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ARTÍCULOS
Jueves, 01 Octubre 2020

 

 

No sé si es ingenuidad o estupidez o, simplemente, desocupe o es que estoy sumergido en una crisis profesional y personal, pero –para bien o para mal– cada vez más me involucro en los “ires y venires” de la política, lo que en este país (y muchísimos otros) es una ocupación muy difícil de ejercer con transparencia, rectitud y lealtad. Tanto es así que hasta quienes se declaran abiertamente leales a otros van por ahí trampeándose y haciéndose zancadilla todo el tiempo.

Miren a Pachito Santos: la semana pasada se las dio de vivo y se le adelantó a sus copartidarios inscribiendo un movimiento propio para recolectar las firmas necesarias para ser candidato presidencial, sin tener en cuenta a los otros dos precandidatos. De pronto lo hizo porque mentalmente es un niño chiquito que va por ahí diciendo y haciendo todo lo que se le ocurre, como si don Hernando nunca hubiera tenido tiempo de educarlo. De pronto, por esto mismo, quiso mostrarnos que él es un practicante de esa –maldita y mal llamada– malicia indígena que hace de algunos colombianos seres detestables que se aprovechan de las debilidades de los demás para sacar ventaja, porque acá el vivo vive del bobo y, en este caso, el bobo se creyó más vivo que todos.

Sin embargo, a Pachito le salió mal la jugada: su jefe lo obligó a  abandonar su intento electoral, porque, aunque a Uribe le conviene que Pacho sea su candidato, no puede dejar a un lado a sus otros dos huevitos y quedarse con solo un gran huevo: es decir, con un huevón. Para él es mejor que los tres se vayan a una consulta y alcancen en marzo más de un millón de votos, siempre y cuando gane Pacho, quien sería el títere perfecto para ejercer su, eventual, cargo de senador/presidente.

Yo no sé si los otros dos huevitos sean tan ingenuos como yo, porque creo que piensan que Uribe los apoya tanto a ellos como a Pachito, pero creería que es evidente que la lealtad del ex presidente/candidato es solo para con Pacho, a quien quiere ver posesionándose el 7 de agosto frente al pueblo y a él mismo.

Es acá donde me pregunto, si ellos Pacho y Uribe, que dicen ser los más leales, tratan a sus amigos de esta forma ¿cómo nos tratarán a nosotros cuando vayan a cumplir sus promesas de campaña? Las posibles respuestas no son muy alentadoras.

Es válido preguntarse, también, si elegimos a Pachito ¿qué pasará cuando a Uribe no le guste una decisión de Pacho? Le ordenará cambiar de opinión y, por lo tanto, buscar que pierda vigencia un decreto nacional, por ejemplo. Nada de raro tendría, pues el mismo Pacho dijo, con respecto a la inscripción de su movimiento, que si Uribe no estaba de acuerdo con ésta, él retiraba la inscripción ya que era un simple acto administrativo firmado por el Registrador Nacional, como si las entidades en Colombia no estuvieran lo suficientemente congestionadas para que este tipejo venga a echarse para atrás porque su ex jefe se lo ordenó. 

Esta es la lealtad que dicen profesar Pacho y Uribe con sus amigos y con las instituciones, esta es la lealtad de los políticos que se la pasan gritando en contra de otros por ‘desleales’. Esta es la lealtad de muchos políticos como éstos, del mundo donde me estoy metiendo, del que muchos conocidos me intentan alejar (por mi bien, dicen); pero este es el mundo en el que quiero incursionar para cambiar conceptos como el de lealtad que acabo de señalar, por eso –con algo de ingenuidad– escribo semanalmente estos artículos, para que estos cambios los intenten conseguir los que me leen, por medio de la crítica y el voto informado, advirtiendo (de una vez) que estos cambios no se harán realidad en las próximas elecciones, pues el nueve de marzo solo será el comienzo de éstos, pues con nuestro voto podremos empezar a elegir gente buena, gente nueva.

Espero no desfallecer en la búsqueda de este objetivo, sé que hay muchos como yo buscando el bien del país y ojalá nunca lo abandonen; espero no cansarme y perder esta lucha, aunque si pasa podré ir a donde mi abuela que me va a decir con sabiduría: “eso no se le dio porque no le convenía”.

No es que yo no crea en las encuestas, solo que estoy consciente que no se les debe prestar tanta atención como algunos lo quieren hacer ver. Tanta importancia quieren darle a éstas que las denominan –a cada una– “la gran encuesta”, con el fin de generar el impacto mediático que desean para favorecer el negocio de las firmas encuestadoras y de algunos intereses políticos.

Sin embargo estos no son los intereses que más influyen en la difusión de una encuesta, en realidad los más interesados con la propagación de los resultados de éstas son los medios, quienes contratan a las firmas encuestadoras para éstas le generen el contenido que van a utilizar por un semana (o a veces más tiempo) al aire y con el que se las dan de chamanes.

Pero bueno, eso es cosa de los medios, yo solo quiero dar acá ejemplos por medio de los cuales logre convencerlos que durante el debate electoral que se nos viene no deben votar por encuestas y dejen a un lado el voto ‘útil’, los que lo suelen usar. 

Ejemplo 1. Para no ir muy lejos, según la última ‘gran’ encuesta solo un nueve por ciento (9 %) de la población de Colombia va a dejar de votar al Senado de la República el próximo año (momento de risas). Ojalá en este país los índices de abstención fueran tan bajos para las elecciones de la cámara alta del Congreso o, por lo menos, que fuera cercana a este porcentaje: las cifras reales están por encima del 50 % y, utilizando los términos de ellos, esto significaría que el margen de error es de más del 40 %.

Bueno, para no darle tan duro a los resultados de la encuesta, si sumamos el porcentaje de “Aún no lo sabe” y el de “No votaría para el senado el año entrante”, asumiendo que todos los que ahora no saben por quién votar no voten, tendríamos un abstencionismo del 22 %, lo cual sería increíblemente bueno, pues esta cifra significaría que Colombia tendría entre 2014 y 2018 un Congreso elegido por la mayoría de los colombianos, lo cual –lastimosamente– es muy poco probable. Algo muy parecido pasa cuando se pregunta acerca de las elecciones presidenciales donde esta suma llega a un 37 %.

 Con lo anterior ya debieron convencerse, pero como los ejemplos abundan daré uno más sobre esta encuesta:

 Ejemplo 2. Cuando preguntan sobre la intención de voto en las consultas populares no hacen la pregunta más obvia y, además, obligatoria que sería algo así ¿Si se presenta el escenario en que haya dos consultas de partidos políticos para escoger su respectivo candidato a la presidencia por cual votaría? 1. Centro Democrático; 2. Alianza Verde o 3. Ninguna. 

La anterior pregunta con el fin de que quien escoja 1. no pueda votar en 2. y viceversa, porque el día de estas consultas una persona solo podrá votar por una de éstas, por lo tanto, si las encuestas pretenden dar un resultado más o menos confiable y real no deberían permitir supuestos prohibidos por la ley. Es como si se preguntara si alguien votaría por Uribe a la presidencia.

Sin embargo ellos se cuidan de la gente a la que le gusta ver la encuesta completa, por eso se la pasan haciendo advertencias como esta: “…la audiencia debe entender los resultados a continuación como de interés periodístico y de análisis político, y no como proyecciones de voto.” No obstante los medios no replican este mensaje, tampoco lo hacen los gerentes de las encuestadoras al aire en un programa de radio, porque a ellos no les funciona el negocio si las personas saben que estas encuestas no miden “proyecciones de voto” que es lo que la gente quiere saber.

Adicional a lo anterior, y para rematar, los votantes debemos ser conscientes de que los resultados dependen del resultado de ánimo y la moda del país, por ejemplo, un ítem objetivo que es el “Cumplimiento de las promesas de campaña”, históricamente tiene las mismas altas y bajas en todos los gobiernos, desde Pastrana, que el ítem “Imagen favorable”. Por lo tanto, dando un ejemplo actual, a Juan Manuel Santos se le bajó el porcentaje de cumplimiento de promesas en 14 % en dos meses porque fue publicado el fallo de la CIJ a favor de Nicaragua, cuando ganar el pleito no era una promesa de campaña y la culpa del fallo adverso no fue exclusiva del Gobierno Santos, es más, según lo que se ha podido determinar, la responsabilidad de éste frente a la de Pastrana y Uribe es ínfima. Pero bueno, qué le vamos a hacer, en Colombia hasta la política es cuestión de moda y esto es aprovechado por las firmas encuestadoras y los medios.

Es difícil alterar la percepción de las personas frente a las encuestas, las personas creen mucho en éstas y les encanta que salga una tras otra para especular o peor, para decidir el voto (voto útil que llaman), sin embargo son un elemento peligroso, tanto para los electores como para los candidatos, porque ellos también se ven afectados, no es más sino poner el ejemplo de Sergio Fajardo, que para enero y febrero de 2010 era presidente de Colombia según las encuestas y, en realidad, no tuvo la fuerza electoral ni para ser candidato al cargo.

Por estas razones cuando vuelva a llegar otra Gran Encuesta obsérvela, detállela y júzguela con objetivismo, no trague entero de los medios y, después, espere a ver con qué salen estos chamanes con la próxima Gran Encuesta. Eso sí, cuando piense por quién va a votar ni se le ocurra mirarlas, que ahí no hay propuestas.

Nota 1. Se me pasó, pero viendo una encuesta de noviembre de 2009 (Gobierno Uribe) a 67 % de los colombianos les parecían ‘lo más de bien’ los TLC, me pregunto ahora cuál será la imagen de los mismos, teniendo en cuenta que lo que se suscribió fue un legado del gobierno anterior. ¿Los calificarán bajo la popularidad de Uribe, de Santos o de los agricultores? 

Nota 2. Gracias a la Fundación Palabras Sociales ha sido publicada una columna en ElTiempo.com de mi autoría. Les dejo el link por si alguien quiere leerla http://www.eltiempo.com/blogs/palabras_mass/2013/09/los-maquinistas.php

Javier Prieto Tristancho

@japritri

Las personas somos el resultado de las decisiones que tomamos. Nuestros días —a pesar de la monotonía— son todos distintos, todo depende de la hora en la que decidimos levantarnos, tomar el bus o prender el carro para salir a la realidad, al ruido de las calles y las adversidades del trabajo o del desempleo; salir de paseo o quedarnos en la ciudad, ir al parque, a comprar la leche o pedir un domicilio.

El viernes un joven decidió vestirse de rojo, de ese rojo vivo que representa la sangre que corre por nuestro cuerpo, muchos no saben por qué aquel joven quiso vestir la camiseta de su equipo un día cualquiera, un día en el que no iba a ver a su equipo jugar, pero lo hizo; ¿quién lo puede juzgar? Solo los que amamos el fútbol y sentimos pasión por un equipo sabemos que podríamos vestirnos cada día de nuestras vidas con una camiseta.

¿Quién podría imaginarse que por el color de su camiseta iba a ser asesinado su padre? Sí, unas horas después de que él decidió vestirse de rojo su padre dejaba de respirar, porque al ver que su hijo corría peligro quiso protegerlo de los ataques de unas personas que decidieron golpear, agredir y matar sin ninguna razón, porque no hay razón válida para quitar la vida de otro.

En el piso quedaron el padre y el hijo, los dos tenían el rojo en el pecho, el primero por la sangre que derramó por amor a su hijo y el segundo por la camiseta que portaba con amor a su equipo. En el piso no estaban los agresores, porque, como todos los bandidos, salieron corriendo, la cobardía del asesino es tal que no es capaz de dar la cara y asumir sus decisiones.

Siendo un amante del fútbol siento una inmensa tristeza cada vez que se presenta un hecho como este, porque cuando se desangra una persona por llevar uno u otro color se pierde la naturaleza de este y de cualquier deporte porque los deportes son, en esencia, juegos que rinden homenaje a la vida, exteriorizaciones de los seres humanos para demostrar que están vivos. Siendo un amante del fútbol mi amor por éste se disminuye cada vez que se apaga una vida de esta forma.

Hace unos veinte años tomé la decisión de ser hincha de un equipo de fútbol colombiano, del mismo equipo del que dice ser hincha el asesino del padre de este joven. Sin embargo, este remedo de persona no puede llegar a llamarse “hincha” si no ama más la vida que a un equipo.

Este personaje —como ningún otro que sea capaz de algo parecido— nunca podrá ser equiparada a los millones de hinchas de mi equipo que portamos la camiseta y somos capaces de darle la mano, abrazar e incluso besar a alguien que porte la camiseta de otro equipo, este tipejo y todos sus semejantes no deberían portar con orgullo el escudo y los colores de una institución, porque su ‘amor’ está viciado por el fanatismo y está enceguecido con por el extremismo que siempre carece de razones.

He tomado la decisión de acompañar a mi equipo cada vez que juega en Bogotá, pero con personas como estas cada vez es más difícil tomar la decisión de ir a ver a uno de los amores de mi vida y esto no me pasa solo a mí, le pasa a muchos que prefieren ver los partidos por televisión porque “uno nunca sabe”: porque hay un montón de idiotas que no son capaces de saber que está mal untarse las manos de sangre y destruir una familia porque unos ganan y otros pierden, porque está de rojo, azul o verde.

No quiero dejar de ponerme la camiseta, no quisiera dejar de ir al estadio, esto no debería ser un riesgo, un factor que aumente la probabilidad de morirme antes de lo esperado, no debería serlo para mí ni para ningún otro. Decidir ser hincha de un equipo no puede ser la causa de la muerte de alguien, porque, aunque cada decisión nos puede hacer vivir y morir de una forma u otra, una decisión tan insignificante como la de salir a la calle con la camiseta de un equipo no debe ser el detonante de la muerte de alguien.

Las personas somos el resultado de las decisiones que tomamos, algunos deciden ser médicos y otros ingenieros; algunos deciden trabajar y otros estudiar; algunos deciden ser de Nacional y otros de Santa Fe; pero algunos deciden, simplemente, no ser personas, como ese cobarde que no es capaz de dar la cara.

Nota: Esta columna fue escrita antes de que murieran dos hinchas de Nacional a manos de esos delincuentes que dicen ser hinchas de un equipo (el mismo mío), que dicen tener sangre y corazón azul, pero lo único que tienen es el alma negra y la cabeza vacía.

Javier Prieto

@japritri

Uribe vuelve al ruedo político, pero no lo hizo con la fuerza que debía: lo que anunció el ex presidente era una noticia trasnochada que se sabía desde que no se lanzó a la Alcaldía de Bogotá y por eso sorprendió a pocos; extrañamente, sorprendió más a sus seguidores. Sí hubo reacciones, pero ninguna fuera de las esperadas, los que le dieron gracias a Dios por haber guiado al ex para que tomara esta decisión, pues, según ellos, es la única forma de salvarnos del Castro-chavismo (quién sabe lo que signifique) y, por otro lado, los que se opusieron a su legítima aspiración.

Muchos uribistas celebraron la decisión con risa burlona y empezaron a escribir por todo lado que, prácticamente, era el peor día para todos los opositores del ex, porque teníamos miedo de que se produjera esta decisión. Muchos de estos se despacharon contra Santos porque ahora sí iba a tener un contrincante de peso. Todos los fieles seguidores del ex escucharon o se leyeron ese comunicado en donde proponía cambiar Colombia –otra vez– y se regocijaron con cada una de sus propuestas para su candidatura, después se santiguaron y se fueron al trabajo a sacar pecho del ex, a levantar las plumas como pavo real y a hablar como pisco.

Sin embargo, esta gente ignora que todos los contradictores del ex sabíamos que esta decisión ya estaba tomada hace bastante tiempo, que no solo no nos asusta, sino que también algunos la celebran. Se sabía porque está demostrado que el ex no endosa votos (Uribe perdió las últimas tres elecciones a la Alcaldía de Bogotá, las últimas tres elecciones a la Alcaldía de Medellín y la última elección a la Gobernación de Antioquia), por lo que si él le ordenaba a sus seguidores que votaran por José Obdulio Gaviria y su combo sin él, muchos no lo hubieran hecho. Lo anterior, consecuencia del caudillismo que el ex propone.

Algunos lo celebran porque muchos están buscando que el Partido Conservador y el Partido de la Unidad Social dejen de ser las organizaciones más votadas al Congreso y eso, precisamente, es lo que va a pasar.

Por lo mismo, no sé por qué andan diciendo que ahora Santos sí tiene contrincante, si es que el ex siempre será ex y no podrá ser, siquiera, candidato a la Presidencia, como tampoco podrá endosarle sus votos a alguno de sus –‘excelsos’– candidatos. ¿O es que ahora sí Pachito es el candidato preferido de Uribe? Cuando ni siquiera iba a ser su vicepresidente hasta que él se lo pidió: lo dijo el mismo Uribe por allá en el 2008, pero de esto no se acuerda la gente y eso que es un dato estilo chisme. Pero la verdad es que para el ex no hay mejor candidato que Pachito porque, a pesar de que él no quería que fuera su vice, él siguió ahí; a pesar de que durante su Gobierno el ex se la pasaba regañándolo por sus imprudencias, él siguió ahí; porque, en resumidas cuentas, a Pachito le puede decir y hacer lo que se le dé la gana y él va a seguir ahí: por eso el ex prefiere ir con un candidato débil y no correr el riesgo de que lo dejen igual que hace cuatro años.

El ex declamó su discurso de campaña y, después de leerlo (porque no me gusta escuchar esa voz que mezcla tonos de caudillo y mártir), me confundí porque no supe si era un discurso de lanzamiento de una campaña al Senado o a la Presidencia, no me quedó claro y, lo peor, creo que el ex tampoco lo tiene claro, por eso le impone sus propuestas a todos sus candidatos del ‘Centro’ ‘Democrático’ (este nombre es una burla a la población, algo así como si las Farc sacaran un partido llamado Libertad por Colombia o algo por el estilo).

Más allá de lo que haya dicho –será tema para discutir más adelante, como podríamos, también, discutir los 100 puntos de su primera campaña que dejó de cumplir– lo que debe procurarse en esta campaña es que no nos dejemos polarizar como el ex quiere, porque el lanzamiento del pasado lunes es solo el comienzo de una campaña que tildará a unos de Castro-chavistas o guerrilleros (por apoyar el proceso de paz) y a otros de paramilitares y narcotraficantes (por el primo de José Obdulio, entre otros).

En los próximos meses veamos y discutamos las propuestas, cuáles son las mejores para el país, no para unos pocos; seamos objetivos y tengamos memoria, no nos dejemos convencer de los que nos prometen lo que ya no fueron capaces de hacer, pues en este momento nos encontramos en una campaña que se va a centrar en dos reelecciones, la de las políticas de Santos y la de las políticas del ex.

Ex, bienvenido al Senado –aunque por ahí escuché que no se posesionará–, espero que esta nueva campaña le haga aterrizar sus propuestas y sus críticas, espero que no polarice el debate con discursos incendiarios que hagan a sus simpatizantes decirnos a todos los que no lo somos “guerrilleros” (como ya me lo dijeron durante su gobierno por no apoyarlo), porque acá la mayoría no lo somos, tanto que queremos que la guerrilla se acabe.

Yo sé que espero mucho del ex y la gente se podrá reír de mis expectativas frente a su candidatura, pero quienes están al borde de la locura de vez en cuando ven las cosas claras, solo que les parece que esa es la mancha en la pared.

 

Javier Prieto Tristancho

@japritri

Petro parece tener todo lo que se necesita para ser presidente de Colombia. No sé si algún día lo sea, pero todos los días se ven posibles votantes a su causa en las redes sociales y en las calles.

No creo que sea un secreto que Petro quiera ser presidente: ya fue una vez candidato y, después, creó un movimiento político que tiene su cara en el logo, narcisismo propio de alguien que se cree capaz ser presidente (narcisismo que es digno de personajes como Peñalosa y él, aunque no se sabe si de pronto Uribe también lo haga). Pero no digo que Petro lo tenga todo para ser presidente solo porque lo desee o porque le parezca linda su cara, lo digo porque durante su tiempo como alcalde ha mostrado que es suficientemente autoritario como para gobernarnos a los colombianos. Así como –parece– nos gusta, porque acá no nos importa si se cumple o no la ley, lo que nos importa es que el presidente, el gobernador o el alcalde sea un verraco, que sea capaz de pasar por encima de todos y que se le pare a cualquiera. Ese sí es el presidente ideal. Ese es el presidente que muchos reclaman por Facebook, Twitter y páginas web.

Parece que Petro, en su sabiduría, ha sabido interpretar el deseo de los colombianos y está gobernando Bogotá como lo hizo en su momento el expresidente más popular de Colombia: primando sus intereses sobre las instituciones.

Para la muestra un botón, dirían por ahí: la expedición de la modificación al Plan de Ordenamiento Territorial (POT) por decreto. Para no ponernos aburridos, solo diré que la ley 388 de 1997 (artículos 26 al 28) y la sentencia C-051 de 2001 son claras y no hay que hacerles ninguna interpretación leguleya, como lo hizo Petro, por lo que es claro que se dio un desconocimiento de las decisiones del Concejo Distrital y, como tal, de su institucionalidad. Pero él sí pudo expedirlo porque es lo que Bogotá necesita y ¿quiénes son la ley y la Corte Constitucional para detener a Petro?

No es necesario hablar del contenido de la modificación del POT para saber que su expedición es ilegal. Las autoridades lo han detectado –no es muy difícil hacerlo– y desde el día de la expedición del decreto se han pronunciado. El Ministerio de Vivienda y la Veeduría Distrital anunciaron que iban a demandar la expedición del decreto, sin embargo, eso a Petro no le importa porque, como lo dijo alguna de sus concejalas ‘progresistas’, mientras la justicia lo declara ilegal, el POT estará vigente unos seis meses: una dura esa mujer, pronto podrá ser alcaldesa.

Este no es el único caso en el que Petro se ha saltado los mecanismos institucionales y legales: cuando contrató el sistema de recolección de basuras, él mismo explicó que no había contratado de la forma autorizada por la ley porque no le alcanzaba el tiempo y porque tuvo algunos problemas con la licitación del modelo. No obstante no importa, las formalidades no nos importan en el modo cómo nos gusta que nos gobiernen: los problemas y la falta de tiempo se solucionan saltándose las normas, me acuerdo del expresidente aquel.

Pero esto no es todo, hace pocos días se radicó un proyecto de ley en el que más de diez representantes a la Cámara por Bogotá firmaron para que se elimine y liquide la Veeduría Distrital, proyecto que incluye en su exposición de motivos, según supe –porque no conozco de primera mano el documento–, algo como que una entidad no puede ser dirigida por alguien que se casó encima de un elefante, entre otras razones de conveniencia distrital. No quiero decir con esto que detrás de este proyecto esté Petro, pero si es obra del alcalde, éste demuestra su tesón y su irreverencia; por lo tanto le dará votos a la presidencia porque es la segunda vez que se presenta en su Administración este proyecto de ley en contra de una entidad dedicada a vigilar los intereses de la población. Pero quién va a saber más de nuestros intereses si no el alcalde o el presidente: ¡qué falta de sentido común! ¡es que ni la Personería, la Contraloría o la Fiscalía deberían existir!

Y es que así nos gustan a los colombianos los gobernantes, unos tipos con carácter, que sean capaces de pararse a pelear donde sea (hasta en una cumbre internacional), que pasen por encima de las instituciones sin el mínimo respeto por ellas; mejor dicho, que sean unos verracos: que tengan las –tres– huevas para mandar a quien sea.

Por eso, señor Petro, retome el rumbo de esta patria porque usted es lo suficientemente autoritario para mandarnos, por encima de las leyes y la constitución, porque acá se valen todas las formas de lucha; por eso, bogotanos y bogotanas, colombianas y colombianos, los invito a acompañar a Petro en su búsqueda por la presidencia porque es el único que puede tomarse este país en serio, es el único que haría hasta lo imposible para permitir la (re) reelección de Uribe.

Vamos con Petro, vamos por esas, huevas.

Javier Prieto Tristancho

@japritri

Petro parece tener todo lo que se necesita para ser presidente de Colombia. No sé si algún día lo sea, pero todos los días se ven posibles votantes a su causa en las redes sociales y en las calles.

No creo que sea un secreto que Petro quiera ser presidente: ya fue una vez candidato y, después, creó un movimiento político que tiene su cara en el logo, narcisismo propio de alguien que se cree capaz ser presidente (narcisismo que es digno de personajes como Peñaloza y él, aunque no se sabe, de pronto Uribe también lo haga). Pero no digo que Petro lo tenga todo para ser presidente solo porque lo desee o porque le parezca linda su cara, lo digo porque durante su tiempo como alcalde ha mostrado que es suficientemente autoritario como para gobernarnos a los colombianos. Así como –parece– nos gusta, porque acá no nos importa si se cumple o no la ley, lo que nos importa es que el presidente, el gobernador o el alcalde sea un verraco, que sea capaz de pasar por encima de todos y que se le pare a cualquiera. Ese sí es el presidente ideal. Ese es el presidente que muchos reclaman por Facebook, Twitter y páginas web.

Parece que Petro, en su sabiduría, ha sabido interpretar el deseo de los colombianos y está gobernando Bogotá como lo hizo en su momento el ex presidente más popular de Colombia: primando sus intereses sobre las instituciones.

Para la muestra un botón, dirían por ahí: la expedición de la modificación al Plan de Ordenamiento Territorial (POT) por decreto. Para no ponernos aburridos, solo diré que la ley 388 de 1997 (artículos 26 al 28) y la sentencia C-051 de 2001 son claras y no hay que hacerles ninguna interpretación leguleya, como lo hizo Petro, por lo que es claro que se dio un desconocimiento de las decisiones del Concejo Distrital y, como tal, de su institucionalidad. Pero él sí pudo expedirlo, porque es lo que Bogotá necesita y ¿quiénes son la ley y la Corte Constitucional para detener a Petro?

No es necesario hablar del contenido de la modificación del POT para saber que su expedición es ilegal. Las autoridades lo han detectado –no es muy difícil hacerlo– y desde el día de la expedición del decreto se han pronunciado. El Ministerio de Vivienda y la Veeduría Distrital anunciaron que iban a demandar la expedición del decreto, sin embargo eso a Petro no le importa, porque como lo dijo alguna de sus concejalas ‘progresistas’, mientras la justicia lo declara ilegal el POT estará vigente unos seis meses: una dura esa mujer, pronto podrá ser alcaldesa.

Este no es el único caso en el que Petro se ha saltado los mecanismos institucionales y legales: cuando contrató el sistema de recolección de basuras, él mismo explicó que no había contratado de la forma autorizada por la ley porque no le alcanzaba el tiempo y porque tuvo algunos problemas con la licitación del modelo. No obstante no importa, las formalidades no nos importan en el modo cómo nos gusta que nos gobiernen: los problemas y la falta de tiempo se solucionan saltándose las normas, me acuerdo del ex presidente aquel.

Pero esto no es todo, hace pocos días se radicó un proyecto de ley en el que más de diez representantes a la Cámara por Bogotá firmaron para que se elimine y liquide la Veeduría Distrital, proyecto que incluye en su exposición de motivos, según supe –porque no conozco de primera mano el documento–, algo como que una entidad no puede ser dirigida por alguien que se casó encima de un elefante, entre otras razones de conveniencia distrital. No quiero decir con esto que detrás de este proyecto esté Petro, pero si es obra del alcalde, éste demuestra su tesón y su irreverencia, por lo tanto le dará votos a la presidencia, porque es la segunda vez que se presenta en su administración este proyecto de ley en contra de una entidad dedicada a vigilar los intereses de la población, pero quién va a saber más de nuestros intereses si no el alcalde o el presidente: qué falta de sentido común, es que ni la personería, la contraloría o la fiscalía deberían existir.

Y es que así nos gustan a los colombianos los gobernantes, unos tipos con carácter, que sean capaces de pararse a pelear donde sea (hasta en una cumbre internacional), que pasen por encima de las instituciones sin el mínimo respeto por ellas, mejor dicho, que sean unos verracos: que tengan las –tres– huevas para mandar a quien sea.

Por eso, señor Petro, retome el rumbo de esta patria, porque usted es lo suficientemente autoritario para mandarnos, por encima de las leyes y la constitución, porque acá se valen todas las formas de lucha; por eso, bogotanos y bogotanas, colombianas y colombianos, los invito a acompañar a Petro en su búsqueda por la presidencia, porque es el único que puede tomarse este país en serio, es el único que haría hasta lo imposible para permitir la (re) reelección de Uribe.

Vamos con Petro, vamos por esas, huevas.

Javier Prieto Tristancho

@japritri

Es que todos esos ‘tombos’ son unos malparidos” me dijo una amiga al frente de su hijo de siete años. Parece que, en algunas ocasiones ella –o el papá de su hijo, más bien,– había tenido algún encuentro poco agradable con la policía.

“No digas esas cosas en frente de tu hijo”, le pedí disimuladamente, para que él no me escuchara controvertir a su mamá, porque creo que la autoridad de una madre hacía su hijo no puede ser debatida por un cualquiera, tal vez por nadie.

Así que le hablé pasito y, aunque el niño me veía hablando con ella, me aseguré que él no escuchara lo que yo le decía, para que cuando la convenciera que estaba mal hablar así de los policías (si lo lograba), ella le hablara a su hijo de por qué su insulto estaba mal.

Le dije que cuando ella se refería a todos los policías estaba hablando de una institución, una a la que se le había conferido el privilegio de usar las armas por cuanto representaba autoridad.

“Y si tienen tanta autoridad, ¿por qué maltratan a la gente?”, me cuestionó. “Es cierto que algunos de ellos abusan del poder que se les ha dado, pero primero, no son todos, ni siquiera es la mayoría; y segundo, más importante aún, la institución, es decir, todos los policías en su conjunto; deben ser respetados porque se les ha encargado el mantenimiento del orden público y la guarda de la ley”

La conversación fue interrumpida por el niño que quería saber qué estábamos cuchicheando y por mí, porque no recuerdo muy bien mis palabras exactas, pero que igual las pongo entre comillas, pues es algo que creo desde antes de empezar a estudiar leyes y porque debí decir algo parecido.

Y lo creo, con convicción: hay que respetar a la fuerza pública (militares y policías), se deben condenar los actos por medio de los cuales ellos abusan de ese poder que se les confirió, pero no se debe condenar a toda la institución (a todos sus integrantes) por los actos de algunos de ellos.

La fuerza pública representa la protección hacía el orden, hacía la ley y, por lo tanto, si le decimos a nuestros niños que ellos son unos %&$¿!*, ¿qué respeto a la ley y a las instituciones van a tener ellos cuando crezcan?

Por lo mismo, no quise que el niño me escuchara discutir con su madre porque de niños solo les queremos creer a nuestros padres, nos duele cuando nos dicen mentiras y condenamos a los que les discuten porque ellos siempre tienen la razón. Incluso, en nuestra época de rebeldía, tenemos muy presente todo lo que dicen nuestros padres porque hay un inconsciente colectivo en el cual los papás representan autoridad, credibilidad, amor, etc.

No quiero decir que ahora todos debamos querer ciegamente a todos los policías y militares, pero sí es necesario que los niños sean educados respetando la ley y a quienes son designados para protegerla. Ese es el camino para que cuando se logre la paz ellos puedan prorrogarla infinitamente.

La imágenes que se vieron la semana pasada –y que se ven en cada marcha– en las cuales un puñado de vándalos irrespeta públicamente a la fuerza armada son el peor ejemplo que puede dar la ciudadanía a la niñez porque, aunque haya argumentos para protestar, en estos actos burlescos no se está exponiendo ninguno de ellos y sí se está enseñado que la autoridad, el orden público y la ley puede ser burlado, no por una persona, sino por cientos de desadaptados que creen que el derecho legítimo a la protesta les permite sobrepasar los límites de la ley. Lo más triste es que mientras otros intentan protestar con razones, los vándalos les destruyen sus motivos con piedra y spray (en otros casos con bombas).

Pero, ¿cómo respetarlos si maltratan gente? Claro, hay algunos militares y policías que no son capaces de asumir con responsabilidad y entereza el encargo que les ha hecho el país, pero por esta razón no se puede condenar a toda la institución. Lo digo porque, entre otras, a los abogados también nos pasa: nos estigmatizan.

Es decir, qué tal que porque tres costeños fueron encarcelados por robarse la plata de un contrato público nos pongamos a decir que todos los costeños son así o que, porque a algunos economistas y contadores se les dio por hacer operaciones bursátiles sin apegarse a las buenas costumbres comerciales, ahora todos los que ejercen esas profesiones son así.

A mí me consta que no y a ustedes también.

A los que han salido de Colombia, o a quienes han conocido extranjeros acá, ¿les gusta que les pregunten si venden droga por ser colombianos? No creo que la estigmatización sea la salida, más cuando se trata de una institución que la mayoría del tiempo está protegiéndonos y protegiendo el cabal cumplimiento de la constitución y la ley.

Será que por los padres y madres que golpean y abusan de sus hijos entonces todos los niños deberían estigmatizar cada uno a sus respectivos padres.

Claro que hay que denunciar los abusos de las autoridades y es cierto que los que hayan cometido estos abusos deben ser investigados y condenados, pero no hay que defender el irrespeto a la institución que se presentó en días pasados por el hecho de que algunos uniformados agredieron al pueblo, pues el irrespeto no se puede atacar con más irrespeto: éste se ataca con denuncias, argumentos y movilizaciones pacíficas porque, como dije alguna vez, la violencia es cíclica, cuando se cree que la venganza ha acabado con todo, algo queda y nace una nueva venganza en nuestra contra.

Para vivir en una sociedad más justa y equitativa es necesario que eduquemos a las nuevas generaciones con respeto a la ley y a la Constitución y no se les puede hacer pensar que las instituciones están en su contra porque de qué sirve luchar por la paz si quienes la van a disfrutar no son capaces de valorar el esfuerzo que por décadas se ha venido trabajando y lo van a despilfarrar todo porque no creen en lo que el país tiene para ellos.

No vivimos en una maravilla de país, eso lo deben saber los niños; pero tampoco podemos hacerles creer que vivir acá es una pesadilla. “Eso no nos lleva a ningún Pereira”.

Javier Prieto Tristancho

@japritri

 

Queridos boyacenses y colombianos:

 

 

Soy boyacense, adoro la tierra en la que nací y crecí, siento que en pocas regiones del país –y del mundo– las personas son fundamentadas con tantos valores como en la mayoría de ciudades de mi departamento, por eso estoy convencido de que nos merecemos lo mejor, por eso estoy irritado con la situación que vive Boyacá, no de ahora, desde que soy consciente de la forma en que se maltrata al boyacense, dentro y fuera del departamento.

 

Como muchos de mis coterráneos, he tenido la oportunidad de vivir en otros departamentos, lugares donde gran parte de las personas nos reciben con agrado, mientras otros intentan molestarnos con adjetivos que –piensan– son despectivos. ¿Alguno de ustedes recuerda haberle dicho a algún conocido “boyaco”, “campesino”, “papero”, etc? Yo sé que los boyacenses que están leyendo han escuchado algo así alguna vez en su vida. Yo lo he hecho y nunca me ha incomodado, pues no veo nada de malo en ninguno de los anteriores adjetivos, pero que a mí no me ofenda no significa que esté bien.

 

Lo que sí me molesta es que muchos traten de discriminar y calificarnos de alguna u otra forma solo porque para el país tenemos el estereotipo de inocentes, agrícolas (que hasta hace una semana muchos la escribían de forma despectiva), gente de pueblo y otros. Por esta razón me molesta aún más que ahora todos quieran “ponerse la ruana”, cuando antes ésta solo era un símbolo del supuesto atraso de mi región. Y entiéndanme, no estoy rechazando su apoyo, solo estoy furioso porque muchos se ponen la ruana no para generar paz y llevar a mi región soluciones, sino que se la ponen para destruir y ser violentos. Por esto quiero que los que salen a marchar y a los ‘cacerolazos’ sepan algunas cosas que tal vez ignoran.

 

Quiero decirles que los boyacenses no solo somos maltratados por el Esmad, también lo estamos siendo por las políticas de gobernantes instauradas cinco décadas (o más) atrás. Políticas que no son exclusivas de este Gobierno, sino que se han convertido en políticas de Estado que vienen implementándose presidente tras presidente y que, sumadas a las infames condiciones laborales que los latifundistas le ofrecen a los labriegos, hacen que los campesinos de Boyacá y de todo el país apenas sobrevivan.

 

Estas políticas han afectado el margen de ganancia de la producción agrícola y han hecho insostenibles los métodos clásicos de siembra, cultivo y recolección que practicaban los pequeños productores: los verdaderos campesinos. Así fue como muchos de éstos buscaron vender sus parcelas y terminaron trabajando para quienes les compraban, los que ahora no les pagan lo que es justo y se lucran explotándolos.

 

Es que, como en todo negocio, en el campo también hay ricos que, aunque no jueguen golf y no tengan oficinas y casas lujosas, la mayoría, están obsesionados con el poder y el dinero. Estos ‘ricos’ son dueños de cantidades inimaginables de tierra que cultivan utilizando a campesinos pagándoles menos del salario mínimo, generando pobreza y miseria en la población.

 

¿Ustedes nunca se han preguntado dónde está el dinero de las centrales mayoristas que distribuyen la comida que consumen todos los días? Si es cierto que el campo no es productivo, ¿cómo es que, por ejemplo, en Corabastos o en Paloquemao los intermediarios pueden pagar arriendos tan costosos, más los costos de transporte y producción de los alimentos? En alguna parte de la cadena se está quedando el dinero, pero no es en los bolsillos de los campesinos.

 

Por esto, las protestas de los verdaderos campesinos están más que justificadas y, es más, se habían demorado en hacerlas; sin embargo, no son ellos quienes voltean y queman buses, tampoco son los que rompen los vidrios de los carros. Los verdaderos campesinos protestan por sus derechos, pero cocinan para los policías (como se ha visto en fotos) porque para ellos la ley está por encima de cualquier interés privado.

 

Yo todo esto lo sé porque, a pesar de no ser campesino (mi familia hace dos generaciones dejó de serlo), viví rodeado de estas grandes personas y me considero amigo de algunos, por eso sé que brindan lo mejor de sí cada día, en cada trabajo, para cada persona. Gracias a lo que está pasando ahora, los campesinos han sido calificados como personas violentas que utilizan cualquier forma de lucha, pero no es así; y aunque esto sea visto con buena cara por la mayoría de las personas, en el futuro esta violencia solo traerá más estigmatización: porque los colombianos no tenemos memoria.

 

Por todo lo anterior, les pido los siguientes favores, sin importar si están dentro o fuera del departamento: les pido que si van a apoyar las legítimas propuestas de los campesinos, lo hagan por las razones adecuadas y no se dejen llevar por lo que imponen quienes han utilizado al campesinado con sueldos ínfimos o por quienes quieren sacar un provecho político de los reclamos de una población marginada. Si esto fuera culpa exclusiva de este Gobierno, significaría que antes vivíamos en un país donde ningún campesino vivía con lo mínimo y no es así.

 

Les pido que si van a protestar, si van a sacar el sartén y la cuchara, rechacen cualquier tipo de violencia; no solo porque le cause daño a las ciudades y a las personas, sino también porque sería incoherente salir a manifestarse a favor de los campesinos empleando métodos que ellos no utilizarían.

 

Si alguien del Esmad y de cualquier otra fuerza pública está leyendo esto, les digo que espero que su poder no sea superior a su labor, que respeten a un pueblo que se ha unido para luchar por sus derechos; también les pido que identifiquen a quienes se están aprovechando de los intereses reales de la protesta para crear desorden, para que los obliguen a respetar el derecho a la manifestación pacífica, siempre respetando su integridad. (¿Será ingenuo?)

 

A quienes están bloqueando las vías de Boyacá y de cualquier otro departamento, les pido que lo dejen de hacer, la falta de comida y de seguridad ha dejado de ser tolerable hace varios días y esto está generando efectos contrarios a los esperados, se está retrasando la negociación y en algún momento, cuando el hambre sea más fuerte que la conciencia, muy seguramente los que están bloqueando las carreteras serán “los malos del paseo”.

 

Hay muchas más cosas que quisiera decirles, pero no quiero distraer su atención en cosas que se solucionarán en el camino. Por ahora creo que es suficiente con decirles que, como boyacense, les agradezco por su apoyo a la causa de mis coterráneos y por sentirla propia, como yo lo hago hace años. Espero que ustedes, que dicen sufrir estas injusticias como suyas, sigan apoyando los intereses del campesinado en unos meses y años cuando sigan sufriendo las consecuencias de esta economía, que a pesar de que se logre algún acuerdo en estos días, estos se demorarán en remediar decenas de años. Espero que sea menos tiempo del que se maltrató a los campesinos.

 

Les pido, por favor, que sigan con la ruana puesta, no solo porque les queda muy bien, sino porque el agro necesita de ustedes, de que presionemos no solo al Gobierno de turno, sino a los que explotan a los labriegos para hacer su negocio lucrativo mientras sus trabajadores pasan hambre.

 

Respetuosamente,

 

 

Javier Prieto

@japritri

 

 

Posdata 1: Espero que si usted es de esas personas que solo comentó y protestó durante estos días de paro porque estaba de moda, le haya quedado gustando leer noticias, comentarlas y criticarlas; pero, sobretodo, espero que se atreva a hacer el ejercicio de votar en las elecciones del año que viene (y en todas) porque, por más que usted llene su Facebook y su Twitter con comentarios llenos de furia, éstos no hacen la diferencia en las decisiones que se toman para la dirección de un país.

 

Posdata 2: También me gustaría que dejaran de pensar mal de los boyacenses, porque estoy seguro de que si algo les habrá enseñado esta experiencia, es que todos somos colombianos y tenemos que luchar por lo que nos pertenece en conjunto, eso sí, teniendo en cuenta que las grandes reivindicaciones se generan con ideas, no con violencia.

El paro está totalmente justificado. El Gobierno se comprometió con ciertos gremios y no les está cumpliendo a todos. Los compromisos y las cifras se pueden encontrar en internet y los resume Aurelio Suárez en la columna publicada en El Tiempo (http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/aureliosurezmontoya/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12926383.html), que invito a leer.

 

La verdad es que cualquiera estaría furioso si le incumplen un acuerdo, más si en éste está implícito nuestro sustento, nuestro negocio y las condiciones mínimas de supervivencia. Eso pasa con la mayoría de agricultores, sus negocios no están siendo rentables (en parte por las prebendas entregadas a los importadores) y el Gobierno trató de calmarlos con subsidios. El problema es que no hay dinero para tanta gente y, por lo tanto, es imposible cumplir, problema que se agrava porque los agricultores tampoco tienen muchas ganas de pelear por políticas de fondo, pues hace meses cesaron el paro cuando el Gobierno ofreció subsidios mas no soluciones de fondo.

 

Es evidente que el Gobierno actuó a la ligera e intentó calmar a los gremios con dinero, pero el dinero se acaba muy rápido, tanto que ya no le alcanza a los cafeteros, cebolleros, muleros, etc., personas que hace unas décadas derrochaban –palabra muy uribista por estos días– pensando que nunca llegarían las vacas flacas. 

 

A pesar de que el paro esté justificado, y es claro que el Gobierno se apresuró en ofrecer tanto subsidio, este escrito no tiene como fin decir lo que muy acuciosamente han dicho personas como Aurelio Suárez, quienes nos ilustran con las cifras del descontento, de quienes sí tienen razón para parar.

 

Es que estoy seguro que quienes tienen las razones para parar no son los mismos que andan armando y botando papas bomba por ahí, tampoco son los mismos que dañan los vidrios de los carros y dicen que quieren que Uribe vuelva. Esto solo le está quitando fuerza al paro, pues si algo es claro en esta huelga es que el Gobierno Santos no va a negociar con políticos que quieren aprovecharse del hambre de la gente.

Esto es pura y dura politiquería. La ultra derecha está abusando de la falta de memoria de las personas y está culpando al gobierno de turno por el resultado de políticas que vienen de hace dos décadas y que se incrementaron durante el Gobierno Uribe por el afán de éste en llegar a acuerdos comerciales internacionales sin prever las consecuencias económicas al interior del país.

Adicionalmente, la hipocresía de la extrema derecha llega hasta tal punto que hace unas semanas decían que los subsidios eran solo “derroche” y ahora pelean para que sean pagados. Alientan a la gente a sublevarse contra las fuerzas legítimas del país, a las mismas que constantemente contactan para que éstas se subleven contra el Gobierno Santos.

Le insisten en pelear al pueblo por los abusos de la fuerza pública (que muy seguramente se dan) mientras su candidato a la presidencia acabaría con todos los manifestantes con una pistola eléctrica, personalmente. En serio, ¡tenemos tan poca memoria?

Las cosas serían diferentes si detrás de quienes protestan no estuviera alguien dirigiéndolos y motivándolos por los motivos equivocados, más si quienes motivan ahora reprochaban con anterioridad. Pareciera que para algunos la lógica va hasta donde ésta se encuentra con el poder y al poder las arengas no les basta, hay que recurrir a la violencia.

Espero que, más temprano que tarde, los gremios se hagan los de los oídos sordos a las palabras de los necios que los quieren manipular, para que así puedan negociar con el Gobierno en mejores condiciones: sin trancar vías, sin romper vidrios y explotar bombas; sin la presión de la mentira y la hipocresía destruyendo sus ideas y bombardeando sus derechos.

 

Añadidura:

-Siento algo de hipocresía de parte de la izquierda, quienes no reprueban el apoyo malintencionado de la ultraderecha, que fue parte del problema, y ahora, ven esto como una opción de conseguir votos para que Pacho Santos se mude a la Casa de Nariño.

-Hace unos días se cumplió un año más del asesinato de Luis Carlos Galán. De las cosas que más me duele de su muerte es que personas como Roy Barreras y Juan Lozano lo invoquen cada vez que politiquean por ahí. Según ellos, las ideas de Galán siguen vivas en ellos. Si Galán era tan bueno, su espíritu debe tener tanta ira que ni leyendo los poemas de Barreras se calmaría.

Es difícil creerlo pero hay personas a las que les asusta la paz. No sé si es porque nunca la han vivido ––yo tampoco, pero estoy dispuesto a correr el riesgo–– o si es porque se les acaba el negocio. Lo cierto es que hay personas a quienes no les resulta en gracia la idea de la salida negociada al conflicto y, por eso, andan criticando cualquier esfuerzo que algunos tratan de hacer.

¿Cuál es el problema? ¿Acaso es que a algunas personas les resulta la guerra un negocio inmensamente lucrativo y, a otros, una forma de promover lo que para ellos es políticamente correcto? El problema, sin duda, es que la guerra es una burbuja en la que hemos vivido los colombianos desde hace muchísimos años y, por esta razón, hay cientos que han sacado provecho de la misma: el fin de la violencia generaría que muchos salieran de su zona de confort, del statu quo.

No obstante somos más a quienes nos ha perjudicado el conflicto y, directa o indirectamente, hemos sufrido la sangre de las balas y el caos que producen las bombas. Por eso, todos nosotros ––los que hemos perdido poco o mucho–– debemos estar unidos en contra de quienes ven la guerra como una puerta abierta al éxito, a la riqueza y al poder.

En Colombia estamos viviendo una coyuntura crucial y definitiva en que debemos elegir entre seguir llorando a las víctimas del conflicto o intentar buscar en qué gastar nuestras lagrimas, estoy seguro que hay miles de razones más para llorar. Infinidad de motivos para sufrir que no sean producto de la prematura muerte de los seres queridos 

No será fácil, tampoco será rápido, pero, al final, nunca se termina un partido si nunca se empieza a jugarlo, siempre valdrá la pena intentarlo si es posible conseguirlo. Y es posible: yo creo en la paz, porque nada bueno me ha traído la guerra; el que no cree en ella es porque está enceguecido por los beneficios de la violencia y el que no cree intentará convencernos de que la paz no es alcanzable, que el único camino es la muerte y la venganza.

Esos, los que no creen, harán hasta lo imposible por persuadirnos, porque para ellos está en juego su riqueza, el poder. Ahora, que se aproximan las elecciones, seremos llamados por estos incrédulos para continuar apostándole a las armas, al conflicto y a la muerte. Nos dirán que no es posible, que el único camino es la venganza, que va a haber impunidad, que Santos solo quiere el Nobel.

¿Venganza? A caso contra quiénes peleamos, contra quienes mataron a nuestros abuelos, padres, primos o tíos; no será mejor hacer la paz con quienes pueden llegar a matar a nuestros hijos o nietos. La guerra es un círculo vicioso que solo tiene un final: la muerte, pero siempre habrá a quien matar y el final es solo el comienzo.

¿Impunidad? Si no somos capaces de perdonar, ni la cárcel, la extradición o la pena de muerte podrán curar nuestras heridas. Claro que deben pagar por lo que han hecho, claro que merecen castigo, pero en algún momento se deberán hacer estas concesiones por los errores del pasado. Alguna generación de este país tendrá que hacerlo (la de hoy o la que esté acá en cien años) y podemos ser nosotros los que tomemos el riesgo, no solo por las nuevas generaciones, sino también por la nuestra. La guerra solo traerá más guerra, es un círculo vicioso.

¿El Nobel? Pues si lo logra, si la paz del país la alcanzamos, en parte, gracias su esfuerzo podría ser un premio merecido ––si consideran el Nobel algo importante––. Por qué usted o yo tendríamos algún problema con que a él le dieran el premio, ¿acaso usted aspira al Nobel? Yo no, ni al de la paz, tampoco al de literatura (si es que llego a escribir algo medianamente bueno): no estoy de acuerdo con hacer las cosas para ser premiado o reconocido, pero no tengo nada en contra de quienes lo hacen, si lo hacen bien. Entonces, si así lo hiciera, si llegáramos a la paz por el capricho personal de ser premiado con el Nobel, ¿qué problema habría? Si este fuera el motivo yo le perdonaría su arrogancia y le pediría a ese montón de suecos que le den dos o tres premios más (el de física y química si se puede) y que inviten a Uribe a las ceremonias.

Debemos darnos la oportunidad de creer y de olvidarnos de quienes por siglos han querido que vivamos matándonos y, por un tiempo, pensar que es posible construir las bases del sueño de millones: del futuro. 

Sí, soy optimista, pero, con toda seguridad, no lo sería si no fuera posible: si no creyera en la paz.

 

 

Javier Prieto Tristancho

@japritri


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