evento.

Algo andaba mal y aun hoy en día se hace evidente: en cada feria del libro se reúnen muchas personas, pero no sabemos para qué. ¿Realmente vamos por la cultura que nos exponen? O ¿acaso vamos porque el colegio no tuvo otra mejor idea para dejar de hacer clase y nos metieron en un bus para ir a un día de ocio, pero de estudios nada? O quizás ¿vamos por el mero placer chauvinista de presumir de cultos, mientras sabemos plenamente que somos un país que lee muy poco? La última pregunta es la que más me martilla la conciencia. Durante dos semanas hacemos alarde de ser los lectores más voraces, los más cultos, los educados por excelencia; pero por dentro no podemos comernos esa patraña.

Los colombianos amamos lo fácil y leer no es algo tan sencillo, ni mucho menos algo que se aprenda de la noche a la mañana. Gran parte de ese público que asiste a la Feria del Libro no va sino con ánimo de presumir una cultura de la que se carece. Aparte de eso, es un gran centro comercial itinerante de libros, caros y, en ocasiones, impagables. Bien lo decía alguien por ahí, con toda razón, quien afirmaba que un libro que cueste el 10% del salario mínimo de un país como el nuestro no puede estar en una feria. En Colombia los libros son costosísimos, otra excusa que se suma a las demás para no tomar el hábito lector.

Aclaro que no tengo nada en contra del evento, ni de Corferias, ni de los organizadores. Es más, hay cosas que se pueden resaltar dentro de las programaciones que emiten. Pero creo que con estos eventos no se logra nada más allá que la reunión de gente desorientada, muchos esnobs, de esos  que creen que con comprar cinco libros ya son eruditos, y algunos miembros de una élite intelectual que sigue exponiendo ideas caducas. En un par de semanas al año llenamos los pabellones de Corferias para “llenarnos de cultura”, mientras que el resto del año las bibliotecas públicas no son los lugares más concurridos, ni siquiera por los estudiantes que van allá a buscar un conocimiento meramente enciclopédico.

No se está logrando el impacto que necesita un público famélico de cultura; pedagógicamente no hay mucho y no se está persuadiendo a la gente para que lea, como sí para que compre. Y es aun posible que los mismos que compren libros por montón, los arrumen en el último rincón para no ser abiertos por nadie.

La sola idea de tener una biblioteca privada es contradictoria y siempre me ha parecido absurda. Los libros siempre deben estar abiertos para todos; pero los libros solos no hacen magia; necesitamos que la gente se acerque a leer, promoción de lectura, lúdicas, etc. Ahí es en donde nunca vemos aparecer a los gobiernos, promoviendo la lectura. No quiero decir con esto que la Feria del Libro tenga la culpa de estos males que nos aquejan; simplemente quiero decir que hacer una Feria del Libro aquí es como hacer un festival de diversidad sexual en un país islámico o una celebración de la honestidad en el Congreso de la República. No podemos celebrar sobre algo que no abunda, cultura, hábito lector, generación de ideas, interpretaciones, etc.

Aplaudo ideas como Libro al viento, para que la gente lea y entregue los libros  a otro ciudadano; en este caso hay que vencer el facilismo que nos caracteriza y colaborar para que todos nos acerquemos a la cultura escrita, que es mucha,  la que no alcanza una vida entera para leer.

Sigo soñando con una ciudad en la que los libros no falten, en donde se sigan contando historias, en donde se lea algo más que las frías páginas de los avisos clasificados o el obituario de un periódico. Que haya una Feria del Libro no está mal; pero lo ideal es que haya más libros y, sobre todo, más público en las bibliotecas 

Epitafio:

Aquí descansa la confianza de los colombianos:
Azotada y martirizada, dejó de ver la luz, una mañana en que las encuestas electorales y la cursi propaganda política hicieron de la conciencia del votante un cadalso farandulero.

 

 

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El Sepulturero

 

La cédula dice que se llama Funesto Mármol Hoyos. Heredó el oficio de su padre y ha vivido en el cementerio toda la vida. Las verdades políticas, deportivas, históricas y educativas son un constante profanar tumbas; él lo entiende bien y sabe que para poder hablar con la verdad, probablemente haya que desenterrarla de alguna fosa. Por eso nunca le pareció extraño el título de la película Ese muerto está muy vivo, porque acá los muertos hablan, votan, cobran pensiones y viven mejor que muchos.

 

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