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Sábado, 14 Noviembre 2015 22:33

Cecilia López

#Radio Escúchanos esta semana con Cecilia López, Lorena Castañeda, Tatiana Dangond, Jorge Torres Dirige Alberto Diaz

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Martes, 02 Diciembre 2014 08:29

Burbuja VIP, la abstracción de las élites

 

Por: Juan Camilo Parra

Gritos de élites que quieren mantener el estatus quo de la división de clases en la sociedad Colombiana, así considero que son los llamados a no construir Vivienda de Interés Prioritario en los estratos seis de Bogotá. Los grandes avances, necesarios incluso para el postconflicto, en cuanto a reconciliación nacional, equidad y justicia se refieren, se lograrán cuando podamos tener urbes que integren todos los sectores bajo mínimos de calidad de vida.

Ahora bien, así como es imperante la construcción de equipamientos urbanos de calidad, “de estrato 6” para los estratos más bajos, y ello no es visto negativamente por la sociedad, considero un acto de cinismo que, al llevar actores sociales menos favorecidos por cuenta del conflicto armado a estos sectores, y con el objetivo de construir una Bogotá más equitativa y justa, se tilde esta medida de populista. Las víctimas del conflicto, que son quienes habitarán las viviendas deben entonces ser recibidas en procesos articulados entre la empresa privada, los ciudadanos y el Estado.

La renovación urbana, y más importante aún, los impactos de ésta en la construcción de un país que tenga a la justicia entre sus pilares de desarrollo tiene que entender, y este es un mensaje no sólo para las administraciones públicas sino también  para las élites y los privados, que la paz se construirá sólo cuando entendamos que la tolerancia y la sana convivencia no se fundamentan en entender que los ricos viven al norte y los pobres al sur, sino que todos, independientemente del ingreso económico puede tener la capacidad de vivir en cualquier lugar, y que todos estos deben tener los derechos fundamentales de vida asegurados.

Así pues, el clasismo y esta lucha de clases es absurda, en la medida en que solamente juntas, las diferentes clases pueden salir de este abrumador panorama que es la división de la sociedad Colombiana. Es tiempo de acabar con la separación de clases  amparada por la ley, construir ciudades con el Apartheid como fundamento no tiene sentido, la estratificación debería  tener sus días contados. Hay que apostarle a estratos familiares más no sectoriales.

Esta es, pues,  una invitación a la reflexión, no se puede tildar toda política que provenga de la Bogotá Humana como populista o improvisada. El sectarismo y los intereses electorales están nublando la visión de amplios sectores sociales y políticos, que ven en una simple pero destructiva oposición terca, la solución a los problemas de Bogotá. Por lo tanto, y siendo coherente, hay que revisar ciertas partes de esta política de vivienda, en cuanto se necesita establecer infraestructura adecuada para estas familias, con accesibilidad económica, además de instituciones educativas públicas. Integración social no significa sencillamente ubicar las familias en estrato 6, pero tampoco negar el debate y la construcción de políticas que apuntan a una configuración urbana más justa y además señalarlas de populistas.

T. @PJuancamilo

 

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Viernes, 13 Junio 2014 08:21

Lo que tenemos que elegir

 

Contraposiciones, eso es lo evidente por parte de los candidatos. Promesas y propuestas nos dan a conocer en medio de un debate que termina siendo un show. La búsqueda de la paz que ni siquiera hay entre los candidatos. Economía, seguridad y salud, son los principales temas para “alcanzar” una calidad en cada uno de estos aspectos.

Zuluaga quiere ser el presidente de los jóvenes y es chistoso, porque lo evidente es que muchos de nosotros no votaremos por él y sobre todo, nos genera un gran inconformismo. Afirma que no hay una política agropecuaria. Quiere perfeccionar los tratados de libre comercio que ya han hecho y que más bien, ya han afectado a millones de campesinos y a la industria Colombiana. ¿Qué quiere perfeccionar?

Los dos quieren paz. La paz, nace desde cada persona ¿Cómo puede vivir en paz una persona que no ama lo que hace? Alguien que lucha para llegar a tiempo en medio de un inmenso caos, que corre al compás de un reloj, quien vive esperando un fin de semana para olvidar por dos días lo que odia hacer. Eso no es paz y tampoco es paz negociaciones que nunca han dado resultados efectivos.

La seguridad, “se ha retrocedido en seguridad ciudadana porque se pierden jóvenes”. Jóvenes que se están perdiendo en las filas del ejército, prestando un servicio militar obligatorio. Prometen generar empleo, ójala estos empleos sean bien pagos, un mínimo que permita cubrir necesidades básicas. Una salud digna, donde no debamos pedir citas con meses de anticipación para que nos receten acetaminofén.

Lo cierto es que Colombia quiere y necesita un buen presidente, alguien que ejerza su poder de la mejor manera posible. El cual brinde empleos con salarios y condiciones dignas. Paz, una economía buena y estable. Excelente servicio de salud, buena educación y sobre todo, igualdad.

@VickyCa27

 

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Martes, 03 Diciembre 2013 11:38

La primavera colombiana

Cuando el presidente Rafael Correa dice que “no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época”, aparecen reflexiones de todo tipo sobre lo que actualmente sucede en el mundo. Lo que es claro ya, es que el tan anunciado fin de la historia y flagrante triunfo del libre mercado, como consecuencia del entierro de las ideologías, al menos, se postergó.

Aunque, en Colombia se ha hablado del fin del fin y se han cambiado los adjetivos para ubicar los distintos momentos de la guerra, lo que es cierto es que la deuda social del Estado colombiano es enorme y la rabia colectiva tiene un ascenso sin precedentes en las últimas décadas, lo que abre nuevamente debates y perspectivas políticas que cuestionan la esencia misma del modelo de la economía y del Estado.

Esta primavera de indignación, que hoy vive Colombia, deviene de un otoño bastante frío y desolado. El referente más importante de movilización social urbana en el país durante el siglo XX fue, sin duda, el Paro Cívico del 77, el cual fue sucedido por unos años 80 con movilización campesina significativa, pero con una coyuntura marcada por los procesos de paz que dieron paso a la aparición de nuevas expresiones políticas con un gran ascenso en el tema electoral, lo cual derivó en un exterminio cruel que llevó al genocidio político de algunas de esas expresiones, entre ellas, la siempre célebre Unión Patriótica. La entrada de los 90 llega con el fantasma de un plan de exterminio no concluido y con el discurso del fin de la historia, que conjugados, sirvieron para silenciar las voces disidentes, mientras se daban las primeras pinceladas de neoliberalismo a través de la ley 30, la ley 100, etc.

Sin embargo, dicen en estas tierras que no hay mal que dure cien años. Así, como ese cuerpo que no lo resiste, empezaron a brotar las semillas regadas de una nueva primavera de indignados criollos. Con precedentes en el paro agrario de 2007, el paro de los corteros en 2008, la minga indígena, el paro judicial; y, un punto de llegada bien importante en ese caminar, que es el paro nacional universitario de 2011 convocado por la MANE. No obstante, la síntesis de las rebeldías fue planteada por los campesinos, quienes con esas ruanas y esos azadones rebeldes le devolvieron a Colombia durante el 2013 su arraigo rural, le reconstruyeron su memoria histórica y recordaron que somos hijos del campo despojado que hoy se tiene que recuperar para hablar de paz y de la posibilidad misma de sobrevivir.

Está próximo a cerrar un 2013 repleto de enormes movilizaciones, donde en la actualidad se encuentran en las calles esas batas blancas que antes miraban transeúntes protestar desde la tranquilidad de sus consultorios que hoy también se ven en riesgo; con el ambiente de un tal pacto agrario que no existe y los campesinos de la MIA, el CNA, las Dignidades, entre otros, reposicionando el debate sobre el desarrollo rural del país. Sin embargo, deja también este año, abierta la coyuntura de un 2014 empantanado por un panorama electoral incierto.

No obstante, sin jugar a la futurulogía, hay que decir, que esos torrentes de indignación que en 2013 colmaron carreteras y avenidas en todos los departamentos del país, están terminando de arar un proyecto estratégico de país que reboza cualquier coyuntura electoral y tiene una perspectiva de ser gobierno y de ser poder, como único camino posible para resolver sus más sentidos problemas. En el 2014, sin lugar a dudas, volverán a las calles, escenario natural de una disputa política que, solo allí, puede darse entre iguales.

(…)

Luis Fernando Vega Lugo

@FernandoVeLu

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Lunes, 24 Septiembre 2012 12:57

¡Ni una narconovela más!

“El Capo”, “El cartel de los Sapos”, “La Reina del Sur”, “Pablo, El Patrón del Mal”, entre otras novelas del narcotráfico o como se les denomina ahora narconovelas, bautizando un género que pareciera que apenas nace, se han convertido en la apología a los antivalores y el delito. Sin embargo, la audiencia nunca les falta aduciendo que hacen parte de la documentación de la historia y que como tal hay que verlas y reconocerlas, sí es así bienvenida sea la novela de Jaime Garzón y que se llame “Entre el humor y la impunidad”.

Las narconovelas, como subgénero de la novela, abarcan un problema que ha venido tomando escalas globales como lo es el narcotráfico y todas las dinámicas que con este fenómeno conviven como lo son la prostitución, el sicariato y la corrupción. Novelas literarias como “Sin tetas no hay paraíso”, “Rosario tijeras” y “La Virgen de los Sicarios” pasaron de la prosa a las pantallas de televisión bajo el argumento que las inspiró: hacer parte de la documentación de nuestra cruenta historia. Y en ese orden es comprensible. Sin embargo, la creciente afluencia de narconovelas lejos de ser instrumento de memoria histórica es cada día una herramienta mucho más eficiente a la hora de reforzar antivalores tales como el odio, la mentira y el facilismo.

En estas novelas el capo, el patrón o el narco (cuando no es la prostituta o el sicario) es el protagonista y su historia se basa en una cadena de eventos marcados como trascendentales, dignos de ser recordados al detalle, en la que el papel del héroe lo juega a la perfección saliendo de su rol de víctima para dominar a la sociedad que en un pasado lo habría condenado a la pobreza y al sufrimiento. Como novela no es su papel mostrar una moraleja, sin embargo tampoco es su papel mostrar a estos actores sociales de nuestra guerra como modelos a seguir que siempre ganan, que obtienen sin ninguna consecuencia, rápidamente lo que desean, que gozan en cierta forma de aceptación y prestigio social, que detentan poder y que es imposible enfrentárseles.

Un primer mensaje que queda claro es que es deseable ser un capo. Como capo se vive una vida corta pero llena de lujos, sexo y excesos todo esto conseguido rápidamente y con la adrenalina siempre al máximo, lo que dentro de nuestra sociedad puede ser bien traducido como “felicidad”. Un segundo mensaje es que si va a prestar sus servicios como verdugo o asesino es mejor ofertarlos al mejor postor y no es precisamente al Estado siendo un soldado o un policía, pura cuestión de oferta y demanda. Una tercera lección nos la enseña esta vez la ex primera dama de Panamá quien hace uno días trinó: “por gusto cualquier esfuerzo individual o colectivo contra la violencia…mientras se promueva narco novelas”, “narcotráfico gratis, adentro de miles de hogares… jóvenes y niños expuestos…después nos quejamos #failpabloescobar”. Esta última lección que probablemente no tiene clara la audiencia del Capo va acompañada de la pregunta ¿por qué si queremos documentar la historia del narcotráfico en nuestro país no sacamos una novela donde Luis Carlos Galán es el protagonista?

En un pueblo sin educación este tipo de emisiones no son aborrecidas sino admiradas y enaltecidas. Yo no sintonizo, ni sintonizaré una narconovela pero aun sin verlas no me aguanto ni una narconovela más.

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