Miércoles, 11 Diciembre 2019

Para hacer la paz.

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Esta resaca electoral no deja un panorama feo, pero fácil de comprender: el país está polarizado. Como lo había explicado en mi primera entrega, somos un electorado de hinchas y no de votantes[1], lo cual hace que nuestras prácticas democráticas dejen más sabor a circo que a algo sobrio. Se puede ver en las redes sociales cómo los derrotados en los pasados comicios siguen reticentes a la idea de haber perdido, aún cuando los jefes de sus toldas ya aceptaron la derrota.

Estamos en medio de dardos cruzados; digo estamos, porque somos muchos los que no sabemos qué hacer y a quién hay que apoyar; los que no sabemos si volvernos fanáticos de uno o de otro bando. Nos limitamos simplemente a observar cómo, paradójicamente, todos los que quieren la paz no la practican entre ellos mismos. Unos dicen: 

-Es que su candidato ganó, porque se fue con la izquierda castro-chavista del país, uniéndose a los mamerto-comunistas de esos grupos. Terroristas. La paz con los terroristas no es mi paz.        

Los otros no se quedan callados y responden enervados:

-Acá queremos es la paz, no queremos la godarria en el poder. Su argumento guerrerista no es válido.Pequeñoburgués, guerrerista, parami…

… y así se la pasan mis paisanos, en este rifi-rafe desde la oficina, la clase o la casa.

Que esto pase no es nuevo. De hecho pasa todo el tiempo y ha pasado toda la vida con los colombianos. Por tanto, se hace aquí evidente uno de los grandes problemas que el colombiano promedio deja ver en sus prácticas cotidianas: siempre quiere tener la razón, no importa cómo ni por qué.

El colombiano odia que se le cuestione lo que dice, le causa un escozor inmenso. Quiere siempre tener la última palabra, por más errado que esté y así se haya dado cuenta de ello; quiere que se haga siempre lo que él diga y el que se niegue, automáticamente es su rival. Veo esto y me siento como en la época de las cruzadas, cuando los Cruzados se enfrentaban cruelmente contra los Sarracenos de Saladino (y ni siquiera, porque el monarca de los Sarracenos era venerable por respetar la vida de sus rivales, aun cuando ya los hubiese derrotado).

Por ganar la batalla de la opinión, se ha vuelto válido que se lancen acusaciones insulsas, llenas de falacias poco medidas, ofensivas a más no poder. Tal parece que se nos ha enseñado no sólo a pelear, sino a buscar sumir al rival en la peor de las ignominias y los desprestigios… y todo por tener la razón, por negarse a agachar la cabeza de cuando en cuando para llegar a un acuerdo.        

El Conflicto Armado y sus negociaciones en La Habana ya han mostrado avances y pre-acuerdos, al menos sobre el papel. Una de las mitades del país votó por esa alternativa, al tiempo que la otra reniega porque, a su modo de ver, “esa paz no es mi paz”. Yo pienso en la paz, como el concepto que ha definido el diccionario de la RAE, entre tantos: Sosiego y buena correspondencia de unas personas con otras, especialmente en las familias, en contraposición a las disensiones, riñas y pleitos.

En lugar de andar peleando por tener la razón y por saber cual es “la paz” que se quiere, opino que debemos declarar la paz que sí podemos dar: la paz de ceder el paso, la paz al medio ambiente no botando basura y guardando el papel en el bolsillo, la paz de no continuar una pelea, la paz de respetar el trabajo del otro. Y esto no es una cuestión de firmar acuerdos; es algo de sentido común que le hace falta, la mayoría de las veces, a los habitantes de este país.

Para hacer la paz indudablemente hay que ceder y ceder sirve, muchas veces, para hacer la vida un poco más soportable.

Epitafio:

Yace el cadáver del libre albedrío colombiano; en su persecución desmedida, prefirió suicidarse cuando supo que no habían más opciones, aparte del sida o el cáncer.

 

T. @ElSepulturero_

 


[1] Lea aquí por qué http://www.palabrassociales.org/index.php/item/372-ya-va-a-empezar-el-mundial-y-aun-no-tengo-el-album#.U6AtgT15OSo

 

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El Sepulturero

 

La cédula dice que se llama Funesto Mármol Hoyos. Heredó el oficio de su padre y ha vivido en el cementerio toda la vida. Las verdades políticas, deportivas, históricas y educativas son un constante profanar tumbas; él lo entiende bien y sabe que para poder hablar con la verdad, probablemente haya que desenterrarla de alguna fosa. Por eso nunca le pareció extraño el título de la película Ese muerto está muy vivo, porque acá los muertos hablan, votan, cobran pensiones y viven mejor que muchos.

 

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