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Pasando entre la gente
Domingo, 25 Octubre 2020

 

 


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Pasando entre la gente

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Bajaba por la Calle 74 al Transmilenio, ya era de noche, siempre salgo del trabajo cuando ya ha entrado la luna por los Cerros Orientales al cielo de Bogotá. Caminaba a mi ritmo, el de siempre, no rápido, no lento: es el ritmo de alguien que no tiene acompañante a quién esperar, pero tampoco quién lo espere en la casa. Esa noche estaba contagiada por la tristeza del lunes: por los rezagos de una semana más perdida.

Todos los días es la misma ruta, paso por la oficina donde quise trabajar, pero no me aceptaron; paso por el Gimnasio Moderno y pienso “¿Cuánta gente importante habrá pisado esas aulas? ¿Cuántos importantes habrán robado?”, veo esa iglesia a la que nunca he entrado y al señor que vende arepas al lado. Siempre he querido, desde hace cinco años que trabajo por la zona, entrar a la iglesia y preguntar a cómo son las arepas, pero siempre encuentro una excusa. A veces no es necesario encontrar excusa, a veces no tengo ganas de buscarla.

Seguí bajando y el ambiente se volvió más pesado, no porque fuera lunes o porque estuvieran cocinando en el andén, sino porque en esa calle, en esa cuadra, hay sangre en el asfalto, hay lágrimas entrando por las alcantarillas y hay esperanzas elevándose como almas sin cuerpos. Miré a mi alrededor y me encontré con el último lugar donde Álvaro Gómez pronunció palabra, el mismo lugar en el que hoy entran y salen personas que no saben quién dio la vida por levantar los ladrillos de una universidad y fue condenado a morir frente a ella para que su alma mire cómo se diluye su ilusión de enseñar. Pero a nadie le importa que él fuera un grande.

Alguien me dijo una vez que decíamos que los mejores habían sido asesinados, pero que eran los mejores porque nunca habían sido presidentes. Igual a nadie le importa los que murieron, ni los que morirán.  

En la cuadra siguiente ya está la estación del Transmilenio, solo faltaba una zebra para llegar a ella. Los semáforos cambiaron y los motores de los carros sonaron más fuerte, todos quieren pasar en amarillo, así que, aunque se puso en verde para los peatones, pasó un último infractor, “¿será que soy digno de morir cerca de donde lo hizo el gran Álvaro? De pronto atropellado por un carro sí. No lo es Fernando Londoño, de pronto por eso vivió”.

Entré a la estación. Aunque creí no tener saldo en mi tarjeta, pude pasar. Miré a la gente, se les notaban las ganas de que se acabara el día, de llegar a casa a ver novelas, de comer y de desahogar sus penas con sus hijos, esposas y esposos.

Vi a la gente pelear por entrar a un bus, los que se intentaban bajar los miraban con desesperación, había odio en sus ojos. El conductor también quería irse: cerraba y abría la puerta cada cinco segundos. La gente se apresuraba, como si un bus de Transmilenio fuera a llevarlos al cielo.

Yo no tuve más opción que esperar el siguiente bus que, gracias a lo ridículo del sistema, llegó al minuto. Cuando se estacionó me percaté de que iba increíblemente vacío, una maravilla para quienes no nos gusta ver parejas tan apretadas que no tienen más opción que besarse durante todo el trayecto a la casa.

Nadie se subió conmigo, todos se quedaron en la puerta mirando hacia el oriente, esperando quién sabe qué cosa, “¡Qué gente!” No tuve más remedio que pasar entre la gente. Cuando las puertas se cerraron y el bus arrancó, me extrañó que las pocas personas que había dentro del bus también miraban hacia el oriente por las ventanas, directamente a la esquina de la Avenida Caracas con Calle 74: un accidente. “¡Ah! Gente chismosa, dejaron de montarse al bus por estar viendo el sufrimiento, como si eso fuera a llevarlos al cielo”.

Nos alejamos hacia el sur, unos metros más cerca de mi destino y la noche se puso de colores. Dos ambulancias por la vía del Transmilenio se dirigían hacia el norte relativamente rápido. La velocidad salva y quita vidas a la vez. Yo, mientras tanto, iba camino a casa en un bus rojo con la extraña pero placentera sensación de haber terminado un lunes más, con la tranquilidad de irme a descansar en paz a mi hogar. 

 

Javier Prieto Tristancho


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Javier Prieto Tristancho

Abogado de profesión especializándome en temas urbanos. Nacido en Sogamoso (Boyacá) y residente de la Atenas sudamericana. Amante de la política y crítico de la politiquería. Lector de ratos libres y escritor de todos los días. Aspiro ayudar a cambiar la clase política colombiana, de no ser posible espero poder vivir de la literatura o de ser director técnico de fútbol.

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