Jueves, 20 Febrero 2020

prueba.jpg

Una vez más estoy indignado: enfadado por la forma en la cual los colombianos juzgamos sin motivos, sin informarnos, sin saber el por qué de las cosas. En Colombia las personas vamos repitiendo lo que escuchamos sin saber si es cierto, si se puede. Mi irritación esta vez se debe ––como muchas otras veces–– a los medios de comunicación, que no enseñan sino indican, que no informan sino opinan: que juzgan sin ley.

Los medios en este país (sin excepción) dejan a un lado lo verdadero y lo correcto por vender. Ellos olvidan que tienen la responsabilidad de sacarnos de la ignorancia, de educarnos en los temas en los que no somos expertos: de lograr generar conocimiento y criterio sin parcializar nuestra opinión. Acá son muy pocos los periodistas que entienden que informar es distinto a opinar y es ahí donde los juicios de valor vician el normal entender de las cosas.

Todos cometemos el error de creer en los periódicos, la radio y la televisión sin ir a la fuente, porque, en algunos casos, confiamos en ellos y en otros nos da pereza investigar. En todo caso esta confianza (o esta pereza) hace parte de nuestro eterno afán de no querer salir de la ignorancia y, aunque este es un error imputable a nosotros, ellos se aprovechan de esta circunstancia.

Todo lo anterior se hace tangible cuando escuchamos a reconocidos periodistas opinar de cómo no funciona la justicia del país, porque a una persona ––cobijada por la presunción de inocencia–– no le dictan una medida de aseguramiento: no lo 'meten' a la cárcel antes de declararlo culpable.

El ejemplo perfecto se produjo la semana pasada cuando miles de periodistas colombianos hablaron de medidas de aseguramiento sin siquiera saber qué son: sin haber leído medio artículo del Código Penal Colombiano. Eso sí, hablaron de un accidente de tránsito, de dos muertos y un herido, también de cómo un joven irresponsable debería estar en la cárcel y de cómo una Jueza de la República debía ser investigada por prevaricar, sin saber qué es prevaricar.

Aunque algunos de ellos reconocen que no saben qué son esas "cosas de abogados", ellos siguen opinando y no paran de lanzar acusaciones contra la jueza, el joven y su familia, todo porque el amarillismo vende: porque el público prefiere quedarse en la ignorancia mediática de la mayoría de los periodistas y porque hay que decir lo que el público quiere escuchar.

No solo es una postura irresponsable con la profesión que practican, sino también es irresponsable con quienes escuchamos y leemos noticias con alguna frecuencia. Creo que todos hemos caído en la trampa de los medios, pero el engaño se hace más grave cuando está en juego la credibilidad del sistema judicial que, aunque tiene sus problemas, es uno de los pilares fundamentales del Estado: un país que no confía en su estructura judicial está llamado al caos.

Precisamente eso es lo que hacen cuando cuestionan las decisiones de los jueces sin conocer si son tomadas en derecho. Eso fue lo que hicieron con la jueza de control de garantías, quien profirió una decisión ajustada a ley, pero le hicieron creer a todos que ella estaba prevaricando y, adicionalmente, algunos se atrevieron a suponer (con micrófonos abiertos ante miles de oyentes) que podía haber plata de por medio. Después de emitir todos estos juicios de valor viciados por la 'indignación' llamaron a algunos abogados que explicaron lo que pasaba; pero nadie cree que un abogado esté por encima de un periodista. ¿Será que para ser juez debería ser requisito haber sido periodista?

La mayoría se quedó con el amargo en la boca que produjeron los juicios de los ‘opinadores’ con micrófono y ahora se repite que en Colombia "uno va a la cárcel dependiendo de la marca del carro que se tenga" como dijo alguien por ahí.

El resultado: un país que opina en ignorancia, un sistema judicial sin credibilidad y unos jueces que ahora dudan si deben fallar en derecho o dependiendo de lo que vayan a decir los medios.

 

Añadidura:

- Espero que todos hayan entendido que no estoy diciendo que el joven no deba ser detenido ni declarado culpable, como tampoco lo hizo entender la jueza de control de garantías dejándolo en libertad mientras cursa el proceso.

- Feliz cumpleaños a dos señoritas que me han mostrado lo mejor y lo peor, que me han hecho sentir las más grandes alegrías y las mayores tristezas de mi vida. Feliz cumpleaños para Bogotá y Tunja, dos ciudades que me han acogido como si fuera hijo de ellas.

 

Javier Prieto

@japritri

Voy a hablar de esos seres que miran con deseo y morbo a los jóvenes. Que los ven y en un segundo pasa por su cabeza todo lo que harían con ellos. Los que después de lograr su fantasía solo desecharían a su presa, porque consideran que estos jóvenes son un objeto para utilizar y desechar. Hoy voy a hablar de los viejos verdes.

Sin embargo, no voy a hablar de todos los viejos verdes. Solo mencionaré una clase que, en otras palabras podríamos llamar: dirigentes del Partido Verde, seres sin escrúpulos que utilizaron a millones de jóvenes para poder obtener puestos en el gobierno, sujetos que acabaron con una organización, porque su única intención fue manipular los cerebros de los que se permitieron creer, esos viejos que hoy tienen miedo de dejar desaparecer y que volverán al asecho de los que ya utilizaron.

Pero yo les tengo una mala noticia a los viejos verdes: su partido se acabará, de pronto no en las próximas elecciones, pero éstas serán una despedida para ustedes. El Partido se terminará acabando porque muchos de sus jóvenes votantes le van a cobrar caro haber jugado con ellos: haberlos utilizado y observado con morbo, cual viejo verde. Todo porque en 2010 convencieron a los jóvenes, pero lo que había detrás de todo era un deseo malicioso de utilizarlos, de hacerles creer que eran importantes y que por fin habría cambio.

Resultó que no, no hubo algo diferente, ellos jugaron con las ilusiones de millones de primer votantes (jóvenes de 18, 25, 39, 48, 56 años que nunca habían votado). Ellos hicieron propios los valores de la sociedad, pregonando que eran los únicos: los que no estaban untados. Pero no es así y el resultado fue que acabaron con toda una generación de personas que se permitió creer en política, que decidió, por una vez en la vida, creer que el voto no era solo un derecho, sino un deber: ahora la mayoría de ellos no volverá a creer, tampoco a votar.

Los que piensen que fue culpa de Santos o de los que votaron por él no es así, porque perder unas elecciones es parte de la democracia, es parte de los partidos. La culpa es de los dirigentes, de todos, incluidos Mockus y Fajardo quienes se dejaron manipular de unos viejos zorros ––verdes–– de la política como Garzón, Peñalosa, Londoño, Prada, etc.

Es culpa de ellos porque no supieron vivir en oposición, sin cargos burocráticos, haciendo todo lo posible por defender lo que prometieron en campaña y terminaron siendo un partido más de gobierno. Porque no pudieron dejar de ser quienes siempre habían sido, unos politiqueros, personas encargadas de prometer lo inalcanzable para hurtar lo tangible, lo de todos.

Es culpa de ellos porque se unieron a quien más habían criticado para intentar ganar la alcaldía de Bogotá, mientras sus dirigentes vendían avales por toda Colombia, porque eso hacen los partidos, venden la posibilidad de ser votado, como si eso no fuera un derecho. De esta forma, perdieron los millones de seguidores que habían conseguido dos años atrás: personas que lloraron y bailaron con Mockus ahora no podían estar llorando y bailando con Uribe.

Los que crean que el Partido Verde va a sobrevivir les digo que no va a ser así, que próximamente se acabará, porque el líder más visible del Partido ya no está en él: Sergio Fajardo demostró que ya no quiere ser un viejo verde el día en que se supo que Alonso Salazar rechazaría la presidencia del Partido. De esta forma, Colombia conoció que al Gobernador de Antioquia no le interesa ser parte de esa mandada de viejos morbosos y obscenos como lo son Peñalosa, Garzón y compañía.

Los verdes no tendrán representación en el senado, a menos de que adquieran el nombre de un líder de por lo menos doscientos mil votos (más o menos los que sacó Gilma Jiménez hace tres años), que por esta época son escasos esos nombres. Por esta vez este partido salvará su personería jurídica porque ––muy seguramente–– podrá obtener una o máximo dos curules en la cámara de representantes por Bogotá, ciudad en la que tienen la maquinaria bien aceitada, como cualquier otro partido del montón, como lo que son.

Lo que va a pasar: muy seguramente cambiarán su nombre para intentar volver a ‘pegar’, como lo hace el PIN cada cuatro años (antes Convergencia Ciudadana, ahora Opción Ciudadana), como lo hicieron ellos hace unos cuantos años también, cuando dejaron de ser Opción Centro. Muy seguramente volverán a desilusionar al votante, quien volverá a creer que el voto es un derecho olvidable y no un deber irrenunciable.

En todo caso, este ‘partido’ será parte de la historia colombiana y pasarán muchos años para que un nuevo grupo de personas logre hacerle creer a los colombianos de que el cambio de las costumbres políticas es posible y, sobretodo, pasarán muchos años para que los jóvenes vuelvan a creer en la política, pues por quinquenios recordarán que una decena de viejos verdes los vieron con morbo y los utilizaron para lograr estar cuando partieran la torta.

 

Javier Prieto Tristancho

La coherencia no tiene sentido en el mundo moderno. Esto, más o menos, dice uno de los personajes de un libro que estoy leyendo; aunque esta novela fue publicada el año pasado, los hechos que narra son de principios de los ochenta, cuando yo no estaba ni en los planes de mis papás, dirían por ahí. Por eso no tengo idea si la coherencia, en esa época, tenía o no sentido.

Esto parece ser un típico dialogo de los años ochenta o, también, un dialogo del año pasado o, de pronto, es una conversación que desde hace 30 años podría sostenerse y el “mundo moderno” de esa época hizo que en el presente la coherencia no tuviera sentido. Creo que es más la tercera opción: que allá, hace tres décadas, el mundo era tan poco verosímil que sufría de ausencia de cohesión entre lo que sucedía y lo que era correcto; ahora es igual.

Es que, al parecer, la falta de sentido de la coherencia en el mundo moderno viene desde épocas pretéritas. Tan incoherente es el mundo moderno que puede ser tan antiguo como la palabra “pretérito”. Es decir, cada década es un mundo moderno y la modernidad es tan relativa como la coherencia; pero en algo estamos –parcialmente– de acuerdo, nada tiene sentido.

Es que la modernidad de nuestros antepasados de hace unos trescientos años los hizo esclavos, lo cual, para su mundo moderno tenía sentido, pero no era coherente (discúlpenme los de mejor familia). Sin embargo, nuestro antepasados de hace quinientos años eran los españoles buena vida abuelos de quienes llegaron a estas tierras a someter y, también, de quienes fueron sometidos: eso tiene todo el sentido, en ese mundo moderno.

Así, así y así pasaron cien, doscientos y trescientos años y nuestros abuelos y los padres de ellos se mataron entre sí; lo hicieron por colores y por los de arriba (que me vuelvan a disculpar los de mejor familia), para que esos se abrazaran en las sombras, casaran a sus hijos y los enviaran a estudiar a Europa. Mientras tanto, acá mis tatarabuelos se mataban con los suyos (los de usted, señor lector); al mismo tiempo que esos iban a aprender cómo ser iguales a sus padres. Pero esta incoherencia nunca dejó de tener sentido, porque cuando esos (los hijos), ya estudiados y casados, volvían eran elegidos por mis tatarabuelos y, también, por los suyos, después de haberse herido casi a muerte.

Así podría quedándome a jugar con palabras y con hechos y dar nombres y fechas y balas, pero no hay razón para mostrar el sin sentido del sentido: de la coherencia. Podría derramar ríos de tinta (o de códigos en la nube), pero para qué, si llegaría a la conclusión de que, como lo sugiere el dialogo, lo que tiene sentido para el mundo moderno –de hoy, de hace tres décadas o cien años– es lo incoherente: llegaría a la conclusión de que lo único coherente está en el papel (ahora también en la internet, un poco) y, por lo tanto, para no seguir siendo parte de la incoherencia dejando todo en el papel y poniendo títulos absurdos me tocaría terminar este artículo aquí. 

Del escándalo –casi novelesco– que vivió la Administración de Bogotá la semana pasada queda una enseñanza: “Dime qué tan influyente eres y miro a ver cuánto te pago”. Es que ahora para la Bogotá Humana es mejor, en materia de salario, tener miles de seguidores en Twitter que un título universitario.

Para los que no se hayan enterado por qué estoy hablando de esto, la semana pasada hubo una algarabía porque a dos ‘mujeres’ se les ocurrió hacer de un lío de faldas un escándalo público por medio de la red social Twitter. Los periodistas no demoraron en hacer de esta pelea, típica de adolescentes, una noticia de toda la ciudad, todos menos los de BLU Radio, quienes muy inteligentemente cerraron la entrevista con una de las protagonistas (de novela) diciendo que eso era un problema de chismes y faldas, parafraseándolos.

Sin embargo, muy pocas personas se centraron en lo verdaderamente importante y es la clase de contratos que está haciendo el Distrito. Es decir, por qué una de las niñas del episodio, que gana $2.500.000 mensuales sin estar graduada de una carrera técnica o profesional, es contratada para “prestar los servicios en la revisión, acopio y procesamiento de los registros diarios de monitoreo de las estrategias de comunicación digital y redes sociales de la Secretaría de General” y es que, omitiendo los errores de sintaxis de la descripción de la labor contratada, es un poco –más bien bastante– estúpido que nuestros impuestos paguen a alguien para que monitoree redes sociales.

Sobre esto era en lo que los medios de comunicación tuvieron que hacer énfasis, pues María Fernanda Carrascal dijo abiertamente que a ella no le pagaban por trinar y que su contrato estaba de acuerdo a las tablas de contratación para alguien con sus méritos académicos (de bachiller). También dijo que todavía estaba estudiando y por eso le pagan lo que le pagan. Yo me pregunto, alguien que estudia (no por las noches, sino todo el día como ella) y se la pasa en Twitter (solo hoy lunes 15 de julio a las 9:30 pm había escrito más de 30 trinos), ¿a qué hora trabaja para el Distrito si su trabajo no es trinar?

Yo a ella no la conozco, la he visto por ahí, pero la empecé a seguir en Twitter cuando fundó, junto a Gustavo Bolívar (el mismo de las tetas y el paraíso), un movimiento llamado Manos Limpias, que es muy conocido por hacer marchas, plantones y un montón de cosas que solo sirven para que la gente piense participar y quejarse saliendo a las calles cuando no le gusta algo.

Sí y no, porque de qué sirve marchar, plantarse y gritar si, por ejemplo, después una de esas personas (tan indignada por la politiquería) es contratada para monitorear las comunicaciones digitales y las redes sociales de una Secretaría Distrital. Claro, pero es que, desde el punto de vista del alcalde, ese contrato vale la pena porque cada seguidor de esta niña (tiene 20 mil) es un futuro votante y lo mejor, muy probablemente, es un votante de esos que sale a marchar, de esos que nunca vota, porque cree que es suficiente con salir a gritar y quejarse.

Por eso digo “Dime qué tan influyente eres y miro a ver cuánto te pago”, porque muy seguramente esta contratista no tendría tal calidad si no tuviera tantos seguidores, si no los hubiera cosechado haciendo marchas sin ningún fruto y diciendo que su causa no era política. Sin embargo, desde hace unos meses todos sus seguidores podíamos ver unos 20 trinos al día con #PetroSeQueda.

Y es que lo malo no es que ella participe en política –para que no me mal entiendan–, lo que es criticable es que sea tan coherente como todos los políticos que ha criticado desde hace unos dos años. Terminó no solo metida en los mismos chismes de todos los políticos tradicionales (a todos les inventan amoríos con hombres y/o mujeres), sino también devengando del erario por razones tan discutidas como que a un concejal le den o no una camioneta o que un senador necesite o no para la gasolina, guardando sus proporciones.

Tampoco es malo que trabaje, porque todo el mundo tiene derecho, pero que gane más que la mayoría de tecnólogos y profesionales recién graduados, sin siquiera ser profesional es algo que deja mucho qué desear de ella y de la Administración. La verdad no sé de dónde sacan las tablas salariales de las que ella habla, pero parece que la Bogotá Humana de verdad está pagándole muy bien a sus contratistas, sin exigirles mayor cosa.

No quiero alargarme mucho, pero para aclarar que no es personal (porque como dije, no la conozco) muestro un ejemplo adicional al de la señorita Carrascal. El de @DanielRMed, quien desde hace varios meses he visto que responde todos los comentarios negativos que se hacen sobre la Administración y, con motivo de este episodio, pude ver que también es contratista, a pesar de que en la página del Distrito no se muestre claro su contrato.

Él tiene un contrato más pequeño (coincidencialmente tiene menos seguidores que Carrascal) y, por esos días en los que estaba cayéndose la reforma al POT, me puse a escribir sobre el tema, pues, aunque no puedo calificarme de experto en la materia, estoy trabajando y estudiando temas urbanos todos los días. Él, muy rápidamente empezó a atacar lo que yo decía y, a decir verdad, pensé que era un petrista más, porque su argumentación no era técnica y estaba poco fundamentada. Si en ese momento hubiera sabido que, básicamente le pagan por trinar, le hubiera dicho que estudiara un poco, para que hiciera valer los impuestos que pagamos.

De esta novela no quedó nada, se opacó rápido cuando se empezaba a cuestionar la contratación de la Alcaldía: el alcance de los medios de comunicación es limitado cuando se juega con los intereses de los poderosos.

Puedo asegurar que de este escándalo solo quedó que @MafeCarrascal me bloqueó de Twitter, como seguramente bloqueó a muchos más quienes preguntamos sobre su contrato en la Secretaría de General del Distrito. Debería aprender de Álvaro Uribe, José Obdulio Gaviria o el mismo Gustavo Bolívar, a quienes sigo y critico constantemente, pero nunca me han bloqueado.

Lo más grave, para mí, es que ahora no sé qué pasa en la ciudad, porque Petro me bloqueó cuando en campaña le preguntaba sobre la viabilidad de sus propuestas y, ahora, la que mostraba sus resultados por redes sociales siguió su ejemplo. No entiendo por qué lo hacen, si son personajes públicos deberían estar en capacidad de aguantarse a un tipo que intenta debatir lo que le parece que se está haciendo mal en la ciudad donde vive, solo digo, no sé.

Añadidura:

-Volví a leer a Daniel Samper Ospina (quien me bloqueó de Twitter cuando le escribí que solo quería parecerse al papá, pero no le llegaba ni a los tobillos) porque habló sobre el tema, pero su relación con la señorita Carrascal solo le permitió hablar de la otra protagonista, una niña llamada Leslie Kalli, a quien ni siquiera he visto, pero de buena fuente me enteré que en una clase de derecho casi se mata la cabeza porque no supo qué significaba que un bien fuera “indivisible”. No hay que estudiar mucho para eso, creo yo.

 

Javier Prieto Tristancho

 

@japritri

Bajaba por la Calle 74 al Transmilenio, ya era de noche, siempre salgo del trabajo cuando ya ha entrado la luna por los Cerros Orientales al cielo de Bogotá. Caminaba a mi ritmo, el de siempre, no rápido, no lento: es el ritmo de alguien que no tiene acompañante a quién esperar, pero tampoco quién lo espere en la casa. Esa noche estaba contagiada por la tristeza del lunes: por los rezagos de una semana más perdida.

Todos los días es la misma ruta, paso por la oficina donde quise trabajar, pero no me aceptaron; paso por el Gimnasio Moderno y pienso “¿Cuánta gente importante habrá pisado esas aulas? ¿Cuántos importantes habrán robado?”, veo esa iglesia a la que nunca he entrado y al señor que vende arepas al lado. Siempre he querido, desde hace cinco años que trabajo por la zona, entrar a la iglesia y preguntar a cómo son las arepas, pero siempre encuentro una excusa. A veces no es necesario encontrar excusa, a veces no tengo ganas de buscarla.

Seguí bajando y el ambiente se volvió más pesado, no porque fuera lunes o porque estuvieran cocinando en el andén, sino porque en esa calle, en esa cuadra, hay sangre en el asfalto, hay lágrimas entrando por las alcantarillas y hay esperanzas elevándose como almas sin cuerpos. Miré a mi alrededor y me encontré con el último lugar donde Álvaro Gómez pronunció palabra, el mismo lugar en el que hoy entran y salen personas que no saben quién dio la vida por levantar los ladrillos de una universidad y fue condenado a morir frente a ella para que su alma mire cómo se diluye su ilusión de enseñar. Pero a nadie le importa que él fuera un grande.

Alguien me dijo una vez que decíamos que los mejores habían sido asesinados, pero que eran los mejores porque nunca habían sido presidentes. Igual a nadie le importa los que murieron, ni los que morirán.  

En la cuadra siguiente ya está la estación del Transmilenio, solo faltaba una zebra para llegar a ella. Los semáforos cambiaron y los motores de los carros sonaron más fuerte, todos quieren pasar en amarillo, así que, aunque se puso en verde para los peatones, pasó un último infractor, “¿será que soy digno de morir cerca de donde lo hizo el gran Álvaro? De pronto atropellado por un carro sí. No lo es Fernando Londoño, de pronto por eso vivió”.

Entré a la estación. Aunque creí no tener saldo en mi tarjeta, pude pasar. Miré a la gente, se les notaban las ganas de que se acabara el día, de llegar a casa a ver novelas, de comer y de desahogar sus penas con sus hijos, esposas y esposos.

Vi a la gente pelear por entrar a un bus, los que se intentaban bajar los miraban con desesperación, había odio en sus ojos. El conductor también quería irse: cerraba y abría la puerta cada cinco segundos. La gente se apresuraba, como si un bus de Transmilenio fuera a llevarlos al cielo.

Yo no tuve más opción que esperar el siguiente bus que, gracias a lo ridículo del sistema, llegó al minuto. Cuando se estacionó me percaté de que iba increíblemente vacío, una maravilla para quienes no nos gusta ver parejas tan apretadas que no tienen más opción que besarse durante todo el trayecto a la casa.

Nadie se subió conmigo, todos se quedaron en la puerta mirando hacia el oriente, esperando quién sabe qué cosa, “¡Qué gente!” No tuve más remedio que pasar entre la gente. Cuando las puertas se cerraron y el bus arrancó, me extrañó que las pocas personas que había dentro del bus también miraban hacia el oriente por las ventanas, directamente a la esquina de la Avenida Caracas con Calle 74: un accidente. “¡Ah! Gente chismosa, dejaron de montarse al bus por estar viendo el sufrimiento, como si eso fuera a llevarlos al cielo”.

Nos alejamos hacia el sur, unos metros más cerca de mi destino y la noche se puso de colores. Dos ambulancias por la vía del Transmilenio se dirigían hacia el norte relativamente rápido. La velocidad salva y quita vidas a la vez. Yo, mientras tanto, iba camino a casa en un bus rojo con la extraña pero placentera sensación de haber terminado un lunes más, con la tranquilidad de irme a descansar en paz a mi hogar. 

 

Javier Prieto Tristancho

Alguien dijo una vez “País de mierda” en un noticiero de televisión porque mataron a alguien. Ese mismo día, mataron no solo a uno, sino, probablemente, a cientos de colombianos más. Sin embargo, este país es una mierda solo cuando matan a ciertas personas.

Jaime Garzón fue asesinado cuando yo era solo un niño, no obstante yo lo veía con mis papás y, creo, era algo que nos unía mucho. Al día siguiente de que Colombia se enteró de que él había sido callado para siempre recuerdo haber ido al colegio, como cualquier otro día, no sé si hizo sol o llovió, pero ese día en mi mente fue nublado. Quien pronunció esa frase en un noticiero sigue vivo, según cuenta era muy buen amigo de Garzón y, tal vez, también tuvo días nublados después de su muerte, pero ahora es un tipo acostumbrado que vive de la farándula colombiana: un habitante de ese que él autodenominó “País de mierda”.

Colombia está llena de Cesar Augusto Londoños (CALs), esos personajes que se quejan porque sí, porque no, que insultan al país, pero que al final se acostumbran a vivir en la inmundicia de la mierda en la que creen que están viviendo. Esas personas que creen que Colombia es el peor país del mundo porque ––dicen–– matan a un estadounidense en un taxi. Como si la vida de este señor fuera más importante que la de todos los colombianos que han muerto en circunstancias parecidas, o peores. Esos colombianos cuyas vidas fenecen sin salir en noticias, víctimas de mutilaciones, torturas y hambruna son olvidados por los CALs de este país, quienes solo ven a los extranjeros, para envidiarlos y para llorar su muerte, mientras a los colombianos (a los buenos y los malos) solo los ignoran.

Podríamos dejar que los CALs sigan poblando el país, podríamos dejar que sigan pensando, creyendo y diciendo que este país es una mierda, así, sin duda lo convertirán en eso, porque si algunos dicen que los “buenos somos más”, los que dicen eso están contando a los CALs dentro del grupo de los buenos, porque los buenos no son los que critican todo, piensan que hacen sus cosas bien y quisieran que este país fuera otro, sino son los que hacen algo para vivir en un lugar mejor, sin salir de Colombia.

Lo del estadounidense es triste, no porque él sea extranjero, sino porque pase en el país más frecuentemente que en muchos otros países. No obstante, lo que es más triste es que muchos colombianos ––incluido el presidente–– solo piensen en los paseos millonarios y este tipo de crímenes cuando le pasan a un extranjero. Es aún más triste que la fuerza pública se mueva más rápido cuando el que sufre el crimen es alguien de afuera.

Es muy triste que los CALs critiquen solo cuando mueren extranjeros y quieran salir del país para que, al final, no hagan más que acostumbrarse a vivir en lo que ellos llaman un “País de mierda”.

Los que de verdad amamos este país, los que no solo gritamos “Viva Colombia” cuando juega la selección, los que no pensamos que este país sea una mierda, somos los que de verdad creemos que las cosas pueden mejorar, porque hacemos lo posible por aportar. Nosotros, los que no comemos mierda, los no CALs somos quienes tenemos la responsabilidad con este país de sacarlo adelante. Nosotros, los verdaderos colombianos podríamos empezar por deportar a los “malos” y todos los CALs, que al fin y al cabo quieren irse de este país a comer mierda extranjera. Sin ellos, nadie pensaría que este es un “País de mierda”.

 

Javier Prieto Tristancho

Colombia tiene a un Gran Colombiano, solo uno, para qué más: así como le gusta a Uribe, que se siente único. Así como le gusta a los uribistas, que sienten que Uribe es el único, el elegido, el mesías del país. No obstante, estoy seguro que Uribe no hubiera votado por él mismo.

 

Yo no estoy indignado por el concurso (como sí lo está el ganador), la verdad me parece que Uribe es un digno ganador de un concurso donde se elegía el Gran Colombiano y concursaba un venezolano (uno llamado Simón Bolívar). Lo que sí me indigna es que las personas peleen porque él ganó y otros perdieron, no vale la pena pelear por un programa de televisión. No pude dejar de pensar en el momento en que Colombia eligió a Jaider Villa como el ganador del extinto Protagonistas de Novela y pulularon los indignados.

 

Asegurar que la elección estuvo comprada o que Colombia está llena de ignorantes porque votan por uno o por otro en un programa de televisión es solo la muestra de que Colombia es un país de indignados mediáticos donde votan más personas en un show de televisión que por el alcalde de la capital. Pero de nada sirve indignarse por lo que pasa en Colombia si estamos pendientes para comentar, insultar y votar en la Internet, pero no somos conscientes de que no importa quién gane en un programa (si Uribe, Jaider Villa o Farina) mientras las cosas en la vida real no cambian.

Sin embargo, ver a todas las personas ––indignadas o exaltadas por el triunfo del señor este–– sí muestra un panorama desolador: el evidente paso de una figura que polarizó y dividió al pueblo colombiano. Ahora algo está bien o mal si y solo si él lo dice o lo escribe, él se ha vuelto el dueño de la verdad colombiana para quienes lo siguen y la peor aberración política para quienes no, pero eso es lo de menos, volvamos al programa.

A pesar de que Uribe es un gran líder, él se debe a otros, por lo que no hubiera votado por él. Aún cuando él es el gran protagonista de la política colombiana que logró segregar al pueblo que se olvidó de la paz por darle poder, él no hubiera votado por él.

Uribe puede jactarse de muchas cosas: de ser el único que ha sido escogido como el Gran Colombiano, de lograr dividir a un país que lo único que le quedaba era el deseo unánime de la paz, de tener el mayor número de funcionarios investigados por la justicia y de querer votar por alguien a quien se le arrodilló en un baño de la Casa de Nariño.

No sé si los que votaron por él pensaron qué vendría siendo Yidis Medina en Colombia, cuando el Gran Colombiano de toda la historia se le arrodilló por un votico. Yo creo que no lo hicieron, pero creería que si Uribe hubiera votado por alguien en ese programa, hubiera votado por Yidis Medina, o por Teodolindo Avendaño y, por supuesto, todos sus súbditos lo hubieran hecho también, por lo que los de History Channel no solo se equivocaron en postular a un venezolano, sino que se olvidaron de candidatizar a Yidis, quien puso de rodillas a Uribe.

Uribe debe estar igual de indignado que otras personas con este concurso, pues sus candidatos ni siquiera fueron postulados. Por esta razón la pregunta para muchos no es, como quieren creer, ¿qué hubiera sido de Colombia sin Uribe?, sino ¿qué hubiera sido de este país sin Yidis y Teodolindo? Ellos serían, según los uribistas, los verdaderos grandes colombianos de la historia, sin ellos Uribe hubiera sido recordado solo como otro presidente que quiso ser reelegido, como López Michelsen o Andrés Pastrana.

 

 

Javier Prieto

 

@japritri

Situación preocupante la de los congresistas. No es una revelación que la mayoría está en el congreso para favorecer los intereses de unos pocos y, por supuesto, los suyos propios, pero, aunque esto preocupa, es casi igual de preocupante que estén en el allá para tramitar leyes populistas cuando los problemas más urgentes del país no tienen una respuesta efectiva de los legisladores.

El problema viene desde las elecciones, donde muchos candidatos le prometen al pueblo cosas que no son del resorte de un congresista. Unos lo hacen por ignorancia y otros para aprovecharse de la ignorancia de la gente. En cualquier caso llegan al congreso y no saben qué están haciendo allá y por eso proponen cuanto proyecto creen que les va a traer votos, mientras, por otro lado, están pendientes de cómo sacar la tajada de los proyectos que más deberían beneficiar a los ciudadanos.

Es que legislar no es prohibir o permitir lo que esté de moda y lo digo específicamente por la prohibición de utilizar animales en los circos. Es increíble que el órgano legislativo del país tenga como uno de sus proyectos más mediático éste, que si bien puede discutirse en el congreso, hay cientos de cosas más importantes para trabajar, por ejemplo una reforma seria a la salud (no precisamente de los animales).

 

El que quiera puede marchar, pelear y gritar por los derechos de los animales, yo respeto eso tanto como las marchas, peleas y gritos que puedan hacer los dueños de los circos; pero los temas por los que todos ––los animalistas y los que no los somos–– deberíamos quejarnos como la salud, la corrupción, el desempleo y tantas otras cosas que redundan en nuestro beneficio no los estamos peleando y por eso es que los congresistas creen que con leyes populistas nos contentan mientras se roban el erario.

No es que no me importen los perros, leones y elefantes de este país, pero sí creo que somos más importantes las personas. Es que, ¿quién duda que en el circo de Colombia nosotros somos los animales maltratados? Los pocos afortunados que tenemos acceso a la salud tenemos que acudir a la tutela para recibir un tratamiento; los que buscamos trabajo en la entrevista tenemos que preguntar si nos van a contratar "con todas las de la ley", porque hay leyes que permiten 'emplear' sin garantías sociales. ¿Cómo es posible que la jornada laboral tenga horario diurno hasta las diez de la noche?

No es que no me importen los gatos, las jirafas, los marranos y las focas de este país, pero en esta sociedad circense, que es Colombia, hay gente muriéndose de hambre; hay hombres y mujeres que son asesinados y censurados por su condición sexual y hay personas que no tienen la oportunidad de estudiar.

 

La semana pasada algunos congresistas ganaron miles de votos humanos por proteger animales, pero muy pocos se ganan los votos humanos por proteger personas, entonces, ¿es esto motivo de celebración? ¿Cuántos animales estamos dispuestos a salvar mientras las personas se mueren en la puerta o en la sala de espera de un hospital?

Es irresponsable celebrar que los congresistas protejan los derechos de los animales, pues esta ley debería ser motivo de crítica hacía ellos, no porque sea populista o porque no sea necesaria, sino porque ellos están allá para proteger nuestros intereses, para representarnos; pero pareciera que les importa más figurar como salvadores de los animales que como protectores de los derechos de las personas.

Por esto es que es preocupante, no solo la actitud de los congresistas, sino también la nuestra pues esto no es para celebrar. Y no es que no me importen los animales (no me gustan, eso es otra cosa), pero ser persona es más que respetar y hacer respetar animales, es luchar por los demás humanos, que al final terminamos siendo nosotros mismos. Pero no lo estamos haciendo

 

Javier Prieto Tristancho

 

Añadidura

 

–No es por molestar, pero los congresistas suspendieron cesión durante el partido de Colombia-Perú con más de 30 proyectos de ley retrasados y al otro día salen con lo de los animales… y ¿la salud qué?

–Feliz cumpleaños a para Millonarios, el club de mis afectos y mi fidelidad. Ojalá la dirigencia ––deportiva y política–– volviera a encontrarse con personas como Alfonso Senior. 

Ya huele a elecciones en Bogotá. No es precisamente el olor a lechona y tamal, sino que es ese tufillo que emanan las calles cuando piden a gritos que los ciudadanos tomen una buena decisión. Ya huele a elecciones en Bogotá y una vez más, a la mayoría de personas, no le parece relevante. Somos pocos los que percibimos el olor a sufragio y somos cada vez menos los que después de cada elección lo seguimos apreciando.

Bueno, claro que algunos aprecian el voto de una forma distinta. Por ejemplo, los politiqueros lo aprecian porque le ponen un valor y se lo compran a quienes están dispuestos a vender lo que sea (el futuro y el erario). Esa clase de gente sigue apreciando el voto y, desgraciadamente, cada vez son más las personas que lo aprecian de esta forma. Los que cada vez somos menos somos los que reconocemos y estimamos el mérito del voto. (Acepciones de “Apreciar” http://lema.rae.es/drae/?val=apreciar)

Sin embargo, esta vez huele a sufragio de una forma distinta, el aroma es significativamente nuevo para todos nosotros, pues por primera vez vamos a votar una revocatoria del mandato. Bueno eso sí, si los recursos para los que está trabajando toda la Administración bogotana no surten efecto, al fin y al cabo la Registraduría le dio el doble de tiempo a Petro para defenderse, o ¿es coincidencia que se hayan avalado las firmas justo antes de un puente? Cada uno sacará sus conclusiones.

Una amiga me sugirió que hablara sobre este tema y específicamente que planteara si se debe salir o no a votar, un tema difícil de abordar en estos días de eliminatorias al mundial. Sin embargo, a pesar de que amo y adoro el fútbol, puedo decir que respiro política y me arriesgaré a darles mis argumentos sobre el tema.

Primero que todo, para quien no conoce mi opinión sobre la iniciativa del H.R. Miguel Gómez, en mi blog expuse –espero que con suficiencia– por qué yo no firmé la solicitud, aún cuando no estoy de acuerdo con la mayoría de programas y políticas del alcalde y, se podría decir, mi postura frente al señor Petro es de oposición.

A pesar de que ya había escrito sobre el tema, me parece importante volver a decir que la intención constitucional y legal de la revocatoria es que sea usada cuando el gobernante no está cumpliendo con lo propuesto en campaña y, por lo tanto, lo que planteó en su Plan de Gobierno.

Sobre ese escenario creería que los motivos de la iniciativa no son los adecuados, pues la propuesta es realizada por un grupo de personas que no están de acuerdo con lo que el alcalde está ejecutando, pero que en realidad fue lo que propuso en campaña y debió radicar en su Plan de Gobierno (siendo sincero estudié las propuestas de campaña, pero no he revisado el Plan de Gobierno). Es decir, por algunas de las personas que perdieron las elecciones.

Ahora bien, la iniciativa ya cumplió su objetivo y es hora de elegir si vamos a votar o no. Si alguien es petrista, progresista o contratista seguramente no votará; pero si alguien es todo lo contrario seguramente está pensando en ir a votar, eso sí, si ese día no programan un asado familiar, un partido de Fútbol 5 con los amigos, amanecen con guayabo o, simplemente, les da pereza.

Bueno, para quienes votan con pereza o sin ella, con guayabo o sin él, les diré que estoy seguro de que no dejaré de hacerlo esta vez. Por más que no estuve de acuerdo con la iniciativa, las elecciones son un llamado constitucional para que la ciudadanía reivindique sus ideales frente al poder y al Estado. Es decir, para que algunos me entiendan, votar es la forma por medio de la cual toda Colombia sabe qué es lo que piensa cada uno de nosotros, algo así como si todo lo que escribimos en Twitter, Facebook, blogs o periódicos se tradujera en un voto.

Salir a votar no es una opción, es una carga de todo ciudadano entregada por la Constitución con el objetivo de guiar a nuestras ciudades y a nuestro país por el camino que mejor nos parezca; pero, como toda carga, la no ejecución de la misma le genera un resultado negativo a los intereses de quien deja de hacerlo. Este resultado negativo se traduce en que otros toman la decisión por los que no votaron: otros que, seguramente, son la minoría y que, además, están sufragando motivados por dinero, comida o amistad.

Sin duda, saldré a votar. Todavía no sé si marcaré “SÍ,” “NO” o “VOTO EN BLANCO,” no porque no sepa si me gusta o no el alcalde, sino porque todavía creo en la democracia y Petro fue elegido democráticamente según las normas colombianas. En este sentido revocarle el mandato solo sería legalmente válido si se considerara que no está cumpliendo con lo que prometió, lo que en mi modo de ver está haciendo, el problema es que mucha de la gente de la que votó en el 2011 no sabía que proponía Petro, ni siquiera lo sabían muchos de los que votaron por él.

Y es que en mi posición dudo entre las tres opciones porque, dependiendo de lo que marque ese día, sabré si tomé mi decisión por la interpretación que le da la Constitución y la ley a la revocatoria, caso en el cual votaría NO, porque sería la forma de reconocer que Petro llegó a la Alcaldía democráticamente y que está haciendo lo que prometió; o votaría SÍ si lo que motiva mi voto es mi convicción política, es decir que Petro no debe ser alcalde de Bogotá porque no está capacitado para ejecutar propuestas que corresponden al progreso de la ciudad y tampoco es capaz de administrar un equipo estable que le ayude a gobernar.

Por último, podría marcar VOTO EN BLANCO porque sería mostrar que no estoy a favor de Petro, como alcalde, pero no estoy a favor de que se vaya por haber sido elegido democráticamente y que a pesar de que está haciendo las cosas mal, en parte es porque fue elegido para ejecutar propuestas inconvenientes para el progreso de la ciudad, de las clases bajas y altas, para las PYMES y las grandes empresas y en general para todos quienes vivimos en Bogotá.

Por otro lado, Petro no debería dejar de ser alcalde por revocatoria, sino por cosas como limitar los contratos de distribución de agua a los municipios de la Sabana, elegir a dedo -sin licitación pública- el contratista a quien le alquiló y/o compró los camiones de basura; prohibir ilegalmente las corridas de toros (en contra de lo señalado por la sentencia C-666/10) o, si lo llega a hacer, decretar la modificación al POT por medio de un decreto municipal. Por estas cuatro alcaldadas, y tal vez por otras más, Petro debería ser investigado y sancionado por la Procuraduría.

Sin embargo, ya huele a elecciones en Bogotá y tal vez será por medio del voto que Petro saldrá del palacio de Liévano o, tal vez, será por este mismo medio que se hará más fuerte.

En este país todo es una payasada, hasta la crítica parece ser promocionada por personajes del espectáculo de medio pelo. ¡Cómo es posible que lleven mariachis a despedir a la presidente de la Corte Suprema! No pues, qué forma tan original de llamar la atención. Yo de la H. Magistrada hubiera cantado al lado del mariachi para hacerle ver al señor “coordinador internacional” de la Red de Veedurías que el pueblo debe estar tan indignado por sus vacaciones remuneradas (cinco días, una vez al mes) como por los ridículos métodos utilizados por quienes intentan criticarla.

Pero es que la mayoría de los críticos son conscientes de que el pueblo atiende más a la ridiculez y la payasada que a los argumentos, ellos saben que los colombianos somos ese colectivo de personas que Godofredo Cínico Caspa tenía en su cabeza. ¡De dónde a acá –diría él– se ha visto que el pueblo sepa qué es lo verdaderamente importante!, Colombia siempre ha sido un país de pan y circo.

Somos un pueblo risible. Las oenegés internacionales le donan a las FARC dinero, armas y combatientes porque, según ellos, luchan por una causa justa. Cómo no, si para ellos drogarse es legal y, me imagino, justo. Otras de estas organizaciones le están pagando vallas publicitarias al alcalde de Bogotá con la excusa de que él hizo bien prohibiendo las corridas de toros. Hágame el favor –diría mi abuelita– ¿acaso prohibir las corridas de toros es argumento suficiente para que un alcalde se quede tres años más en el poder? Lo digo estando en desacuerdo con la revocatoria y con la prohibición de las corridas.

Pues sí, son cosas increíbles, pero ciertas. Los promotores de la revocatoria deben estar contentos con la valla porque yo de ellos pagaría una valla al lado diciendo algo así como “Yo podría prohibir los toros y gobernar Bogotá al mismo tiempo, pero Petro no.”

Es que aquí en nadie se puede confiar, ni siquiera en las editoriales que publican cualquier cosa. ¡Cualquiera! No estoy hablando precisamente del libro de Uribe, que debe ser (digo "debe ser" porque no lo he leído y no creo leerlo) todo un tratado de cómo puede un dictador gobernar en épocas de los derechos humanos; o del libro de Juanes que tampoco leeré porque no soportaría saber qué excusa sacó para dejar de cantar y componer rock para pasar a cantar la Camisa Negra, el Yerbatero y tantos otros trabalenguas sin sentido alguno.

Bueno, pero no criticaré a estos dos (nuevos) exponentes de la literatura colombiana. A quien quiero mencionar acá es al gran poeta nacional Roy Barreras. Basta con leer algunos de sus versos para saber que maneja la rima y la prosa de una forma increíble, seguro llegará lejos, seguro se lagarteará la presidencia del Caro y Cuervo, pues no le alcanzará para la presidencia de Colombia: somos bobos, pero no tanto, espero.

Debe ser por algo que merecemos lo que tenemos, debe ser por estos poemas que los de la Red de Veedurías y las oenegés piensan que la política colombiana es un chiste. Deben pensar: “Si el presidente del Congreso escribe y publica estas letras sin sentido (y sin rima alguna), podemos darle una serenata a la presidente de la Corte.”

Pero bueno, tal vez yo esté mal y él sea un gran poeta. Mal o bien por él votaron más de cien mil personas y por mí votarían unas cincuenta si me lanzara al Senado (la última vez que me lancé a algo saqué 80 votos y creo haber perdido votos desde esa época).

Tal vez todos los que hacen de la política colombiana un chiste y una ridiculez estén en lo cierto, a ellos los graban y los pasan por televisión nacional, los leen millones de personas en El Tiempo y El Espectador y yo, en cambio, publico esto para mis pocos ––pero muy queridos–– lectores.

Muy probablemente yo esté mal y en unos años la gente publicará en Facebook y Twitter “Te amo tanto que te recitaría un poema de Roy Barreras <3.” y a nadie le daría risa.

 

Twitter: https://twitter.com/japritri

Página 3 de 3

Palabras Sociales - www.palabrassociales.org

Bogotá - Colombia Cel: (57) 3105601719