Miércoles, 11 Diciembre 2019

Cuidado en Unicentro

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Una mujer se me acercó extrañamente hace unos días. Puedo decir que era una señorita atractiva, caminaba sin afán pero con pasos definidos, seguros. Su piel más que bronceada parecía quemada, como si el sol no le tuviera piedad, pero no se le veía mal… sus ojos eran negros y miraban justo a los míos, creo que nadie en la vida me había mirado con tanta decisión, puedo decir: con ganas.

“Hola”, no podía creer que me hubiera hablado, tengo una belleza rara (rara vez le gusto a alguien) y tampoco voy presumiendo riqueza, porque no la tengo. En resumen, ninguna mujer me había atacado así, nunca, ni las que dan volantes en la calle. De inmediato sospeché: esta vieja me va a drogar, algo raro me va a decir para que acepte y se lleve todo lo -poco- que tengo en mi billetera, pensé.

“Hola”, le respondí de forma seria. “¿Cómo vas?”, preguntó. “Bien ¿y tú?”, respondí, pero ya este episodio estaba tan extraño que llegué a pensar que la había conocido en una borrachera y no me acordaba. “Bien, quería pedirte un favor”. Claro, plata, pensé. “Cuéntame, ¿qué sería?”, dije y me preparé para negarme a cualquier cosa, a cualquiera.

“¿Me puede regalar una firma?”, me dijo bajándose la cremallera del chaleco para sacar una planilla y de inmediato fruncí el ceño. Las tres rayas de mi frente nunca estuvieron tan marcadas como cuando supe qué era lo que quería; la imagen fue horrorosa, mi prudencia no me dejó salir corriendo, pero tuve ganas de seguir mi rumbo a paso acelerado. “Regáleme una firma por Uribe”. Sí, había visto la foto de Uribe en su camisa debajo de su chaleco. “No señorita, no le regalo mi firma, por favor vuelva a subirse esa cremallera”, era inevitable, verlo así de cerca me daba cosa.

“Jaja, tampoco es para tanto”, me dijo la muy descarada. “Cómo que no mujer, uno tiene que estar preparado psicológicamente para ver esas imágenes, o ¿es que es la primera vez que alguien reacciona de esta forma?”, indagué. “La verdad sí”. Después hubo un silencio.

“Yo no puedo creer que la gente reaccione bien a esa imagen”, dije. “Pues no reaccionan bien, la mayoría de la gente no firma, algunos son agresivos y me gritan groserías, pero bueno, ¿qué más se hace?”, dijo. “Ah bueno, alcancé a pensar que la gente sí quiere a este tipo”. “Pues sabe que no mucho, ¡claro que en Unicentro hacen fila para firmar!”, dijo entusiasmada. “¡Me imagino!”, dije fingiendo entusiasmo.

“En serio, ¿me firmas?”, volvió con ese tema. “No, en serio. No quiero”, dije. “Ay, no seas malo, mira que es solo la firma, después las elecciones son diferentes”, dijo con una desfachatez increíble. “No, ¿luego es que te pagan por firma?”, hice una de esas preguntas obvias que pudo responderme con un gesto que decía “Pues claro imbécil”.

“Mira, firma que eso no pasa nada, después votas por otro y ya”. “No, no es así de fácil.”. “Sí, es así de fácil”. “¿Como si tú no fueras a votar por él?”. “Pues la verdad… no”.

“Jaja, ¿en serio?”. ¡Qué mujer!, pensé. “Sí, yo qué voy a votar por ese man”, dijo mirándome a los ojos; otra vez me volvía a parecer atractiva. “Qué bueno que pienses así”, exclamé con alegría.

“Entonces… ¿me firmas?” “No, en serio no puedo”. “Ajá, claro”. “Créeme, más bien por qué no vamos y nos tomamos un café allí”. “No, tengo que trabajar”. “Pero, ¿no dice que casi nadie te firma?” “Sí, pero ya me voy para Unicentro”.

“Ah, bueno. Ten mucho cuidado por allá”.

“Pues sí, como siempre. ¿Por qué?”

“Porque por allá como que hay mucho uribista, ¿no dices?”

 

@japritri

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Javier Prieto Tristancho

Abogado de profesión especializándome en temas urbanos. Nacido en Sogamoso (Boyacá) y residente de la Atenas sudamericana. Amante de la política y crítico de la politiquería. Lector de ratos libres y escritor de todos los días. Aspiro ayudar a cambiar la clase política colombiana, de no ser posible espero poder vivir de la literatura o de ser director técnico de fútbol.

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