Martes, 23 Julio 2013 23:57

Cuando se apaga una vela II parte

Mi mamá respondió diciéndome que tenía un dolor fuertísimo en la pierna, que ya no podía caminar y por eso la llevaron de urgencias y decidieron dejarla hospitalizada.

 Ese día me angustié muchísimo y no hacía más que preguntar por ella cada vez que mi mamá llamaba desde el hospital. Tal era el mal que tenía mi prima en la pierna que decidieron trasladarla a un hospital más sofisticado que quedaba cerca a mi casa. La mamá de mi prima, Rubiela, tuvo que quedarse en mi casa y para mí era mejor porque podía saber todo lo que pasaba con mi primita en el hospital.

 La mamá de Carol me contó que lo que había pasado era que Carol estaba trabajando en una tienda de zapatos y que ella en su afán de alcanzar uno de la pared, que estaba muy alto, no se fijó que había una puntilla oxidada y terminó por chuzarse con ella en su pierna. Ella no hizo nada ese día y dejó que el dolor avanzara y sólo se tomaba unas pastillas que no le causaban mucha mejoría. Después de unos días, su pierna se tornó de un color morado y el dolor no le permitía caminar de manera normal.

 Al notar estas inconsistencias, una amiga de mi prima decidió llamar a los papás de ella y contarles todo lo que estaba sucediendo. Al enterarse de eso, Rubiela  se dirigió inmediatamente para el almacén donde mi prima laboraba y se la llevó enseguida para un hospital. Después de llegar al hospital, le dijeron a mi prima que tenía que quedarse allí porque debían hacerle unos exámenes para así poder diagnosticar qué era lo que le estaba afectando la pierna. Luego de un tiempo le dijeron a mi prima y a su mamá que Carol tenía una infección llamada tétano y que lastimosamente no existía cura alguna para esta porque ya estaba muy avanzada y para poder detenerla tendrían que amputar el órgano afectado.

 La noticia causó conmoción en mi familia. Todos nos sentíamos profundamente afectados porque era bastante cruel que ella, una chica tan joven y bonita, tuviera que pasar por una situación tan traumática, pero lo que aún nadie sabía era que faltaba algo más grave por descubrirse. La infección ya se había expandido por todo el cuerpo de mi Carol, de nada servía el amputarle su pierna porque ya tenía infectado su cuerpo.    

 En esos momentos me armé de esperanza y algo me decía que ella se iba a salvar y decidí invocar a Dios y esperar que Él nos hiciera el milagro. Recuerdo que un sábado llegó Rubiela a mi casa súper contenta porque los médicos habían notado una gran mejoría en la salud de Carol y que era muy probable que le dieran la salida del hospital el domingo. Todos felices esa noche dormimos tranquilos y el día siguiente mi mamá se fue para la iglesia con mi abuelita y Rubiela, mi hermano y yo nos quedamos dormidos. Muy temprano sonó el teléfono y yo me levanté casi dormida a contestar, cuando contesté preguntaron por Rubiela y yo pregunté ¿quién la necesita? y me dijeron que era de parte del hospital. Yo la desperté y le indiqué que debía tomar el teléfono porque la habían llamado. Ella, muy tranquila, tomó el teléfono y tuve que vivenciar la peor imagen que nunca hubiera querido ver...

 Fue bastante difícil ver a una mujer gritando ¡no, mi niña no! Verlaatacada llorando en el piso y yo sin poder hacer nada y preguntando ¿qué pasó? Lo peor es que era bastante obvio: mi prima, mi amiga, mi hermana había muerto y con ella todas las ilusiones que muchos teníamos. No entendíamos por qué el día anterior nos habían dicho que estaba mejorando. ¿Qué había pasado? Nadie lo sabía.

 Mi hermano se fue para la iglesia a avisarle a mi mamá y a mi abuelita, quienes llegaron en seguida y se encargaron de todo lo referente al sepelio. Hasta ese instante mi corazón estaba profundamente dolido, pero no había manera de llorar para deshacer ese nudo que tenía en el pecho y que me hacia sufrir más. A la hora de cremar su cuerpo se escuchaban muchos gritos de dolor que me afectaron aún más, todos estábamos muy mal y hubo algo que hizo que me impactara mucho y fue el hecho de verla después de muerta y notar cómo habían desfigurado su rostro y su cuerpo todos los medicamentos que no evitaron que se fuera de esta tierra, de esta familia, de mi vida… 

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Miércoles, 17 Julio 2013 17:08

Cuando se apaga una vela I parte

Esta historia comienza la noche del 7 de diciembre del año 2003. Desde esa noche comprendí que una persona se debe valorar mientras está presente y no cuando se va para siempre, aunque lastimosamente su ausencia es la que nos hace notar su importancia en nuestras vidas.   

 Esa noche era luminosa y particularmente muy bonita. La gente corría, jugaba, cantaba, prendía velitas y hacía de esa noche una noche diferente, llena de alegría y de paz. Todas las personas se volcaban a las calles a festejar y a disfrutar. Mientras tanto, yo estaba en mi casa, de luto me vestía y no había fiesta que me motivara ni juego que me alegrara; al contrario, yo tenía un dolor que embargaba mi corazón y una soledad evidente en mi casa y, más que todo, en mi cuarto, un vacío que ni el peluche más grande ni el helado más gigante me podía llenar. A pesar de estar triste y sentirme sola, mi familia me acompañaba, pero yo me encerraba en mi propio dolor e ignoraba el que estaba presente en ellos. Yo quería llorar y desahogarme de todos los sentimientos que me embargaban, pero no podía; al contrario, la amargura se había apoderado de mí y nada iba hacer que saliera fácilmente.

 Mi vida continuó y seguí mi rumbo, pero cada vez que amanecía sentía un vacío que era inevitable. Ya no estaba quien se mantenía verdaderamente pendiente de mí. Realmente me faltaba alguien, no mi empleada, sino quién me recordara que a alguien le importaba más que por una nota o por un permiso.

 Sentía un gran desespero por todos los errores que cometía por causa de su ausencia, que más que una ausencia por una necesidad material era una ausencia espiritual. Sentía que me faltaba ese alguien que todas las noches escuchaba mis larguísimas confesiones y me acompañaba en mi obsesión por jugar stop o cuadrito. Realmente era la única que jugaba conmigo y lo disfrutaba.

Ese vacío tenía nombre propio, Carol Sáenz, mi prima. Ella era más que una prima, una hermana o una amiga, ella era simplemente mi otro yo. Sabía todo de mí, qué ropa me gustaba, qué comía, qué no; sabía mis profundos miedos y conocía la forma como yo iba actuar. Es que ella en verdad era mi hermanita, parecía que hubiéramos crecido muy juntas. Y hoy, es para mí muy difícil volver a estar sola y saber que una persona como ella jamás encontraré.

 Fue bastante particular la manera como ella llegó a mí vida a pesar de conocerla por ser primas. Todo ocurrió una noche en la que ella llegó muy tarde a mi casa. Mi mamá la guió hasta mi cuarto e hizo que ella se acostará al lado mío sin que yo lo notara. Al día siguiente yo desperté primero que ella y realmente me asusté, no lograba reconocerla, sin embargo, yo seguí durmiendo porque era muy temprano y no quería despertarla. Luego de unas horas volví a despertar y ella ya no estaba. Me levanté y bajé hasta la cocina y allí estaba. Me asombré porque no sabía qué estaba haciendo Carol en mi casa. Subí hasta el cuarto de mis padres y les pregunté, ellos me respondieron que ella necesitaba trabajar por unos días y, pues, mi mamá necesitaba que le ayudaran en la casa y no encontró problema en decirle que viniera. Yo no le vi ningún inconveniente en que se quedara en mi cuarto y compartiéramos algunas cosas. En un principio había cierta timidez entre nosotras, pero ya después de un tiempo se convirtió en confianza y en una amistad, más que amistad, una hermandad que me hizo quererla mucho. Ella me ayudaba en trabajos, me mantenía mi cuarto impecable y hacía que dejara malas palabras que a mi corta edad ya tenía.

 Carol vivió con nosotros bastante tiempo, bueno no sé ni cuanto, pero para mí fue mucho. Mis papás se encariñaron con ella demasiado gracias a su decencia, responsabilidad y buen desempeño. Mi mamá nunca tuvo queja alguna de ella y siempre la trató como a una hija y no como a una empleada. Mi cariño y entrega total a ella fue muy rápida ya que siempre tuve y sigo teniendo el sueño frustrado de una hermana mayor, pero que sólo lo fuera por algunos años; una hermana en quien pudiera confiar, que me apoyará y me diera los consejos que yo necesitaba.

 Pero como dicen por ahí: no hay felicidad completa, y para mí eso es completamente cierto. Cuando por fin me sentía muy bien por todo, por mi colegio, por mi familia y porque tenía la hermana que siempre había querido, ocurrió algo que debía esperarse, Carol se fue y me dejó sola, pero igual nos seguíamos hablando y me visitaba a menudo. En una de esas visitas fuimos a comer helado, me contó que se había enamorado y que quería hacer cosas nuevas para su vida. Después de ese encuentro quedé muy tranquila y seguí con mi vida normal.

 Un día mi mamá llegó muy angustiada a la casa y me contó que mi prima estaba muy enferma y la habían hospitalizado. Después de semejante noticia quedé fría y lo único que pude preguntar fue: ¿qué le pasó? ¿Por qué está hospitalizada? 

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Miércoles, 10 Julio 2013 20:26

LOS MEJORES AMIGOS Y CONSEJEROS II PARTE

 Pasó esa noche y al otro día me fui a estudiar como de costumbre. Necesitaba distraerme e intentar no pensar en lo que había pasado. Mientras iba en el bus miré el interior de mi maleta. Fijé mi mirada en el libro que Daniel me había dado y lo saqué para observarlo con mayor atención. El título del libro era: “Perdidos y hallados en el desierto” de Michael Wells. Tocaba manejarlo con mucho cuidado. Este libro estaba en muy malas condiciones. Al parecer había pasado por muchas manos y no se le había dado el trato que merecía. Sus hojas estaban sueltas y arrugadas, tenía manchas de bebidas y su portada estaba realmente desgastada. Lo abrí y empecé a leer. No sé cuánto tiempo pasó. Recuerdo que todo fue muy rápido. Cuando me di cuenta ya había llegado a mi lugar de destino y no quería parar de leer. Cerré el libro con mucho dolor y fui a mi clase normal.

 No voy a decirles lo mucho que me dijo ese libro, ni tampoco les contaré con mayor detalle de que se trata. Pero lo que sí les puedo decir es que me dio los mejores consejos que nunca antes nadie me había podido dar. Fue así como mi forma de ver la vida y la forma de ver lo que me estaba pasando cambió notablemente.

 Este libro transformó y renovó mi vida.  Después de leerlo quizás tres o cuatro veces tuve que devolverlo. El libro era de un amigo en común de Daniel y mío y había llegado el momento de volver a donde su dueño. Ese día miré aquel libro deshojado, sucio y manchado y decidí hablarle. Díganme loca, sé que los libros no pueden oír, pero aún así lo hice. Le dije: “mira libro, créeme que fuiste el mejor amigo que pude haber tenido en este momento. Tú sabes lo mucho que me has ayudado. Has transformado y renovado mi vida. Yo estaba como quizás tú estás ahorita. Estaba desojada, arrugada y sucia. No me habían dado el trato que merecía y no se habían dado cuenta lo importante que era. Pero hoy voy a transformarte como tú lo hiciste.” Así lo lleve a el lugar donde restauran libros y pedí que lo dejaran como nuevo. Volví al lugar como una hora después y ya lo tenían listo. Pagué lo que me correspondía y me fui a un lugar donde estuviera sola. Saqué el libro de la bolsa donde me lo habían dado y lo miré. ¡UASH! No se imaginan como quedó. Todas sus hojas estaban en su lugar, su borde estaba perfectamente limado y su portada ahora estaba dura como antes, sus hojas habían cambiado de color y ahora sí podía devolverlo como se merecía.

 Después de este primer libro, empecé a buscar refugio en la lectura. El hecho de que no tuviera novio implicaba tener mucho tiempo libre y tenía que buscar un medio para gastarlo. Me dediqué a leer, leer y leer. Mis favoritos fueron los libros de psicología porque me ayudaban demasiado. Creo que estaba en la búsqueda de sentido de mi vida y los libros eran herramientas claves para encontrarlo.

 Luego de los libros psicológicos pasé a las novelas y después a las historias biográficas. Aprendí demasiado de vidas como las de Thomas Watson (dueño y fundador de la IBM) y siempre buscaba una enseñanza cuando terminaba de leer un libro. Preguntas como: ¿para qué me sirvió? ¿Cómo puede ayudarme en mi vida el libro que acabo de leer? Eran preguntas que siempre, sin excepción alguna, respondía. 

 Ahora mi vida ha dado un vuelco total. He empezado la universidad y estoy comenzando una nueva relación con un músico. A pesar de que cuando terminé con Daniel no veía la luz y todo era incierto, he aprendido que solamente cuando el cielo está realmente oscuro es cuando podemos ver las estrellas. El hábito de la lectura se quedará  conmigo por toda mi vida. No puedo pasar ni un solo día sin leer por lo menos un capítulo de un libro. He aprendido que son mis mejores amigos y consejeros y que siempre tienen un consejo sabio para mi vida. No sé cómo pero permanentemente me ayudan cuando lo necesito.

 

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Viernes, 05 Julio 2013 11:35

Los mejores amigos y consejeros I parte

Recuerdo claramente ese día. Era 26 de abril de 2007. Allí fue cuando comenzó un proceso de transformación total en mi vida. Cumplía dos años exactos con mi novio Daniel y por ello era un día realmente especial. Ese día me vestí hermosa, me maquillé y alisté el regalo perfecto para la ocasión.

A pesar de que parecía un día normal, realmente no lo era. No solamente yo lo recuerdo por lo que pasó en mi vida, sino que en realidad ocurrió algo inesperado en la historia del país. Vale aclarar que durante el día nunca me di cuenta de eso, únicamente cuando llegué a mi casa y escuché las noticias. Ese día, por un error técnico en la ciudad de Medellín, a las 9:58 horas se produjo uno de los más grandes apagones eléctricos del país que duró más de cinco horas. Así como ese apagón fue la noticia y la decisión que Daniel tomaría y me diría ese día.

Comenzó diciéndome que la noche anterior no había sido un buen momento para él. Que no había podido dormir por pensar en nuestra relación. Que estaba confundido y no sabía que sentía. Que una cosa y que la otra. En conclusión, después de verlo que le costaba mucho pronunciar esa frase que quería pronunciar, le ayude y le dije que si quería terminar. Su respuesta fue que sí y yo la respeté.

 Empecé a llorar como nunca antes porque en verdad lo quería mucho. Fue mi primer novio oficial y me había apegado mucho a él. Había dejado de lado a mis amigos y a mi familia por estar dedicada únicamente a compartir momentos con mi novio.

Cuando le pregunté por la razón de su decisión, me dijo que no la tenía clara. No sé por qué pero dentro de mí algo me decía que había otra persona. Yo le pregunté si ésta existía, pero él me decía que no. Yo siempre le creía todo lo que expresaba, pero ese día la duda me invadió y sabía que esa afirmación no era cierta. Le pregunté unas cinco veces más si había otra persona y a la quinta vez me confesó que sí existía.

Si antes había llorado como nunca, ahora mis ojos quedarían sin lágrimas. Me confesó que había empezado a salir con Tania (la otra persona) días antes y que no quería engañarme más.

No sé si pueda explicar ese momento, pero sentí que mi vida se derrumbaba, sentí que mi corazón quedaba en millones de pedazos y sentía que no tenía razones para vivir, sentía que no era tan buena novia y que me podrían cambiar por cualquier persona cuando quisieran. Mi identidad se vio realmente afectada con ese momento.

Después de esta noticia, no tenía fuerzas ni para sostenerme en mis pies, me senté en el piso y lo único que hacía era llorar y llorar. Daniel se dedicó a verme y con un silencio absoluto me demostró que ya no le importaba tanto como antes.

No teniendo nada más que decir, lo único que quedaba era entregar mi regalo de aniversario. Saqué de mi maleta una linda caja, color blanca, perfectamente hecha de un material bastante fino y tenía alrededor un hermoso y gigante moño, color rojo. Se la entregué y él la abrió. Su interior estaba aparentemente vacío. Daniel me miró con cara de asombro y con mirada de querer una explicación. Yo comencé a explicarle, le dije que allí había querido empacar gran parte de mi amor. Que esa caja estaba llena de besos, caricias y abrazos, y que a pesar de querer empacar todo mi amor, en la caja sólo cabía una pequeña parte de éste.

Cuando terminé con mi regalo, él me dijo que no tenía regalo para mí, pero que sabía que éste era un choque muy fuerte en mi vida y que por ello había buscado un medio para intentar ayudarme. Sacó de su mochila un libro deshojado, de hojas amarillas y con una portada dañada. Me dijo que lo leyera y que en verdad me ayudaría. Dentro de mí me dije: “por favor, ¿me va ayudar un libro? No necesito leer, lo que necesito es que me digas que vas a dejar a Tania y vas a volver conmigo”. Pero no, eso no lo iba a decir, así que sin mirar siquiera el nombre del libro lo guardé indignada y me fui llorando a mi casa. Me encerré en mi cuarto y sólo lloraba y lloraba. No tenía cabeza para nada pero en el fondo sabía que la única persona que tenía el control de mi vida era Dios y que si Él había decidido que tenía que afrontar eso, lo tenía que hacer. Sabía que mi vida seguía y que tenía que vivirla a pesar que en el fondo no quisiera.

 

Continuará…

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Lunes, 24 Junio 2013 21:29

Incertidumbre - II Parte

A mediados de año, mi mamá se enteró de lo que había o estaba sucediendo con otra mujer. Recuerdo que fue una noche antes de un viaje que teníamos planeado para el San Pedro en Neiva. Ese día, por más de que lo quiera olvidar, nunca lo haré. Yo estaba encerrada en mi cuarto sola, sintiéndome como la basura más grande del mundo por no haberle contado la situación a mi mamá y con ganas de salir corriendo ya que mis papás se estaban diciendo cosas demasiado feas. Creo que nunca se habían tratado de esa manera, por eso decidí salir de mi casa y por casualidad me encontré con mi prima Karen, ella en ese momento fue como un ángel que me mandó Dios. Sus palabras no sé por qué calmaban y aliviaban el dolor que mi alma sentía.

Mientras tanto, mis padres, por estar peleando, no se dieron cuenta de que me había ido sino hasta después de un rato, así que comenzaron a llamarme al celular porque estaban preocupados; no les contesté. No quería saber nada. Ya había llorado y sufrido mucho desde que me había enterado de la situación. Luego de un rato me quedé dormida y tiempo después mi prima me despertó y me dijo:

-Nata, levántese que llegaron sus papás-

Ya estaba un poco más calmada así que accedí a hablar. Mil y una explicaciones hubo, mil y una disculpas también por parte de mi papá y mil y un regaños por parte de mi mamá. A ella no tenía nada que reprocharle, todo lo que me decía era verdad, pero ¿a él? En verdad tenia tantas cosas por decirle y tantos reproches por hacerle, pero decidí quedarme callada y solo escuchar y recordar todos esos momentos en los que mi hermano me decía que mi papá era de lo peor y también días antes a mi madre llorando y diciendo que mi padre le estaba siendo infiel sin saber que lo que decía era verdad.

Tuvimos una larga conversación. Mi padre nos pidió perdón y, para concluir esta charla, nos dimos un abrazo. Luego nos trasladamos hasta nuestra casa.

Nunca nadie de mi familia me comprendió, nunca nadie se puso en mi lugar y pensó el porqué de mis actos. Tuve épocas de depresión muy fuertes y tiempos en los que solo quería llorar. En los momentos posteriores a este evento no quise ayuda de nadie porque nadie me ayudó ni me escuchó mientras me encontraba en ese hoyo sin salida. Fue así como decidí salir sola y fue mejor porque me volví una persona más madura, pero se me endureció un poco el corazón. Lo más importante fue que el único refugio que tuve consistió en Dios y en ese momento verdaderamente entendí que Él siempre iba a estar para mí, que nunca me iba a dejar sola. Creo que fue la enseñanza más grande que este episodio me dejó.

La historia no tiene un final triste. Por el amor que se tenían (o mejor, se tienen) y por la unión que había hecho Dios, mis papas decidieron seguir juntos y ahora es una familia consolidada. Con la ayuda de Dios, así será hasta que Él decida que es tiempo de llevárselos de este mundo…

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Lunes, 17 Junio 2013 23:06

Incertidumbre - I parte

Era un día como cualquier otro de principios del año 2005. Lo único anormal fue que ese día salí a hacer unas vueltas con mi hermano Jahir. Recuerdo que eran muchas y por eso mi papá nos había prestado el carro. La noche empezaba a caer y durante el día había notado un poco extraño a mi hermano, así que le pregunte:

-¿Qué tiene? Todo el día ha estado muy raro.

- No, Nata, nada- dijo en un tono extraño.

Hubo un silencio inmenso porque yo sabía que él no estaba normal y que algo malo pasaba ya que no me quería contar. Luego de unos minutos, Jahir me dijo:

-Nata, yo le voy a contar algo, pero prométame que lo va a tomar con calma y sobre todo que no le va a contar a nadie, especialmente a mi mamá.

-Jahir, ¿qué pasó? No me asuste.

Él se quedó callado por un momento que verdaderamente, para mí, fue eterno porque no entendía qué era lo que estaba pasando. Íbamos camino a casa, él estaba manejando y yo me encontraba en la silla junto al conductor. De repente frenó el carro, me miró y me dijo:

-Nata, para mí es muy difícil contarle esto porque yo sé quién es su papá para usted, pero creo que es lo más conveniente. Hace unos días yo tuve el computador de Marce (mi papá) y vi una carta que él escribía para una mujer que no era mi mamá-.

Fueron muchos los sentimientos encontrados, verdaderamente sentí que mi mundo en ese momento se derrumbó porque esa persona que para mí era perfecta, de hecho era mi ídolo, se convirtió en un monstro. En ese instante quede asombrada, sinceramente no lo podía creer. No me dieron ganas de llorar, solo me quede quieta, con la mirada perdida y con mil pensamientos en la cabeza.

Aún después de unos años no sé cuanto tiempo pasó en ese instante ni tampoco qué eran todas esas cosas que me decía mi hermano, pero de un momento a otro solo sentí ganas de ver esa carta, así que le dije a mi hermano que me la mostrara. Tuvimos que ir a la casa de Marcela (mi cuñada) porque era ella quien tenía esa hoja. Cuando bajó a entregarnos el papel, me saludó y yo no le respondí. Admito que fui un poco grosera, pero verdaderamente no tenía ganas de hablar, solo quería leer.

Me bajé del carro, me senté en un andén frente a su conjunto y con lágrimas en los ojos comencé mi lectura. Cada frase que leía me lastimaba más y más el corazón, no podía creer que ese papá bueno y perfecto que me había regalado Dios escribiera esas palabras para una mujer que no era su esposa.

Cuando terminé, me encontraba muy mal, lloraba inconsolablemente y mi hermano se acercó a tranquilizarme. Cabe resaltar que para mi hermano esta situación no fue tan dura como para mí porque él es hijo de mi mamá, pero no de mi papá.

Luego de unos minutos, Jahir me dijo que fuéramos a la casa, pero en verdad yo no quería porque no sabía cómo iba a mirar a mi madre a los ojos. Aún más difícil sería actuar de manera normal frente a mi papá. ¿Cómo ser la misma de siempre con él si me había enterado que tenía otra mujer? Esa era la pregunta que rondaba siempre en mi cabeza. Pero había algo que tenía totalmente claro y era  que iba a ser muy difícil guardar ese secreto, el cual por unos cuantos meses no me dejarían la conciencia tranquila.

El tiempo pasó y mi mamá aún no sabía nada, yo muchas veces intenté hablar con mi papá, pero como era de esperarse él siempre me negó todo.

Las peleas no se hicieron esperar y mi madre ya estaba sospechando. ¿Por qué? Difícil saberlo, pero supongo que por ese sexto sentido que tenemos las mujeres.

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Martes, 04 Junio 2013 20:12

¡En cualquier tiempo!

Al llegar a casa de mi abuela me sentía sola, triste y vacía.  Mi único refugio eran los libros, los cuales me transportaban a un mundo de fantasías en el que vivía  aventuras caballerescas, las cuales tenían el poder de reflejar la repulsión que sentía  por el medio que me rodeaba.

En aquella oportunidad, estando en casa de mi abuela y casi sin notarlo, empecé a dejar de ir al baño, mi organismo lo único que quería era eliminar la profunda tristeza que me agobiaba por el vacío que mi madre dejaba al dedicar gran parte de su tiempo al trabajo. Luego de unos días tal situación fue notada por mi abuela, quien de inmediato me llevó al médico para así poder descifrar el motivo de mis síntomas.

Recuerdo con gran certeza los gestos del médico poco antes de diagnosticar mi enfermedad. Para tal momento, mi abuela y yo solo pedíamos a Dios que tales síntomas no fueran más que un simple virus, ocasionado por mi traslado de ciudad. El doctor decidió interrumpir el silencio incómodo diciéndole a mi abuela que la mejor decisión era agilizar mi transferencia a un lugar donde contaran con un poco más de condiciones para mi posible tratamiento. Mi abuela, al oír dicha noticia, rompió en llanto.  Temblorosa se puso de pie, salió del consultorio y tomó el primer carruaje que se pasó por su camino.

Al llegar a casa, nos dispusimos a empacar maletas en menos de un parpadeo. A los pocos minutos abandonábamos nuestro hogar para dirigirnos a mi ciudad de origen. Estando allí, mi madre nos esperaba con gran angustia. Sin pronunciar palabra y de forma inmediata nos dirigimos hacia el hospital más cercano, en donde me realizaron un chequeo completo.

El resultado de los exámenes no fue el más positivo, ya que confirmaba la presencia de desórdenes alimenticios, los cuales traían consigo otros males. Ese momento fue decisivo no solo para mí, sino también para mi abuela y mi madre; en efecto mi salud se debatía entre un posible estado crítico por descompensación y la posibilidad de alejarme de todos mis familiares por un tiempo, para mi posterior recuperación. Luego de una breve pausa, la decisión estaba tomada, debía alejarme de mi familia e internarme en el hospital hasta que mi cuerpo se reestableciera y no corriera ningún peligro.

Mi abuela, nerviosa, solo preguntaba a la enfermera si yo estaría bien y mi madre, sin prestarnos atención, para así no sollozar, agilizó los papeles que autorizaban el inicio del respectivo tratamiento. Después de este caótico momento, no restaba más que dar este primer y difícil paso en la vida de todas: nuestra larga, compleja y dolorosa separación. Mi madre solo tuvo alientos para abrazar a mi abuela, darle la media vuelta y marcharse junto a ella con la esperanza de que todo saliera bien. Respecto a mí, solo observaba como partían. Las lágrimas se escurrieron sobre mi rostro. De pronto, la enfermera me tomó de la mano y me llevó a lo que sería mi nueva morada.

Pasaron un par de meses antes de poder abrazar a mi abuela y a mi madre. Fue una dura recuperación. Junto a mí, las enfermeras se  encargaban de verificar que todo tuviera el curso correcto, noche tras noche.

Después de mucho llorar, se acercaba el tan anhelado momento. Faltaban tan solo dos días, los cuales uno tras otro, se hacían cada vez más eternos. Una mañana solo desperté y ahí estaban junto a mí, las dos mujeres que hicieron de mí la persona que soy ahora, acariciándome y admirando mi semblante después de estar a un paso del final de la vida.

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