Sábado, 15 Junio 2019

¿Arte o Cultura?

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La música, el arte de las musas, la combinación lógica y sensible de sonidos y silencios en melodías, armonías y ritmos. La música pariente cercana de la poesía y la danza, de la razón y el deseo. La música como expresión humana y sus conexiones interminables e ilimitables con la voz, con el cuerpo, con la madera, con el viento… ¡La música! ¡Que difícil hablar de la música!

Evadiendo la responsabilidad de escoger un artista, un grupo, un escenario o un evento que bien pudieran dar cuenta de lo que es o encierra la música, hoy no critico y me dedico a pedir tres hurras por las músicas. Y digo las músicas porque son muchas las formas, las lógicas y las sensibilidades que organizan sonidos y silencios y hoy defiendo su derecho legítimo de existir y sonar. 

Como si los efectos propios de los procesos de modernización y expansión de capitalismo a nivel mundial no se hubieran agotado en la colonización y la dominación de los espacios de producción del poder y el saber, una mirada reflexiva a la música nos repite y confirma que la colonización también impactó profundamente al ser, a los sujetos y sus oídos, a sus cuerpos, sus sentires y sus bailares. Y como todos los procesos de colonización, estos impactos perduran como la cara oculta de nuestras modernidades a medio hacer.

A pesar de reflexiones y peleas que parecieran hoy superadas, aún sigue vigente ese contraste odioso entre música “culta” y músicas “incultas”. Ritmos, tonalidades y letras que en un lenguaje “políticamente correcto” suelen llamar músicas populares, folclóricas o tradicionales, se han instituido como músicas condenadas a una inferioridad jerarquizada a la luz de la raza/etnia y la clase social. Lamentablemente, es innegable/inimaginable la asociación de lo popular, lo folclórico y lo tradicional (sobre todo en América Latina) con lo indígena, lo afro, lo campesino, lo pobre, lo ordinario, lo bárbaro… En antaño, mientras que la música culta ocupaba los grandes teatros y plazas públicas, las otras músicas ocupaban espacios en la parcela, la chagra, el socavón, el río; con el pasar del tiempo unas son exclusivas para las grandes arenas públicas a elevados costos mientras que otras suenan por las cadenas radiales más sintonizadas, en los buses, en las calles (músicas de la cultura de masas) o se han sumado a la industria musical propia del multiculturalismo neoliberal como nuevas músicas folclóricas… 

Que vivan entonces Beethoven y Bach, Van Halen y Dio, Lavoe y Celia Cruz, pero también los cientos dedicados al Hip-Hop, al Ska y el Reguetón. Que vivan las marimbas del pacífico, las chacareras del cono sur y las sayas afroandinas, pero también las composiciones electrónicas, los pies que cantan zarzuelas y los vientos que soplan Tibet. ¡Que vivan las músicas y que las dejen sonar! En últimas, con que no se le haga daño real a nadie (objetivo que nunca ha sido propósito reconocido de las músicas, por lo menos de las mayorías), que cada quien baile por lo que quiera bailar, que cada quien cante por lo que quiera cantar. Yo he optado por quedarme con los motivos de Benedetti: “cantamos porque el grito no es bastante/ y no es bastante el llanto ni la bronca/ cantamos porque creemos en la gente/  y porque venceremos la derrota”. Seguiremos cantando.

T. @PaoBogota

 

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Paola Bogota

Nación en la ciudad de Bogotá con énfasis en comunicación y conflicto de la Universidad Santo Tomás. Soñadora, Extrovertida. Perseverante, práctica y decidida. 

www.facebook.com/PaoBgTa

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