Jueves, 20 Febrero 2020

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Martes, 05 Noviembre 2013 19:54

Malditos bogotanos

A mí me cuesta mucho creer que en Bogotá viva gente decente. Y la poca que vive es tan exigua que rara vez uno tiene el placer de tropezársela por la calle. Bogotá es hoy en día el pueblo más grande de Colombia, con un bus rojo que transporta gente sudorosa aplastada contra los vidrios y un montón de hampones merodeando por ahí buscando a ver qué pendejo se encuentran para robarle con descaro sus pertenencias. Uno en Bogotá solo está seguro dentro del carro, con los vidrios arriba y el seguro de las puertas ajustado, en Andino, Unicentro o Hacienda Santa Bárbara. O en el apartamento o en la oficina. Andar por las calles de esta capital resulta un sacrificio para todos los que intentamos sobrevivir a los atropellos de todos esos pizcos que dicen ser bogotanos y que lo son -en últimas-  sin importar de qué pueblo vengan. Si viven aquí, entonces son bogotanos.

No importa si usted es peatón, conductor de automóvil, moto o tiene la desdicha de andar en carro blindado. En Bogotá nadie está ni seguro ni tranquilo. A diario uno debe sortear los abusos de todos esos que dicen ser “gente de bien”, pero que en realidad resultan ser unos malditos bogotanos. El que se cruza los semáforos en rojo a medio día, el que se estaciona en una calle principal, el que no cruza por los puentes peatonales, el que bota la servilleta por la ventana del carro, el maldito que no usa nunca las direccionales, el torpe que no sabe que las cebras fueron pintadas para que la gente pase sobre ellas cuando el semáforo lo indique. El pendejo al que se le olvida respetar la fila, la bruta que no entiende que las sillas en los buses no son para la que use los tacones más altos sino para la persona que más la necesite. El animal que baja los vidrios de su Spark engallado, se pone unas gafas falsificadas y sale por la calle con el reggaetón a todo volumen. El tipo que pispea a cuanta vieja con jean ajustado y sin bolsillos traseros deambula por ahí.  

No hay derecho. No se puede vivir en una ciudad invadida por tanto guache. Pero es que la vaina no es solamente de los ciudadanos, también es de la institucionalidad y la eficiencia de sus funcionarios y de sus obras publicas. Calles estropeadas, sin demarcación, semáforos inservibles y otros innecesarios. Puentes averiados, alcantarillas destapadas, indigentes lavando los vidrios de los carros y hasta supermercados instalados en los semáforos más concurridos y tediosos.  Si usted quiere agua, cigarrillos, la prensa o un poco de marihuana sólo tiene que detenerse en un semáforo y esperar la oferta del día.

Si después de cada una de mis columnas me han tildado de maricón, de ladrón y hasta de uribista resentido, entonces que ahora me tilden de clasista, pues no me extrañaría, incluso creería, que por fin acertarían en tanto insulto que lanzan sobre mi nombre en un torpe intento de afectarlo. Que una parte de mis lectores me insulte y me envíe correos ofensivos no me perturba, más bien me alegra, me divierta. Lo que sí me perturba es la misma señora obesa que intenta limpiar el vidrio de mi parabrisas de lunes a viernes en el semáforo de la 79 con Caracas. Y el problema no es que me lo limpie, el problema es que no lo limpia, lo ensucia, lo engrasa, lo estropea y tiene el descaro de solicitar dinero por enmugrar el vidrio de mi parabrisas. “El trabajo no es deshonra” diría mi abuela en un acto inmenso de compasión que la caracteriza. Si la señora con sobrepeso quiere fidelizar su clientela, entonces que se preocupe por de verdad limpiar los vidrios que, por suerte, deben detenerse en su puesto callejero, que utilice el producto indicado, que sea cordial, que se muestre profesional. Esa vaina de despertar pesar a cambio de unas cuentas monedas me resulta irrespetuoso.

Bogotá es el destino para muchedumbre en busca de un mejor futuro, en busca de estabilidad y oportunidades. Sin duda esta ciudad puede ofrecer lo que toda esa gente busca. Trabajo, estudio, circunstancias bien aventuradas que le faciliten el progreso a quien lo busque con trabajo y compromiso. Y el problema no es que nosotros los recibamos aquí con gusto y, en mi caso, con resignación, sino que lleguen y la aprendan a querer. Yo escucho a diario gente lamentarse de la clase política, de la clase alta, pero nunca de la gente que atenta contra el buen vivir. No creo que sean los políticos los que conducen borrachos o los que se roban las alcantarillas o los que le arrebatan los bolsos a las señoras desprevenidas. Las calles sucias, los parques averiados, los sanitarios públicos estropeados, los hinchas de fútbol muertos a manos de sus colegas, muchachos que le entregan su vida a la suerte por algunos segundos mientras intentan entrar en alguna estación de TransMilenio a la fuerza. Debo reconocer que vivo feliz en mi ciudad, pero no tranquilo ni satisfecho como debería vivirla. Creo que mi lugar está lejos de todo este caos, creo que debo alejarme de esta realidad cuanto antes, lo más rápido posible, antes de que algún maldito e irresponsable bogotano termine por mal obrar mi existencia.

Ahora debo vivir aquí, aunque muera de ganas por salir corriendo, aunque no soporte con agrado los excesos que provoca tanto libertino. Mis obligaciones laborales y monetarias tienen raíces lo suficientemente profundas como para mantenerme un buen tiempo en esta ciudad incoherente y díscola. Espero no estar muy viejo para poder disfrutar de una Bogotá tranquila en la medida de lo posible. Una capital con los servicios necesarios para poder vivirla con eficiencia y unos conciudadanos que no me generen temor ni asco. Quiero caminar por las calles limpias y ver gentes educadas, consumidoras de libros y respetuosas de las normas básicas de convivencia. Quiero ver hombres besándose por ahí y mujeres caminando tranquilas, sin temores ni prevenciones.

Por favor, intentemos día a día alejarnos del perverso anonimato y de la cansona y repugnante realidad de los malditos bogotanos que, con sus acciones matutinas, logran desbaratar cualquier buena acción de quien sea que quiera vivir en una tranquilidad, aunque sea temporal. Usen las direccionales, respeten las filas, no se disputen los puestos en ese aparato enorme, rojo y grotesco que dicen llamar sistema de transporte masivo. No conduzcan ebrios, y no consuman marihuana arbitrariamente. Sean felices en medio de toda esta realidad vergonzosa. 

 

Giovanni Acevedo

 

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Martes, 24 Septiembre 2013 10:42

Por amor a su hijo

Las personas somos el resultado de las decisiones que tomamos. Nuestros días —a pesar de la monotonía— son todos distintos, todo depende de la hora en la que decidimos levantarnos, tomar el bus o prender el carro para salir a la realidad, al ruido de las calles y las adversidades del trabajo o del desempleo; salir de paseo o quedarnos en la ciudad, ir al parque, a comprar la leche o pedir un domicilio.

El viernes un joven decidió vestirse de rojo, de ese rojo vivo que representa la sangre que corre por nuestro cuerpo, muchos no saben por qué aquel joven quiso vestir la camiseta de su equipo un día cualquiera, un día en el que no iba a ver a su equipo jugar, pero lo hizo; ¿quién lo puede juzgar? Solo los que amamos el fútbol y sentimos pasión por un equipo sabemos que podríamos vestirnos cada día de nuestras vidas con una camiseta.

¿Quién podría imaginarse que por el color de su camiseta iba a ser asesinado su padre? Sí, unas horas después de que él decidió vestirse de rojo su padre dejaba de respirar, porque al ver que su hijo corría peligro quiso protegerlo de los ataques de unas personas que decidieron golpear, agredir y matar sin ninguna razón, porque no hay razón válida para quitar la vida de otro.

En el piso quedaron el padre y el hijo, los dos tenían el rojo en el pecho, el primero por la sangre que derramó por amor a su hijo y el segundo por la camiseta que portaba con amor a su equipo. En el piso no estaban los agresores, porque, como todos los bandidos, salieron corriendo, la cobardía del asesino es tal que no es capaz de dar la cara y asumir sus decisiones.

Siendo un amante del fútbol siento una inmensa tristeza cada vez que se presenta un hecho como este, porque cuando se desangra una persona por llevar uno u otro color se pierde la naturaleza de este y de cualquier deporte porque los deportes son, en esencia, juegos que rinden homenaje a la vida, exteriorizaciones de los seres humanos para demostrar que están vivos. Siendo un amante del fútbol mi amor por éste se disminuye cada vez que se apaga una vida de esta forma.

Hace unos veinte años tomé la decisión de ser hincha de un equipo de fútbol colombiano, del mismo equipo del que dice ser hincha el asesino del padre de este joven. Sin embargo, este remedo de persona no puede llegar a llamarse “hincha” si no ama más la vida que a un equipo.

Este personaje —como ningún otro que sea capaz de algo parecido— nunca podrá ser equiparada a los millones de hinchas de mi equipo que portamos la camiseta y somos capaces de darle la mano, abrazar e incluso besar a alguien que porte la camiseta de otro equipo, este tipejo y todos sus semejantes no deberían portar con orgullo el escudo y los colores de una institución, porque su ‘amor’ está viciado por el fanatismo y está enceguecido con por el extremismo que siempre carece de razones.

He tomado la decisión de acompañar a mi equipo cada vez que juega en Bogotá, pero con personas como estas cada vez es más difícil tomar la decisión de ir a ver a uno de los amores de mi vida y esto no me pasa solo a mí, le pasa a muchos que prefieren ver los partidos por televisión porque “uno nunca sabe”: porque hay un montón de idiotas que no son capaces de saber que está mal untarse las manos de sangre y destruir una familia porque unos ganan y otros pierden, porque está de rojo, azul o verde.

No quiero dejar de ponerme la camiseta, no quisiera dejar de ir al estadio, esto no debería ser un riesgo, un factor que aumente la probabilidad de morirme antes de lo esperado, no debería serlo para mí ni para ningún otro. Decidir ser hincha de un equipo no puede ser la causa de la muerte de alguien, porque, aunque cada decisión nos puede hacer vivir y morir de una forma u otra, una decisión tan insignificante como la de salir a la calle con la camiseta de un equipo no debe ser el detonante de la muerte de alguien.

Las personas somos el resultado de las decisiones que tomamos, algunos deciden ser médicos y otros ingenieros; algunos deciden trabajar y otros estudiar; algunos deciden ser de Nacional y otros de Santa Fe; pero algunos deciden, simplemente, no ser personas, como ese cobarde que no es capaz de dar la cara.

Nota: Esta columna fue escrita antes de que murieran dos hinchas de Nacional a manos de esos delincuentes que dicen ser hinchas de un equipo (el mismo mío), que dicen tener sangre y corazón azul, pero lo único que tienen es el alma negra y la cabeza vacía.

Javier Prieto

@japritri

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Miércoles, 04 Septiembre 2013 20:42

Policías %&$¿!*

Es que todos esos ‘tombos’ son unos malparidos” me dijo una amiga al frente de su hijo de siete años. Parece que, en algunas ocasiones ella –o el papá de su hijo, más bien,– había tenido algún encuentro poco agradable con la policía.

“No digas esas cosas en frente de tu hijo”, le pedí disimuladamente, para que él no me escuchara controvertir a su mamá, porque creo que la autoridad de una madre hacía su hijo no puede ser debatida por un cualquiera, tal vez por nadie.

Así que le hablé pasito y, aunque el niño me veía hablando con ella, me aseguré que él no escuchara lo que yo le decía, para que cuando la convenciera que estaba mal hablar así de los policías (si lo lograba), ella le hablara a su hijo de por qué su insulto estaba mal.

Le dije que cuando ella se refería a todos los policías estaba hablando de una institución, una a la que se le había conferido el privilegio de usar las armas por cuanto representaba autoridad.

“Y si tienen tanta autoridad, ¿por qué maltratan a la gente?”, me cuestionó. “Es cierto que algunos de ellos abusan del poder que se les ha dado, pero primero, no son todos, ni siquiera es la mayoría; y segundo, más importante aún, la institución, es decir, todos los policías en su conjunto; deben ser respetados porque se les ha encargado el mantenimiento del orden público y la guarda de la ley”

La conversación fue interrumpida por el niño que quería saber qué estábamos cuchicheando y por mí, porque no recuerdo muy bien mis palabras exactas, pero que igual las pongo entre comillas, pues es algo que creo desde antes de empezar a estudiar leyes y porque debí decir algo parecido.

Y lo creo, con convicción: hay que respetar a la fuerza pública (militares y policías), se deben condenar los actos por medio de los cuales ellos abusan de ese poder que se les confirió, pero no se debe condenar a toda la institución (a todos sus integrantes) por los actos de algunos de ellos.

La fuerza pública representa la protección hacía el orden, hacía la ley y, por lo tanto, si le decimos a nuestros niños que ellos son unos %&$¿!*, ¿qué respeto a la ley y a las instituciones van a tener ellos cuando crezcan?

Por lo mismo, no quise que el niño me escuchara discutir con su madre porque de niños solo les queremos creer a nuestros padres, nos duele cuando nos dicen mentiras y condenamos a los que les discuten porque ellos siempre tienen la razón. Incluso, en nuestra época de rebeldía, tenemos muy presente todo lo que dicen nuestros padres porque hay un inconsciente colectivo en el cual los papás representan autoridad, credibilidad, amor, etc.

No quiero decir que ahora todos debamos querer ciegamente a todos los policías y militares, pero sí es necesario que los niños sean educados respetando la ley y a quienes son designados para protegerla. Ese es el camino para que cuando se logre la paz ellos puedan prorrogarla infinitamente.

La imágenes que se vieron la semana pasada –y que se ven en cada marcha– en las cuales un puñado de vándalos irrespeta públicamente a la fuerza armada son el peor ejemplo que puede dar la ciudadanía a la niñez porque, aunque haya argumentos para protestar, en estos actos burlescos no se está exponiendo ninguno de ellos y sí se está enseñado que la autoridad, el orden público y la ley puede ser burlado, no por una persona, sino por cientos de desadaptados que creen que el derecho legítimo a la protesta les permite sobrepasar los límites de la ley. Lo más triste es que mientras otros intentan protestar con razones, los vándalos les destruyen sus motivos con piedra y spray (en otros casos con bombas).

Pero, ¿cómo respetarlos si maltratan gente? Claro, hay algunos militares y policías que no son capaces de asumir con responsabilidad y entereza el encargo que les ha hecho el país, pero por esta razón no se puede condenar a toda la institución. Lo digo porque, entre otras, a los abogados también nos pasa: nos estigmatizan.

Es decir, qué tal que porque tres costeños fueron encarcelados por robarse la plata de un contrato público nos pongamos a decir que todos los costeños son así o que, porque a algunos economistas y contadores se les dio por hacer operaciones bursátiles sin apegarse a las buenas costumbres comerciales, ahora todos los que ejercen esas profesiones son así.

A mí me consta que no y a ustedes también.

A los que han salido de Colombia, o a quienes han conocido extranjeros acá, ¿les gusta que les pregunten si venden droga por ser colombianos? No creo que la estigmatización sea la salida, más cuando se trata de una institución que la mayoría del tiempo está protegiéndonos y protegiendo el cabal cumplimiento de la constitución y la ley.

Será que por los padres y madres que golpean y abusan de sus hijos entonces todos los niños deberían estigmatizar cada uno a sus respectivos padres.

Claro que hay que denunciar los abusos de las autoridades y es cierto que los que hayan cometido estos abusos deben ser investigados y condenados, pero no hay que defender el irrespeto a la institución que se presentó en días pasados por el hecho de que algunos uniformados agredieron al pueblo, pues el irrespeto no se puede atacar con más irrespeto: éste se ataca con denuncias, argumentos y movilizaciones pacíficas porque, como dije alguna vez, la violencia es cíclica, cuando se cree que la venganza ha acabado con todo, algo queda y nace una nueva venganza en nuestra contra.

Para vivir en una sociedad más justa y equitativa es necesario que eduquemos a las nuevas generaciones con respeto a la ley y a la Constitución y no se les puede hacer pensar que las instituciones están en su contra porque de qué sirve luchar por la paz si quienes la van a disfrutar no son capaces de valorar el esfuerzo que por décadas se ha venido trabajando y lo van a despilfarrar todo porque no creen en lo que el país tiene para ellos.

No vivimos en una maravilla de país, eso lo deben saber los niños; pero tampoco podemos hacerles creer que vivir acá es una pesadilla. “Eso no nos lleva a ningún Pereira”.

Javier Prieto Tristancho

@japritri

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Martes, 20 Agosto 2013 10:36

El Edil de Kennedy

Entré a un café del centro de Bogotá, en un segundo piso, muy concurrido y conocido por esos abogados de corbata amarilla, camisa roja y vestido color claro remendado en las axilas con hilo de cualquier color; esos que andan con su agenda dos años atrasada debajo del brazo y exhiben con elegancia un anillo enorme de piedra negra y un reloj dorado. Le pedí a la señorita camarera un café grande, oscuro y sin azúcar. Le hice énfasis en mi pedido, un café grande y sin azúcar por favor, se lo dije con luminosidad, con mesura. El hombre que me acompañaba amablemente, poco agraciado y testarudo, comenzó con su libreto diario.

El pesimismo, el escepticismo y en algunos casos la falta de coherencia son los ingredientes preferidos para conformar su discurso dicharachero al que no he logrado acostumbrarme. Sin que él se dé cuenta, siempre le cambio de tema para evitar que mi mal humor llegue al estado que siempre intento impedir. Dos mesas hacia el fondo de la zona de fumadores, estaba sentado el edil de Kennedy con uno de sus ayudantes. A mí me cuesta mucho trabajo saludar al que no se le ven ganas de saludarme, me cuesta trabajo levantarme de mi mesa, acercarme a la otra y extender mi mano; y sobre todo me cuesta trabajo sonreír cuando de mostrar amabilidad se trata. El edil de Kennedy, quien me conoce, evitó saludarme, su ayudante, un joven de figura atlética y melena castaña, se percató de mi presencia y en varias ocasiones lo sorprendí mirándome. Quise creer que le gusté y que sus miradas tenían alguna intención de cortejo, pero me di cuenta que mis conjeturas apresuradas no se aferraban a la realidad y con un gran sorbo de café sin azúcar respondí la llamada del caleño.

El caleño es un joven político con buen humor, me busca para que me mude a Cali, para que me vaya a vivir allá, para que sea yo quien le maneje su campaña política a la Cámara de Representantes. Yo le gradezco su invitación, le aseguro que no podría pasar largas temporadas en tierras calurosas, que prefiero vivir en tierras frías, que me exijan utilizar ropa pesada, abrigada. Le explico al caleño que mis responsabilidades me obligan a permanecer radicado en Bogotá y le agradezco constantemente su invitación y su voto de confianza. Es que en Cali no me conoce nadie, aquí en Bogotá tampoco, pero yo sí conozco a muchos, como al edil de Kennedy.

El edil evitó saludarme y su ayudante no evitó mirarme en varias oportunidades. Pagó la cuenta y los dos abandonaron el establecimiento comercial.

A los políticos se les olvida caminar despacio, y muchos cometen el tonto error de querer caminar rápido, de avanzar con celeridad y conquistar cada vez más poder. Al expresidente Uribe le pasa y a sus fieles también. Por eso ahora vemos candidatos del uribismo como arroz, los que buscan ocupar una curul y ganar imagen a costillas del “Gran Colombiano”, entonces se bañan en hierbas, se toman bebedizos y se entregan al uribismo como única estrategia política para ganar en la urnas. Porque es que Uribe ya no es presidente (afortunadamente), pero ahora es un chamán, es casi que un santo al que se encomiendan con fervor todos esos que, sin tener trabajo ni nombre, están confiados en ser elegidos. No por ellos, no por quiénes sean ellos; sino por ser uribistas, lo demás no les importa. Para ellos lo realmente importante es que sean uribistas y que se rasguen las vestiduras y que se unan para hacer spam, para atacar a los demás; si están graduados. si tienen trabajo con la comunidad o si son sinceros o si demuestran electorado, eso no les importa, Uribe lo puede todo.

Pero no solo los uribistas, también los liberales, los conservadores, los del Polo, los Progresistas, los Verdes, los blancos y los negros. Aquí hay de todo, desde el señor desconocido políticamente que diariamente y con religiosidad se posiciona en la esquina de la Av. Jiménez con Séptima en Bogotá, pasando por el costeño mantecoso experto en citar frases célebres en sus discursos acartonados y que le lanza halagos a Uribe, a Miguel Gómez y a Benedetti ignorando que ninguno se lo soporta y ninguno lo quiere ver como representante de nada ni de nadie, el boyacense uribista que después de quemarse en su intento a la Cámara por Bogotá, ahora quiere quemarse en un intento al Senado de la República.

El edil de Kennedy, de quien no soy amigo, tan solo conocido; tomó de decisión de hacer parte de la lista a la Cámara por Bogotá del Partido Liberal. Lo que un mal escritor desocupado y servidor de tintos, como yo, diga no tiene valor ni importancia, en estas líneas no se define nada ni se esclarece nada, por el contrario, aquí todo se oscurece y se enreda más. No creo que llegar a la Cámara por Bogotá sea una tarea extremadamente complicada, tampoco es fácil, es cuestión de estrategia y coyuntura, y de recursos indudablemente, recursos que aumentan considerablemente dependiendo del tipo de campaña que se quiera implementar.

Los votos están divididos en dos: el voto popular, que resulta poco fiel y costoso, y el voto de opinión, que resulta juicioso y económico. Conociendo la campaña que el edil de Kennedy realizó, y entendiendo la manera como se le inyectó dinero a su trabajo en la localidad, puedo asegurar que si ese mismo mecanismo lo replica en toda Bogotá, su campaña a la Cámara resultará supremamente costosa. No tengo nada en contra del eil, ni en contra de su trabajo ni de su aspiración a la Cámara por Bogotá. Creo que la política exige gente joven y nueva para generar cambios verdaderos, para depurarse. Y este hombre delgado pueda generarle a los bogotanos credibilidad y así salir victorioso en las urnas, solo espero que su compromiso sea real, sea sincero, sea sano para la política. Espero que no exista afán de correr, espero que su aspiración tenga más que ganas, conocimiento y preparación para el cargo al que se está postulando. Sería tal vez responsable concluir su responsabilidad como edil, luego sumar trabajo político y reconocimiento en toda la ciudad para tomar la decisión de ser candidato a la Cámara.

En este momento no votaría por el edil de Kennedy, creo que su aspiración está impulsada por su padre, un político curtido y experimentado, muy conocedor de la política tradicional y arrastrada por la maquinaria, cosa que yo no comparto. Los nuevos votantes deben hacerlo por compromiso, con responsabilidad, no por conveniencia personal o por un asado en el parque central del barrio. La política exige cambios, y esos cambios se deben dar desde ya, desde la base, desde el comienzo.

Feliz tarde

 

Giovanni Acevedo

 

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Te has dado cuenta que ese viaje que se te metió en la cabeza de modo caprichoso ha resultado, hasta ahora, ser un viaje beneficioso académicamente, y más que eso, favorable para tu corazón, para tus emociones, tus afectos, para tu paz interior. También te ha servido para comprobarte una vez más que eres definitivamente una mujercita cuando de sentimientos se trata.

La gente que dice conocerte, sin en realidad conocerte, conoce un hombre fuerte, recio, de un genio templado y de un humor inclemente. Te conocen como un hombre circunspecto, prudente, de pocas palabras, con la mirada fría, insípida, pero la verdad es que eres una mujercita débil, que cada noche antes de dormir, después de practicar algunas palabras en francés con tu roommate, siempre y sin excepción recuerdas a las personas que en una demostración infinita de cariño y sacrificio te han soportado y te siguen queriendo después de tanto tiempo. Esas personas que han compartido momentos excepcionales de su vida contigo, esas que han hecho que sonrías, que quieras seguir vivo y que quieras seguir sonriendo con ellos, con los que quieres inmensamente.

A mí no me puedes mentir, no te molestes con tus actuaciones y tus respuestas cortantes y secas, que yo te conozco perfectamente y sé que si bien estás feliz aprendiendo, leyendo, escribiendo, caminando y recordando viejas épocas en ese país hermoso en el que te encuentras; también quisieras regresar pronto. Quieres abrazar a tu madre, a tu hermana y a tu abuela. Yo sé que quieres estar en la comodidad de tu casa, te hacen falta, te hacen mucha falta. Ya te estoy viendo ahí, sentado en tu cama con la luz apagada y tus ojos muy despiertos, escribiendo desaforadamente, dejando constancia de tu vida, de tus momentos, sin hacer mucho ruido porque al francés eso le puede molestar, y él es un arquitecto en formación que debe batallar contra el sueño todas las mañanas, debe luchar contra la complacencia de sus cobijas y desprenderse de ellas en un acto de valor, de tesón.

Tú crees estar enamorado, pero no sabes si debas estarlo. No estás seguro si sea sano contener tanto amor dentro de ti, aun y cuando ese amor sea tan delicado, plácido y confortable como la cama del francés en las mañanas, aun y cuando ese amor en ocasiones resulte caprichoso y tormentoso no estás seguro si te conviene o no, y por eso es que lo piensas tanto, lo analizas, le intentas dar una definición como si estuviéramos hablando de palabras hermosas que han sido arrinconadas en el pasado por los nuevos usuarios del idioma castellano.

Lo cierto es que desde hace ya casi dos años y medio no hay un día en que no tengas un fastuoso pensamiento en el que no incluyas a tu amor narcótico, un amor que ha resultado para ti la droga más efectiva. Cada beso, cada sonrisa, cada caricia malintencionada, cada abrazo demoledor de huesos, cada momento en tantos lugares, los recuerdas todos, como una muy buena película, recuerdas lo bonita que ha sido tu relación con quien ha sido inmensamente complaciente contigo, infinitamente complaciente. Creo que sigues enamorado, creo que sigues respirando y sigues escribiendo. Aunque no escribes mejor, aun lo sigues haciendo.

Debes, por primera vez en tu vida, estar tranquilo, sin afán, sin correrías, sin estar pendiente del tiempo y debes tranquilizarte. La vida pasa rápido pero la felicidad se disfruta lentamente. Yo sé lo que tú sientes porque yo sé quién eres, porque yo tengo claro lo que quieres y a quién quieres, por eso mi consejo es que te calmes, que respires muy lentamente, que salgas a caminar en las madrugadas porteñas que resultan ser magníficas, créeme, no hay amanecer más sensual y hermoso que el que te brinda Buenos Aires por estos días. Seguramente el francés diga que en su país el amanecer sea mejor y que en París el amor fluye con naturalidad. Pero no conoces Paris, no has estado en el país del francés.

La noche, a medida que tú escribes y recuerdas, va madurando al paso que tú se lo permitas. Esto no es más que anotaciones cargadas de sentimientos en medio de una noche fría, en medio del invierno. Yo sé que no quieres sentirte como ya te has sentido antes y sé también que no quieres que los demás se sientan como tú ya los hiciste sentir en algún momento, pero te da miedo que te dejen, que te abandonen, que te quedes solo. Sabes que eres supremamente controlador y eso estás dispuesto a cambiarlo, a desecharlo, ya sabes qué es bueno y qué no y sabes qué es lo que debes hacer y cómo lo debes hacer para mejorar tu relación que ya no existe. Pero no quieres que esto llegue a los ojos ni a los oídos de quien amas porque sabes que no sería justo contigo, tú siempre con ese orgullo asqueroso. No piensas llamarle y pedirle que regresen porque si lo haces vas a sentir que eres un pusilánime, pero ya es hora que comprendas que eres y siempre serás un maldito pusilánime sin vergüenza ni sentido.

Te fuiste del país con afán, nadie sabía que te ibas, ni siquiera tú mismo, ni siquiera yo que lo sé todo de ti. Un día te diste cuenta que el amor de tu vida tomaría un avión y se iría lejos por varios meses y te diste cuenta lo débil que eres para soportar tanto tiempo lejos sin sus besos, sin su sonrisa; entonces te levantaste de tu cama y, sin bañarte, te pusiste lo primero que encontraste, saliste en compañía de tu hermosa madre, ella tan alcahueta, tan hermosa, tan perfecta; te acompañó a comprar los tiquetes del avión que te sacaría por entre las nubes del martirio que te esperaba aquí en Bogotá si te quedabas a la espera, hasta el día que tu amor regresara.

El amor de tu vida te llevó al aeropuerto y en el aeropuerto lloraron después de desayunar. Fumaron y se despidieron. Eres tan débil que saliste corriendo, entraste al avión, llorabas y no querías decir que llorabas. Te fuiste, te alejaste de la realidad y pensabas que así podrías olvidar, pensaste que estando lejos el amor sería débil, pensaste tontamente que los kilómetros y el tiempo logran debilitar ese sentimiento fuerte que te hace cosquillas por todo el cuerpo, que te hace reír. Solo mírate: fumando, tomando mate y escribiendo siempre de tu amor.

Te has dado cuenta ahora que no importa qué tan lejos huyas o qué tanto licor le suministres a tu cuerpo, a tu cabeza; ya sabes que amas y que amas sin condiciones ni restricciones. Ya sabes cuánto quieres tomar un avión de regreso y esperar a que regrese esa persona que ha sabido ponerte a escribir de la manera como lo haces. Te conozco tanto que puedo asegurar que esto no lo va a leer nadie porque eres un hombre débil, eres muy débil, prefieres que la gente siga creyendo que eres de mal genio y que eres recio y fuerte.

Ese señor ciego, ese con el que tomas café en la esquina de un café reconocido, siempre debajo de un parasol verde, ese señor tiene 85 años. Es un argentino que ha sabido amar incondicionalmente. Militar y excombatiente defensor de la soberanía de las Malvinas, enamorado y amante del café, es ahora un hombre ciego que aún estando ciego puede ver al amor de su vida. No seas terco y haz caso a su voz ronca con acento porteño, regresa a Colombia en un avión que no haga escala ni en Brasil ni en Perú porque ya sabes que te pones de mal humor, regresa en un avión que no haga ninguna escala, y espera con paciencia y suma tranquilidad a que el amor de tu vida regrese, espéralo con los brazos abiertos y no le pidas ni le preguntes nada, solo entrégale y respóndele todo.

El amor es complicado pero no es exigente, el amor es complaciente, es paciente, es perfectamente amor. No pienses que te debe explicaciones, no seas tontarrón, el amor de tu vida es perfecto, no hay un amor imperfecto. Acepta con coraje que te has enamorado de la persona indicada y acepta si tal vez tú no eres la persona indicada, sé hombre cabrón.

 

“Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás”  Anónimo

 

Giovanni Acevedo

 

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Sábado, 27 Julio 2013 00:38

Las dos huevas de Uribe

La estrategia que están implementando los uribistas para ganar terreno a nivel nacional les está saliendo por la culata, y es que con tanto esfuerzo mediático y en redes sociales deberían estar pisando fuerte en todo país, los precandidatos uribistas deberían aparecer con buenos números en la encuestas, pero eso no está ocurriendo, la realidad es que tanto esfuerzo no les está dando el resultado que ellos esperan, tal vez por eso el nerviosismo y la zozobra que se siente en el ambiente uribista, tal vez por eso a Uribe se le ve cada día más agotado, más angustiado, más asustado. Y no es para menos, ninguno de sus precandidatos logra posicionarse con firmeza como una fuerte opción en las próximas elecciones presidenciales, cosa que debe tener al expresidente Uribe con estreñimiento y a los precandidatos con soltura.

Pacho Santos es él que más florece en los medios, él que más da para hablar, pero no porque sea un buen candidato, nadie dice que Pacho pueda ser el próximo presidente, nadie le apuesta al tipo chiquito y barrigón. De él hablan mucho pero por payaso, por sus vallas publicitarias que han resultado efectivas a la hora de darle de que hablar a la prensa y no más. La estrategia del primo del Presidente es venderse como el gracioso, el pobre y el mártir. Así piensa acercarse al pueblo, con fotografías en su cuenta en Facebook con pobres campesinos y colombianos necesitados que posan para las instantáneas sin conocer mucho del bufón que saludan. Cuenta con una página web donde se publican columnas de opinión de él y sus colaboradores, todos estrado 6, porque Pacho no es el plebeyo que quiere aparentar, sus reuniones son siempre en buenos lugares, en costosos restaurantes, sus ayudantes están bien vestidos, bien comidos y bien mantenidos. Cosa que no es mala, no hay nada de malo en rodearse de simpáticos caballeros bien posicionados, pero no concuerda con el mensaje que quiere que los colombianos le compremos. Su reunión de jóvenes en el espléndido restaurante Afroglam en el 5 piso del Centro Comercial El Retiro, resultó ser un fracaso, aún y cuando eligió un sito pequeño sabiendo que su convocatoria de jóvenes iba a terminar en desastre, como están resultando sus asesores de campaña. Soy hay que ver que Pacho no tiene identidad publicitaria, ni una línea de imagen. En las polémicas vallas usan diferentes tipos de letras y diferentes colores, cosa que no es prudente, no es inteligente. Y su discurso se limita a recordar que es el feo de la familia Santos, que lo secuestraron y debió por eso salir del país, y que ama incondicionalmente al expresidente Uribe, a tal punto de querer ser su primera dama, pero como Uribe es tan conservadora solo le permitió ser el vicepresidente. Sus asesores de marketing político se la deben pasar más tiempo en el Corral de la 93, o en el BBC de la T, fumando y comiendo que trabajando para que Pacho crezca en opinión. Como ahora la tecnología está al alcance de todos, y como ahora todos cuentan con celulares de alta gama, entonces el trabajo para estos jóvenes buenos mozos resulta fácil, por eso la mayoría de las fotos de Pacho pasan por una minuciosa y estricta edición en el complejo y reconocido programa Instagram. Pues felicitaciones, eso demuestra sin duda el profesionalismo con el que se trabaja dentro de la pre campaña presidencial de Pachito. En toda historia debe haber un ocurrente, un gracioso que divierta a los demás, y ese indudablemente es Pachito Santos.

Oscar Ivan Zuluaga por lo contrario demuestra mucha más entrega, mucho más compromiso con el proceso, se nota que el tipo ha estudiado lo que dice, además que cuenta con un equipo numeroso pero poco compacto. Uribe, sus allegados y los jóvenes del Centro Democrático, de CREO Colombia y de Colombia Lider  le hacen fuerza a Zuluaga, ellos saben que el candidato mas preparado y con mejores opciones para enfrentar la batalla electoral es este hombre de buenos principios y con una carrera política sana. Por eso le apuestan, por eso le trabajan, por eso lo defienden. Zuluaga cuenta con jóvenes de todos los estratos sociales y de todas las clases de políticos, desde el lagarto tontarrón que anda por ahí con un carrito rojo desencajado pero engallado, que ha pertenecido al centro, a la derecha, posiblemente a la izquierda y que llega pidiendo para la gasolina, hasta los que en realidad mandan, los que lideran el proceso y vienen desde hace mucho tiempo buscando lo que evidentemente han logrado. Si todos los jóvenes que apoyan a Zuluaga estuvieran unidos, seguramente el trabajo sería mucho más ameno y productivo, pero no sucede, la ganas de figurar de todos, de estar cerca y de demostrar resultados mucho más interesantes que los demás afortunadamente entorpecen la labor y le resta productividad a cualquier ejercicio que decidan emprender. Los de CREO tildan de marica al más cercano colaborador de Uribe, divulgan sus diferencias y disputas en las redes sociales y lo acusan de traidor y de maricon. Él pobre hombre (que si resulta maricon es poco atractivo) se limita a buscar apoyo en terceros. Todos quieren hacer mucho pero en realidad hacen poco, y Amalia, la delgada y atractiva mano derecha femenina de Zuluaga se interpone siempre en las iniciativas de los demás, no hay nada que no se haga sin su visto bueno, sin su aprobación, y esta mujer no tiene muy buen temperamento, pero si buen cuerpo. German Medina, el reconocido estratega y asesor de campañas políticas (que hace rato no gana una y viene de una quiebra y disputa con su anterior socio) es el responsable de hacerle la imagen a Zuluaga. Ha hecho su esfuerzo, ha aplicado sus conocimientos que por tontos que parezcan pueden resultar  si el equipo se une, si se acercan y trabajan en comunión. Es innegable que Zuluaga a mejorado su discurso y el manejo de la voz, la forma de expresarse, los consejos de inyectarle emoción y energía a sus intervenciones en publica los está aplicando con juicio, con religiosidad, por eso lo podemos ver agitando los brazos con sus manos en firmes, con su voz templada, ahora camina por el escenario, hace apuntes jocosos pero sobrios, opta por no utilizar micrófono de mano y es tanta la energía que le suministra a sus discursos que sus camisas terminan totalmente empapadas en sudor. Imagino que CREO debió crear un comité de camisas limpias para Zuluaga. Esta campaña ya se decidió hace rato por un solo tipo de letra, escogió los colores y le dio identidad a la imagen publicitaria, su página web y su presencia en la redes sociales demuestran un candidato comprometido con su papel, dejan ver el acercamiento con el pueblo, el trabajo y apoyo de su esposa y sus hijos son fundamentales en un país que defiende en palabras la unión familiar. Ya tiene camisetas impresas, tarjetas, piezas gráficas y un centenar de imágenes regadas por las redes sociales con sus propuestas y su ejemplar hoja de vida. Pero aún me mantengo en mi tesis, que el único gran defecto para Zuluaga es el apoyo del ex presidente Uribe, y no solo por la imagen deteriorada y maloliente en la población joven y los residentes en el exterior que tiene el ex presidente, sino por el fuerte impacto que causa Uribe en la comunidad, Uribe se ha convertido en una celebridad, en un icono que todo el mundo quiere conocer, entonces todos le piden fotos, todos lo saludan, todos lo quieren tocar, en esos momentos Zuluaga termina confundido entre el esquema de seguridad de Uribe. Competir con la fuerza que tiene la imagen de Uribe no es tarea fácil, y menos cuando se está en el mismo bando, por eso creo que en ese campo le hace falta mucho trabajo, porque le va a pasar lo mismo que a Santos, con solo una diferencia, y es que no va a llegar a la Casa de Nariño.

La estrategia de este par de huevas no se diferencia de fondo en mucho, y se están equivocando. Atacar al gobierno Santos de manera sistematica y ciega está dejando al aire la gran preocupación que les embriaga, y el afán por desacreditar un contendor muy fuerte como lo va a ser el Presidente Santos. Han llegado al punto de unirse con sus antiguos enemigos, como pasó hace poco con las declaraciones de Robledo y la rápida defensa del ex presidente Uribe. Desde que se despiertan hasta que se duermen los jóvenes uribistas no pierden oportunidad por tonta que sea para atacar al gobierno y a sus funcionarios. ¿En qué momento tiene sexo estos jóvenes? ¿En qué momento se encuentran íntimamente?

Los demás precandidatos no tienen mayor importancia, porque no quitan ni ponen, no vale la pena ni nombrarlos, son solo unos que hacen bulto, son esos que usan para rellenar.

Así pues que las cartas del uribismo están reducidas a sus dos huevas más comprometidas con la carrera presidencial, Pacho y Zuluaga. Como son sus dos huevas lo siguen la para todo lado, una a la derecha y la otra a la izquierda, una más fea que la otra, pero las dos siempre ahí, incondicionales, inseparables. Buena suerte para este par de huevas, la necesitan.

 

Giovanni Acevedo

 

 

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Martes, 23 Julio 2013 23:57

Cuando se apaga una vela II parte

Mi mamá respondió diciéndome que tenía un dolor fuertísimo en la pierna, que ya no podía caminar y por eso la llevaron de urgencias y decidieron dejarla hospitalizada.

 Ese día me angustié muchísimo y no hacía más que preguntar por ella cada vez que mi mamá llamaba desde el hospital. Tal era el mal que tenía mi prima en la pierna que decidieron trasladarla a un hospital más sofisticado que quedaba cerca a mi casa. La mamá de mi prima, Rubiela, tuvo que quedarse en mi casa y para mí era mejor porque podía saber todo lo que pasaba con mi primita en el hospital.

 La mamá de Carol me contó que lo que había pasado era que Carol estaba trabajando en una tienda de zapatos y que ella en su afán de alcanzar uno de la pared, que estaba muy alto, no se fijó que había una puntilla oxidada y terminó por chuzarse con ella en su pierna. Ella no hizo nada ese día y dejó que el dolor avanzara y sólo se tomaba unas pastillas que no le causaban mucha mejoría. Después de unos días, su pierna se tornó de un color morado y el dolor no le permitía caminar de manera normal.

 Al notar estas inconsistencias, una amiga de mi prima decidió llamar a los papás de ella y contarles todo lo que estaba sucediendo. Al enterarse de eso, Rubiela  se dirigió inmediatamente para el almacén donde mi prima laboraba y se la llevó enseguida para un hospital. Después de llegar al hospital, le dijeron a mi prima que tenía que quedarse allí porque debían hacerle unos exámenes para así poder diagnosticar qué era lo que le estaba afectando la pierna. Luego de un tiempo le dijeron a mi prima y a su mamá que Carol tenía una infección llamada tétano y que lastimosamente no existía cura alguna para esta porque ya estaba muy avanzada y para poder detenerla tendrían que amputar el órgano afectado.

 La noticia causó conmoción en mi familia. Todos nos sentíamos profundamente afectados porque era bastante cruel que ella, una chica tan joven y bonita, tuviera que pasar por una situación tan traumática, pero lo que aún nadie sabía era que faltaba algo más grave por descubrirse. La infección ya se había expandido por todo el cuerpo de mi Carol, de nada servía el amputarle su pierna porque ya tenía infectado su cuerpo.    

 En esos momentos me armé de esperanza y algo me decía que ella se iba a salvar y decidí invocar a Dios y esperar que Él nos hiciera el milagro. Recuerdo que un sábado llegó Rubiela a mi casa súper contenta porque los médicos habían notado una gran mejoría en la salud de Carol y que era muy probable que le dieran la salida del hospital el domingo. Todos felices esa noche dormimos tranquilos y el día siguiente mi mamá se fue para la iglesia con mi abuelita y Rubiela, mi hermano y yo nos quedamos dormidos. Muy temprano sonó el teléfono y yo me levanté casi dormida a contestar, cuando contesté preguntaron por Rubiela y yo pregunté ¿quién la necesita? y me dijeron que era de parte del hospital. Yo la desperté y le indiqué que debía tomar el teléfono porque la habían llamado. Ella, muy tranquila, tomó el teléfono y tuve que vivenciar la peor imagen que nunca hubiera querido ver...

 Fue bastante difícil ver a una mujer gritando ¡no, mi niña no! Verlaatacada llorando en el piso y yo sin poder hacer nada y preguntando ¿qué pasó? Lo peor es que era bastante obvio: mi prima, mi amiga, mi hermana había muerto y con ella todas las ilusiones que muchos teníamos. No entendíamos por qué el día anterior nos habían dicho que estaba mejorando. ¿Qué había pasado? Nadie lo sabía.

 Mi hermano se fue para la iglesia a avisarle a mi mamá y a mi abuelita, quienes llegaron en seguida y se encargaron de todo lo referente al sepelio. Hasta ese instante mi corazón estaba profundamente dolido, pero no había manera de llorar para deshacer ese nudo que tenía en el pecho y que me hacia sufrir más. A la hora de cremar su cuerpo se escuchaban muchos gritos de dolor que me afectaron aún más, todos estábamos muy mal y hubo algo que hizo que me impactara mucho y fue el hecho de verla después de muerta y notar cómo habían desfigurado su rostro y su cuerpo todos los medicamentos que no evitaron que se fuera de esta tierra, de esta familia, de mi vida… 

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Martes, 23 Julio 2013 02:36

Gracias a todos

El mejor regalo que la vida me puede dar, sin lugar a la duda, son las personas que me rodean y que por decisión libre eligen seguir a mi lado. Porque yo a nadie le obligo seguir a mi lado, a nadie le pido ser mi amigo, y a nadie le pido cariño, como debe ser. Por eso creo que esperar regalos y celebraciones pomposas resultan excesos y redundancias innecesarias, además de abusivas. Yo no celebro mi cumpleaños y por favor no intenten celebrarlo tampoco porque no me gusta fingir sonrisas y dar las gracias a diestra y siniestra, no me llamen y me feliciten por seguir vivo, por aguantar un años más, por sobrevivir doce meses más de vida y por envejecer progresivamente. No me escriban en el muro de mi Facebook real ni en el muro del Facebook falso que algún buen misericordioso decidió crear para facilitar amablemente mi intensa labor diaria por desacreditar mi nombre y mal obrar mi persona. No me hagan regalos, no me empaquen dulces, no me envíen chocolatinas, no me den abrazos, no me feliciten ni me den buenos deseos, por favor no se tomen ese atrevimiento, no les corresponde, no les pertenece semejante labor desgastante y aburridora, monótona, repetitiva. No gasten dinero en mí, no valgo nada, no mal gasten un solo peso en un presente para alguien que no lo va a valorar ni lo va a aceptar con agrado.

Déjenme esa labor a mí, por favor permitan que sea yo quien les agradezca la cortesía de aprobar conocerlos, de dejarme darles la mano y de brindarles un buen abrazo, gracias a todos los que me miran a los ojos sin esquivar mi mirada, gracias a los que me sonríen, a los que me han permitido caminar a su lado, a los que me han escuchado, a los que se han aguantado mis estados deplorables de embriaguez y guayabo sentimental. Gracias a los que me ceden la coyuntura de conocerles. Gracias a mis amigos por seguir siendo mis amigos muy a pesar de saber quién soy y a sabiendas que ser amigo mío no resulta una posición tranquila, segura, nunca se sabe en qué momento quiera publicar alguna intimidad reveladora y desagradada, gracias por aceptarme y demostrarme cariño, gracias a los que me han vinculado a su familia, gracias a la persona con la he aprendido a querer y a entender que me quiere también, gracias a su madre, a mi madre, a mi abuela y a mi hermana. Soy un llorón, soy un hombre débil y escribir esto incita a mis lágrimas a derramarse tímidamente. Tal vez no soy lo que muchos de ustedes esperan de mí, y por eso les pido disculpas, yo les aseguro que todos ustedes han resultado ser lo que yo siempre esperé de ustedes, los quiero a todos y por eso, gracias por permitirme quererlos.

Con seguridad no soy ni seré, ni quiero serlo tampoco, quien inspire mayor atención, no cometo esa abusiva insolencia, no exijo tan bajo comportamiento, porque a pesar de mis constantes e incurables trastornos mentales puedo asegurarles que estoy totalmente lúcido cuando les afirmo que no merezco otra cosa que todo lo que tengo, y estoy a gusto con todo lo que el azar me ha proporcionado y con todas las personas que la casualidad le ha dado por ponerme en mi camino. No merezco más, y si lo merezco seré un afortunado incalculable, desbocado, y de eso me daré cuenta cuando el momento decida que es preciso, que es prudente. La vida continua, con o sin nosotros, cumpliendo o no cumpliendo años, no somos importantes, no somos nada, solo recuerdos, momentos, sentimientos, besos, sonrisas, miradas, caricias, somos abrazos, somos perfectamente inperfectos.

Sé que esto no lo podrá leer, porque no necesita leerlo, tampoco necesita entenderlo ni oírlo, sé que esto nunca lo conocerá, sé que esto poco le importa, sé que no espera que a mi regreso le lleve lo que sea, sé que nunca me pedirá nada, sé que siempre estará dispuesta a darme buenos momentos, buenas lamidas, buenas miradas, tal vez por eso le ame tanto, tal vez por esa razón, por esa condición desinteresa y amorosamente incondicional debo darle las gracias a Sam.

Luz Elena, Daniela, Magola, Mery, Sebastián, Gilber, Claudia, Javier, Alberto, Gabriel, Néstor, Miguel, Carrillo, Mariana, Soto, Ospina, Valentina, Gustavo, Claude, Quentin, Fernanda, Flórez, Cristian, Ibarguen, Marcela, Jair, Tristancho, Rochu, Aline, Rochi, Morales, Mayorga, Alexander, Andrés, María, Paola, Torres, Mauricio, Castaño, Jaime, Manuel, Andrés, Alejandra, Vanessa, Sam, Doña Rosita, Acevedo, Laura, Lovo, Carlos, Manuela, Oscar, Mejía, Bernate, Juan, Turbay, Felipe, Lina, Federico, Mariana, Soto, Ospina, Valentina, Gustavo, Carlos, Diego, Jean, Alejandro, Sebastián, Ardila, Sergio, Jhonny, Miguel, Carrillo, Mariana, Soto, Ospina, Valentina, David, Diana, Mónica, Diego, Gómez, Mariela, Acevedo, Mauricio, Castaño, Jaime, Manuel, Andrés, Alejandra, Vanessa,  Botero, Pinzón…

 

Giovanni Acevedo

 

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Sábado, 20 Julio 2013 04:04

Triste 20 de Julio

Voy caminando por la avenida Cabildo y voy caminando tranquilo, sin prisa, sin afanes de ninguna clase. Me tomo el tiempo necesario para ver con diligencia todo lo que me rodea, a todos los que me rodean. Porque yo aquí en Buenos Aires no hago nada, solo escribo y ya, y como reposar mis nalgas y acomodarme en posición de escritor fracasado y escribir cualquier necedad como las que yo escribo es tan fácil y poco exigente, entonces tengo tiempo suficiente para caminar mansamente y para ver los gestos de los demás. Hace frio porque aquí es invierno, porque cuando es invierno hace frio, y uno aquí, o por lo menos yo, lucho contra el frio y húmedo y despiadado con una taza de café muy caliente, tan caliente que me calienta todo el cuerpo, desde las manos hasta las piernas el cuerpo todo entra en calor y me veo en la necesidad de abrir un poco mi chaqueta, de darle aire a mi institución.

Justo cuando la Av Cabildo termina una línea del tren cruza torpemente y corta el paso de los andarines perezosos y calmosos como yo, que no queremos esforzarnos en lo más mínimo, que queremos caminar sin obstáculos y sin tropiezos. Esta interrupción arquitectónica le da muerte a la Av Cabildo y le da vida a la Av Santa Fe, nos obliga a internarnos en un pasadizo sucio, oscuro, que te puede llevar a tres destinos distintos: A la estación del Subte Ministro Carranza, a la parada del tren Ministro Carranza, o a la cautivadora Av Santa Fe. La vida siempre te va a poner intencionalmente en momentos incomodos y angustiantes como este, y no vas a saber qué camino tomar, si te vas en tren, en metro o sigues caminando, o compras otro café y regresas a casa y te das por vencido. Como estoy a punto de cumplir 50 años, y mi cuerpo no me da más que para caminar pausadamente y me pide que no lo exponga a la aventura, entonces decido seguir caminando por la Av Santa Fe y dejarles el tren y el metro a los trotamundos.

Decido comprar un café más, y lo acompaño con unas galletas dulces y le digo al joven vendedor que no quiero azúcar, porque el azúcar estropea el café, él sospecha entonces que mi vida es amarga como el café y me lo hace saber y me sonríe.

De donde sos. De Colombia. Siempre eres tan serio. Al parecer sí, todos me hacen la misma pregunta. Debe ser porque le falta el azúcar a tu vida. Puede ser, cuanto le pago. Dejá así que yo invito. Gracias pero yo quiero pagar, cuanto es. No es nada, yo invito hoy y vos me podes invitar otro día. Seguro me quiere invitar. Claro que sí, yo hoy te invito. Bueno, entonces quiero el café grande y las galletas con crema de dulce de leche. Bueno.

Sigo caminando, sigo luchando contra el frio, sigo observando detenidamente a los demás, sigo vivo y sigo escribiendo.  Caminando siempre obediente al trazo de la Av Sante Fe llego a la estación del Subte de Plaza Italia. Estoy cansado, cruzo la calle, entro en un bonito parque y me siento en una bonita silla. Aun me quedan galletas con crema de dulce de leche.

Hace frio. Si hace frio. Por qué dejó Colombia. Como sabe que soy colombiano. Porque uno conoce a los colombianos. Yo no me di cuenta que usted es colombiano. Muchos dicen que no parezco colombiano, usted no es el primero, pero si soy colombiano, soy bogotano, igual que usted, por qué dejó Colombia. No sé, usted por qué la dejó. No la dejé, nunca la he dejado, solo estoy aquí por un tiempo corto, ya regresaré. Por qué no se queda aquí. Porque no soy de aquí, porque aquí no están las personas que amo y las personas que me aman, que es eso. Mi tiquete de regreso a Colombia. No sabe si regresar. No sé nada. Por qué se fue de Colombia. Porque no tenía nada, porque no tenía dinero para estudiar, porque no podía estudiar, porque no conseguia trabajo, porque en Colombia todo es una mierda. Y si Colombia es una mierda, pues no regrese, no tiene sentido. Me hace falta Colombia. Le hace falta la mierda entonces. Puede ser, usted cuando regresa. Dentro de poco. Que hace en Colombia. Lo mismo que hago aquí. Y que hace aquí. Nada. Como así que nada, algo debe hacer. Soy escritor, un escritor malo por supuesto, un escritor corriente. La gente en Colombia lo lee mucho. No, solo mis amigos por misericordia y todos mis enemigos, ellos me leen a ver si los nombro y digo que me los comí, o que entre ellos se comen. Por qué tiene enemigos. En política todos tienen enemigos. Usted es político entonces. Tal vez, para cuando está el vuelo. Para hoy 20 de julio. Va a regresar. No lo sé, no me presione. Y aquí está estudiando. Sí, aquí estudio, aquí trabajo, aquí vivo. Entonces a que va a Colombia, no sea estúpido. Ya le dije, me hace falta mi país. Le hace falta la mierda. Bueno y es que usted odia a Colombia o que. No, a Colombia no, de hecho no odio a nadie. Entonces. Entonces qué. Entonces porque se expresa así de su país. Yo únicamente escribo la verdad. Por qué tanto fastidio hacia Colombia. No le tengo fastidio a Colombia, les tengo asco a los colombianos. Oiga, respete. Respete que. A mí, yo soy colombiano, igual que usted. Y quien respeta a los demás. A quienes. A los que mueren, a los que viven en el exilio, a los que son masacrados, a los que se le prohíbe casarse, a los que no tienen que comer, a los que no tienen como estudiar, a los que mueren de hambre, a ellos quien los respeta. Pues no sé, yo no tengo la culpa de eso. Yo sí. Usted la tiene, pero por qué, si es un escritor fracasado que vive en Buenos Aires no me dice que no es nadie. Soy colombiano, que más quiere. Pues no sé, ser colombiano no razón para sentirse culpable por el país de mierda que tenemos. El país no es una mierda, el país es hermoso, la mierda son los colombianos. Usted es una mierda entonces. Si, correcto. En serio no debería ser tan duro con usted. No soy duro conmigo, conmigo soy suave, soy condescendiente. Cuando llegue a Colombia que va a hacer entonces. Escribir. Su vida es aburrida. Sí, mi vida es miserable. Por qué lo dice. Porque nací en un país en donde la mayoría son miserables, y la mayoría manda, somos democracia. Eso no es así, los miserables no somos la mayoría, los miserables son lo que están en el poder. Ellos no son miserables, ellos son felices en un país triste. Ellos tienen acabada a Colombia, no ve a Samuel Moreno, a Uribe, al procurador Ordoñez ellos si son una mierda, no nosotros. A ellos quien los elige. El pueblo. Y usted hace parte del pueblo. Claro, por supuesto. Entonces usted es una mierda, usted eligió a esos desgraciados. Yo no vote, yo no los elegí. Entonces quienes. Los que votaron, y ganó la mayoría y por eso los eligieron. Se da cuenta. De qué. De que la mayoría si elige, elige por usted y por mí. Que quiere que haga entonces, no puedo hacer nada. Entonces no haga nada, haga lo que hacen todos. Y que hacen todos. Quejarse. Pues hablar mal del país no lo va a cambiar. Seguramente hablar bien del país sí. Pues no lo sé, y va a celebrar el 20 de Julio. No celebro nada. Pero es el día de nuestra independencia. Usted es independiente. No. No entiendo. Yo tampoco. Yo voy a ir a la celebración del 20 de Julio, va a estar bueno. A que se refiere. Pues que van a poner música y vienen grupos de salsa y orquestas y una pantalla gigante, debería ir, así se distrae y baila un rato. Yo no sé bailar. Un colombiano que no sepa bailar no es colombiano. Eso me dicen siempre. Vamos, y de paso conoce mujeres. Para qué. Pues no sé, es que usted es marica. No lo sé. Un escritor fracasado que no sabe si es o no marica, usted es muy raro. Un colombiano que ama a su país pero que no vota, que no sabe si regresar o no, y que baila, usted es muy normal. Pues sí, soy normal, eso no es malo. Bueno me voy, quiere estas galletas con crema de dulce de leche. Bueno si, gracias. Gracias de que. Pues por las galletas. Pierda cuidado.

Me levante con esfuerzo, el frio se estaba apoderando silenciosamente de mi cuerpo, crucé la calle, camine unas cuentas cuadras hacia la Av Cabildo, entre al mismo lugar de hace un rato y pedí dos cafés calientes, con galletas dulces pero sin crema de dulce de leche. El joven de ojos verdes sonrió. Esta vez invitás vos. Por supuesto. Y contame, por qué no estas celebrando como todos los colombianos el 20 de Julio. No tengo nada que celebrar. No parecés colombiano che. Eso dicen…

 

 

Giovanni Acevedo

 

 

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Jueves, 11 Julio 2013 14:58

El típico colombiano

Funesto tal vez sea el término más ajustado para definir el modelo aceptado y absurdamente repetido generación tras generación del típico colombiano. Es un infortunio, es una vergüenza, una cínica desgracia. Soy colombiano, afortunadamente lo soy, y me siento bien siéndolo, no imagino viviendo como ciudadano de otra tierra, no me interesa tampoco, aún y cuando debo reconocer que no soy completamente feliz porque no se puede ser completamente feliz en un país en donde viven tantos hijos de puta, tantos delincuentes, tantos hipócritas que se pasan la vida robándole el aire a quienes se lo ganan, a quienes se lo merecen, a quienes deberían ser inmortales y protegidos, no censurados y asesinados o empujados al exilio que al final termina siendo lo mismo. El típico colombiano carece de conciencia y de memoria, de valores, el típico colombiano desconoce su historia y le importa un carajo su futuro porque sabe que su futuro no tiene corrección, está destinado a la mediocridad infinita, al fracaso aceptado y siempre justificado con reproches y lloriqueos en contra del mundo pero nunca en contra de él mismo.

El típico colombiano sale en las mañanas del interior de su miseria con sueño, con lagañas en sus ojos y en su alma, va destino a su anodino trabajo, a su infeliz responsabilidad que le da para medio comer y para medio vivir, para envejecer lentamente en un país que le importa un carajo sus viejos, en una patria que se resiste a caer al abismo mientras la gran mayoría de sus ciudadanos hace muy poco por salvarle la vida.

El típico colombiano es mentiroso, chamuyero, ladronzuelo, hambriento, aventajado, falso, farsante, pobre, canalla, estafador, grosero, inculto, perezoso, dormilón, gritón, homofóbico, indolente, creyente, obstinado, grosero, hostil, rico, feo, uribista y santista, porque el típico colombiano no nace con autonomía mental, no lee, solo bebe licor y baila cuenta cosa suene, y se ríe los sábados en la noche y el domingo va a misa enguayabado, con sumisión, con los ojos abiertos pero la mente cerrada, obstruida, reprimida, condenada a la muerte, a una vergonzosa y deprimente muerte. Pobre Colombia, pobre tierra que tiene la desgracia de tenernos como inquilinos, inquilinos que no la queremos y no la cuidamos. Pobres animales inocentes y puros, inteligentes y nobles, que deben compartir su existencia con decadentes seres humanos que los maltratan, que los ofenden, que les roban con cinismo su espacio, sus propiedades; pobres perros colombianos tan nobles y tan fieles, tan hermosos y tan cariñosos a una especie de seres humanos vergonzosa.

Políticos embusteros y ladrones, policías corruptos y mentirosos, padres irresponsables y desalmados, taxistas aventajados, buseteros cabrones, presidentes ineptos, alcaldes desastrosos, ex presidentes prófugos de la verdad, de la transparencia. Pobre Colombia, pobre realidad, ancianos abandonados, hambrientos, friolentos, madres jóvenes, madres viejas de varias vidas sin un futuro promisorio, pobres nuevas generaciones, pobres viejos políticos cómplices de nuestra realidad que se traga las ilusiones de generaciones enteras, de jóvenes cabreados con el sistema pero débiles para enfrentársele. El típico colombiano come solo, le importa un carajo los demás, vive en familia, en sociedad pero no le importa nadie, solo él.

Los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más brutos, más hambrientos, más futboleros, más creyentes, con más hijos y con más nietos. Los ricos cada vez más prósperos en un país hermoso pero maltratado y los pobres cada vez más pobres, cada vez más enfermos, más cansados, agotados por una vida dura que se ensañó en contra de ellos, en contra de familias enteras, todas pobres, todas sucias, todos con grandes sonrisas. Las ganas de vivir están en la necesidad de hacerlo, en las responsabilidades que por azar, o por desgracia, o por insensatez, les ha tocado soportar, convivir con la crudeza de la realidad necesitada y desaventurada.

Cuándo será el día que nos separaremos de la miseria, de la pobreza, de las limitaciones tontas de la cabeza, financiadas por la pereza y el conformismo, reglas básicas del típico colombiano. Cuándo será que entenderemos que la pobreza es mental, es momentánea, es una mugre que se pega al cuerpo como el mal olor de un día exigente de un campesino, mal olor propio y testigo del cansancio de una institución rigurosa, trabajadora, pero mal olor que se quita, que se desvanece, que se esfuma. Cuándo será que comprenderemos por fin que nada en la vida es tan fácil como no hacer nada, porque es que ni siquiera respirar es fácil, porque es que las manos ajadas y gruesas del campesino no toman ese natural estado por la ausencia del compromiso.

El típico colombiano resulta ser entonces una plaga devastadora, vergüenza y repugnante para una sociedad que necesita educación, compromiso y responsabilidad. El típico colombiano da vergüenza, da lástima, preocupa,  pero es el que todo el mundo conoce y es el que la gran mayoría aprueba, tal vez porque hacen parte también. El típico colombiano nunca va a llegar a leer esto que usted está leyendo y el típico colombiano que lo lea va a asegurar que esto es pura y fisica mierda, porque no hay cosa que más moleste al típico colombiano que le digan la puta verdad. Y ellos tendrán la verdad.

 

Buena tarde.

 

Giovanni Acevedo

 

 

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