Jueves, 27 Febrero 2020

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El legado del general Santander

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La discusión sobre el mito fundacional de nuestro país pareciese estar abierta. Quizá el debate, incluso, sobre la existencia nuestra como nación, en el concepto original de la palabra, lo está. Francia encuentra su mito fundacional en la revolución de 1789, Inglaterra en la Revolución Gloriosa  de 1688 o los Estados Unidos en su declaración de independencia del Imperio Británico en 1776. Todos ellos encuentran allí sus “héroes” (casi nunca heroínas), como también los argentinos en San Martín, los uruguayos en Artigas o los cubanos en Martí.

En nuestro país hay apenas héroes inofensivos y heroínas convertidas en simples “acompañantes” de gloriosas gestas militares. Se dice inofensivos porque son desdibujados por completo de su carácter político y casi nunca son presentados en la dimensión histórica que correspondió a sus triunfos, debates y traiciones; mientras ellas, en el relato machista, son presentadas únicamente ligadas a anécdotas propias de un extraño romanticismo de la guerra. Esa es la historia que se enseña en primaria y secundaria y, también, la que se rescata en los museos en los que se destacan las partidas de naipe o las aventuras pasionales, la misma historia que no explica la independencia de Colombia desde el rechazo al saqueo y la explotación, sino desde la caída de un florero. Por allí empieza la disertación sobre el mito fundacional de Colombia.

Ahora bien, esa historia mal o no contada, se relata de tal forma en función de alguien. Siempre han existido ganadores y perdedores y bien es sabido que los primeros son los que dejan los relatos para las generaciones venideras. Lo mismo pasa acá. Quienes en su momento salieron airosos, hoy son los mismos que han contado esa historia de a pedazos. Las enormes diferencias políticas entre El Libertador Bolívar y el General Santander, van más allá de pensar que uno es el padre del conservatismo y el otro del liberalismo, pues lo que se puede hallar al hacer una lectura un poco menos lineal de la historia es que ambos partidos tradiciones son fundados por grandes amigos de Santander.

Sin muchas explicaciones históricas, hay que entender que el debate entre Bolívar y Santander no era simplemente un debate entre el militarismo y el civilismo, sino que fue una disputa entre concepciones diferenciadas de la independencia, no en vano algunos también de carácter “militarista” dentro del santanderismo orquestaron sublevaciones en contra de Bolívar y, posteriormente, dieron muerte a quienes recogieron su legado, como lo ilustra el asesinato orquestado por José María Obando al Mariscal Sucre.

Sin embargo, el debate no pertenece exclusivamente a la historiografía, es aún más cotidiano. Éste puede partir por pensar la idiosincrasia colombiana a la luz de nuestra realidad política. Idiosincrasia, por principio leguleya como Santander, anclada a la norma, para cumplirla sin sentido y en público y para desobedecerla por avaricia y en privado. Ese es el legado de Santander, el legado de la promesa nunca cumplida de que las leyes traerían la libertad, porque lo que orquestaron de ellas Santander y sus secuaces, fue la disolución de la Gran Colombia y, con ello, la consolidación de los nuevos verdugos, los mismos que abrirían las puertas para convertir las nacientes y pequeñísimas repúblicas en neo colonias de imperios ya advertidos por Bolívar.

Colombia es hoy un país cundido de abogados con título y sin título, donde “hecha la ley, hecha la trampa”, en el que la justicia cojea y no llega; es además una sociedad que pretende resolver todos sus problemas por medio de leyes mal hechas, no por nada se encuentra gobernada por un digno representante del santanderismo como Juan Manuel Santos, quien recoge casi que de manera ortodoxa los “méritos” del general Santander.

La institución más desprestigiada del país, el Congreso de la República, curiosamente en la que se hacen las leyes, produce más de cien normas por año. Ni hablar también de la corrupción en la administración de justicia o del carrusel de los magistrados. Pero, probablemente, lo más particular de todo ese santanderismo, está en el entierro de la “presunción de inocencia”, orquestado por medios de comunicación promotores del populismo punitivo, del ejercicio de la política a través del código penal y de versiones unilaterales del conflicto armado.

Así las cosas, recomponer hoy Colombia pasa por reconstruir su idiosincrasia, ligada profundamente a su manera de entender la historia, el fetiche por la legalidad y el culto a la traición. Repensar un orden de cosas, ligado a lo legítimo por encima de lo legal hace parte de una discusión que atraviesa todas y cada una de las esferas de nuestra cultura y vida propias como sociedad.

Bien dice Fernando González que “el Libertador no fue ni puede ser héroe nacional, sino continental”. Por allí habría que empezar el ejercicio.

@FernandoVeLu

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Fernando Vega Lugo

Actualmente en proceso de grado de jurisprudencia en la Universidad del Rosario y estudiante de Ciencia Política y Gobierno en la misma universidad. Activista de la MANE, miembro de la FEU-Colombia y de la Marcha Patriótica. 

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