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La insoportable terquedad del ser

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Después de una conversación que solo terminó porque arribé a mi casa, mi corazón latía tan rápido que estuvo a punto de parar. Mi mango –como diría mi papá– casi se detiene porque, sumado al repentino aumento de peso que me ha hecho ver frente al espejo como una papa (salada), estuve envuelto de una conversación de nunca acabar con una contraparte que al quedarse sin argumentos, repetía una y otra vez, como lora, tres frases que habían perdido sentido en la conversación.

Sentí que mi final estaba cerca, que el corazón me exigía que abandonara las malas prácticas alimenticias y las conversaciones que no llevan a ningún lado; sentí que el corazón me daba un ultimátum y tomé la decisión de pedirle una oportunidad más a mi existencia: ahora en adelante bajaré de peso y resistiré la insoportable terquedad del ser.

Este mal, del que todos somos dolientes y dolidos a la vez, que profesamos y nos profesan: el culto a la razón propia, al narcisismo, a la palabra sin mente, al instinto de supervivencia verbal es la terquedad. El mal que hace de la sociedad un mundo sin rumbo, sin velocidad y dirección, el mal que atrasa el progreso y acelera los corazones.

La resistiré, como lo he dicho, porque la tolerancia es la única forma de combatirla, ya que cuando alguien persiste en una idea quedándose sin argumentos lo que está demostrando es que le hace falta el apoyo tolerante de la contraparte acompañado, tal vez, de un abrazo y de un par de palabras de ánimo, por medio de las cuales se le haga saber que, a pesar de que ha perdido la batalla verbal, esto no es el fin del mundo y no va a dejar de ser la persona que es por aceptar que está mal.

La terquedad es, en parte, producto del orgullo, el cual deberíamos dejar a un lado la mayoría del tiempo, porque es imposible que siempre tengamos la razón, es más, a menos que seamos especialistas en algún tema es muy probable que la ignorancia nos haga perder más de una batalla. Por esto es que aceptando que otros pueden tener argumentos más fuertes y convincentes podemos llegar a mejores acuerdos, más productivos y enriquecedores para la vida en sociedad, porque si las discusiones se convierten en luchas de egos el resultado de éstas no llevarán a ningún lado y el resultado serán cientos de palabras al viento y la irremediable pérdida del recurso menos renovable de todos: el tiempo.

Mi compromiso, entonces, no es solo con dejar los carbohidratos y empezar a ser más tolerante para evitar una falla cardiaca; mi compromiso es, también, dejar de ser causante de discusiones banales que terminen en la nada, dejar de ser orgulloso y aceptar argumentos que superen los míos: mi compromiso es para que quien me venza me dé un abrazo y un par de palabras de ánimo, para que me haga caer en cuenta que mi orgullo no está permitiendo avanzar a la sociedad.

Espero que me acompañen en este compromiso y, además, estimulen mi dieta.

Javier Prieto Tristancho

@japritri

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Javier Prieto Tristancho

Abogado de profesión especializándome en temas urbanos. Nacido en Sogamoso (Boyacá) y residente de la Atenas sudamericana. Amante de la política y crítico de la politiquería. Lector de ratos libres y escritor de todos los días. Aspiro ayudar a cambiar la clase política colombiana, de no ser posible espero poder vivir de la literatura o de ser director técnico de fútbol.

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